Que se comprenda esta respuesta depende de que el lector haya leído el escrito de Maigo al que se refiere.

Por A. Cortés:

El escrito propuesto por Maigo sobre el chisme está dividido en tres partes: la que corresponde a la caracterización y exposición de la corriente infamia que enviste al chisme, la que se dedica a su defensa por voz de los chismosos, y al final la respuesta a la defensa. Primero, su delineado del chisme me parece la descripción mínima acertada, sobre todo por referir lo que a todas luces notamos todos: que el habla que con descuido hace público lo que era privado, en la mayoría de las ocasiones tiende a extenderse más allá de lo visto, y cuando no, es por lo menos una imagen fuera de su contexto que malentiende los hechos de los que se está hablando. Expone en su ausencia al que no quiere ser expuesto y engrosa su ignominia. El chisme mancha el nombre sin otorgar chance de réplica al afrentado y con eso, hace un gran mal. Esto creo que es claro por el escrito de Maigo y, si bien no es muy enfática al exponer el malestar público que ocasionan los regueros de los chismosos, apoyo el acento que se sigue de lo que ella propuso. Sin embargo, al momento de la defensa lo que llama chisme es en realidad denuncia y, el chisme con el que se riegan las abundantes y secas conversaciones casuales se queda sin voz. Digo que lo confunde con la denuncia porque lo propone ante una asamblea y en público haciendo visible un mal que estaba oculto a los interesados, como una acusación sobre el vicio que se hacía pasar por virtud. Pero esto no es lo que hace el chisme, esto es un juicio público, y una denuncia. Como la denuncia pueden hacerla mentirosos y honestos, sólo vale la mitad de lo que se denuncia. Y no cabe esperar que a ésta pertenezcan los chismosos porque son descuidados al hablar. Por esta confusión, la conclusión que responde a su defensa termina por obviar la mentirosa intención del chismoso y lo descalifica; con ello hace la misma injuria que con indignación le adjudicaba: lo vitupera a sus espaldas y no lo deja defenderse. Pensar de alguien que es un mentiroso mientras da razones de sus acciones es lo mismo que no escuchar sus razones, y por eso no es válido -si queremos argumentos- descalificar la posible apología del chisme con este prejuicio.

No queriendo concluir qué tan malo o bueno es el chisme en la comunidad (que, siendo susceptible de cuidado tanto como de descuido podría ser ambas cosas), intentaré solamente complementar el escrito de Maigo ensayando la defensa que, según me imagino, podría hacer el chismoso ante las acusaciones que sobre él se ciernen. La tercera parte que correspondería al esquema del escrito sobre el chisme, la respuesta a la defensa, será cosa que cada uno de nosotros podrá hacer por su propia cuenta.

Podría decirse: “No hay razones para descalificar al chisme, como tampoco las hay para mirar torvamente al chismoso. Las palabras hacen manifiesto el pensamiento, y lo que es tan íntimo como la voz interior sale inevitablemente a la luz cuando con otro se hace resonar el viento con la voz. Esto, y no otra cosa, es lo que se hace en todo tipo de conversaciones: hacer que salga a la luz lo que era íntimo. Cuando hablamos de las acciones, podemos nombrar las nuestras y podemos nombrar las de los demás, pero hablar de lo que hacemos nosotros puede resultar fácilmente en el exceso enojoso; por eso es natural, en toda conversación que habla de acciones, platicar de presentes y en mayor medida de ausentes. Esta situación le es tan corriente al ser humano, que parecería que nos rodea como el aire en todo momento, todos los días: somos platicadores y contar lo que se ha hecho nos gusta. Escucharlo nos gusta aún más. Por eso está más allá del sano límite quien se molesta con el chisme, porque es necesario admitir que todos nos sentimos atraídos hacia él.

“Aun siendo de ojos opacos y de transparente terquedad, quien no admite la evidencia de que así son las cosas en la vida cotidiana puede darse cuenta de sus causas, que son diáfanas y fáciles de mostrar. Hablamos más gustosamente de lo que nos interesa, y todos, en nosotros mismos, notamos esta diferencia en el ímpetu con el que se habla o se escucha. Cuando se nos hace patente lo que los otros hicieron, estamos más interesados en saber de quienes nos parecen importantes que de quienes no consideramos dignos de mención o de nuestro pensamiento, y debe ser muy obvio que pocos son los que tienen este mayor peso en nuestras vidas junto a nuestros conocidos. Por eso todos queremos naturalmente saber lo que el otro tiene que decirnos sobre los que nos importan, y este interés en sus acciones hace que la conversación casual fluya sin esfuerzo. Cuando sabemos de cómo actuó alguien, nos place mucho contárselo a alguien más que esté igualmente interesado en él.

“Y no es otra cosa que ésta el chisme, el modo natural que tenemos de platicar sobre lo que han hecho nuestros mutuos conocidos, o sobre quien compartimos interés. La exageración, la mentira y el despretigio son accidentales al chisme: éste tiene de suyo estas tres cosas tanto como las tiene cualquier otro modo de hablar. Si alguien de buen juicio escuchara a un científico hablando sobre sus descubrimientos al respecto de las maravillantes propiedades del flojisto, no desecharía al discurso científico por entero sólo por opinar que no hay tal cosa como el flojisto. De la misma manera, decir que el chisme es desdeñable y descalificable es una confusión: pretende que el error sobre lo contado viene del hecho de que sea chisme -y por eso es un mal juicio-, no de que quien lo cuenta miente en ello y sobra sus palabras más allá de la justa medida.

“Como no tenemos ninguna alternativa a hablar con lo que sabemos (hasta cuando mentimos), todas nuestras palabras siempre tienen como límite el horizonte de nuestra propia comprensión de lo que hablamos. Y si del chisme decimos que es malo por contar “fuera del contexto” lo que pasó, lo que estamos diciendo en realidad es que son indeseables las malas interpretaciones y los errores al hablar sobre lo que ocurre. Éstos, los errores o las mentiras malintencionadas no son el chisme, sino una disposición perjudicial de quien cuenta mal. Así, los merecedores de nuestra indignación son éstos: la mentira, el engaño, la exageración, la ignorancia, y no el chisme. Si éste se encuentra mezclado con alguno de éstos es por ellos que se vuelve nocivo, como también vuelven vil todo otro tipo de discurso que tocan y corroen, y son ellos solos los que merecen nuestra reprobación. Haríamos tan mal en desechar el chisme por culpa de éstos como haríamos al deshacernos de alguien enfermo en lugar de curar su mal.”

Así pienso que hablaría quien defendiera el chisme. ¿Estaremos de acuerdo con él?