El chisme es aquello que oscila entre lo público y lo privado, decimos de alguien que es chismoso cuando éste se dedica a escuchar lo que otro le comenta respecto al modo de vida que llevan los demás, o bien cuando se dedica a comentar aquello que resulta propio de la vida que se lleva en la privacidad del hogar. De lo anterior, se colige que el chisme se caracteriza por la preocupación que alguien muestra para enterarse de aquellos asuntos que no le competen, es decir, que pertenecen a la intimidad del otro, y que el otro no se siente interesado en compartir con la comunidad, o con aquello que más se le parece, de ahí que el chisme sea calificado -muchas veces de dientes para afuera- como una actividad despreciable, como algo indigno de ser tomado en cuenta, y al chismoso como un ser con el que no es conveniente convivir; sin embargo, de alguna u otra forma a todos (o por le menos a la gran mayoría de los que son honestos consigo mismos) nos atrae el chisme.

Nos gusta saber con quién vivimos, cómo son aquellas personas que nos rodean, qué sienten y qué piensan respecto a ciertas cosas, y como hay ciertos asuntos que se mantienen ocultos a los ojos de la comunidad, por pertenecer al ámbito de lo privado, éstos son trasgredidos por el chisme; el chismoso no se limita a comunicar a los demás lo que vio, y el que escucha atentamente al chismoso muchas veces no queda conforme con aquello que se le dice, de ahí que las personas que se caracterizan regularmente como chismosas no sean confundidas con meros entes que dicen lo que ven y no conversan sin más respecto a ello, muchas veces, la mayoría de hecho, aquellos que son chismosos conversan largo y tendido sobre el hacer de quien es objeto del chisme, incluyendo alguna interpretación respecto a sus actos, ampliando lo que ven en primera instancia con las luces que la palabra les brinda respecto a lo que vieron, quizá de ahí que los chismes tiendan a crecer, no sólo en cuanto a personas enteradas de lo que hace aquel del que se habla, sino en cuanto a la interpretación de sus actos.

Debido a la cualidad del chisme, en tanto que pretende hacer público lo privado mediante la salida a la luz de aquello que se alcanza a apreciar en lo que expresa el otro y las múltiples interpretaciones sobre lo que expresa su presencia, éste no resulta muy confiable, de ahí que muchos comentarios sobre el modo de ser de cada quien sean reducidos a nada al decir –No hagas caso de lo que dicen, son puros chismes-, señalando con ello que el chismoso no tiene cuidado en lo que dice y a quién se lo dice, y que el que escucha atentamente los chismes para después comunicarlos, tampoco es cuidadoso respecto a lo mismo.

Pero, aun cuando se quita importancia a lo dicho cuando éste es colocado bajo la categoría de mero chisme, el extendido gusto por el mismo dice algo respecto a la verdadera importancia que se le da a la actividad del chismoso, todos nos molestamos ante lo que se dice de nosotros entre los chismosos, nos disgusta que, a pesar de tratarse de interpretaciones descuidadas sobre nuestros actos, se hable de aquello que para nosotros pertenece a la intimidad del hogar, o del corazón mismo, y no sólo por el hecho de que nuestro ser quede bajo la mira de todos los demás, sino porque a causa del chisme la comunidad puede cambiar su actitud hacia nosotros.

Lo anterior, me lleva a pensar en un aspecto del chisme, que si bien se puede vislumbrar desde el comienzo de esta reflexión, creo que no ha sido señalado con suficiencia, me refiero al carácter social del mismo, si bien el chisme tiene su origen en el deseo de saber, aún por parte del chismoso, pues éste quiere conocer la opinión que tienen los demás sobre lo que pretende comentar, el saber que es buscado no es sobre cualquier cosa, es más bien sobre el otro, lo cual supone una relación de mínimo tres sujetos como estructura propia del chisme, el chismoso, que es tal por comunicar lo que ve, el que es chismoso por escuchar atentamente lo referente a la vida privada de los demás, y que no se limita a oír, sino que también se ocupa de comentar lo escuchado, y aquel sobre el cual versa el discurso de los dos anteriores.

El discurso expresado por lo regular es nocivo para la reputación o renombre que pueda tener aquel sobre el que versan los chismes, hay que aceptar que éstos no hablan sobre las buenas cualidades o virtudes que caracterizan a alguien, más bien se refieren a los vicios y lo que resulta vergonzoso en el modo de actuar de los demás, ya sea cierto o falso que efectivamente haya tales vicios, de ahí que el chisme pueda devenir en un problema para la comunidad, y en muy pocas ocasiones en algo considerado como benéfico para la misma. Sí, dije benéfico, pido al lector que antes de tacharme de chismosa me permita explicar esto que se llega a decir al respecto.

Que el chisme puede afectar a la comunidad, es una afirmación más o menos aceptable cuando pensamos en que éste es un decir descuidado sobre el otro, de modo que en muchas ocasiones puede causar mala fama a quienes siendo virtuosos son castigados por la comunidad con la desconfianza que se desprende de pensar que el otro oculta algo malo, o que en el fondo no es como regularmente vemos que es, lo que sí resulta más difícil de aceptar es que éste en algún sentido pueda beneficiar a la comunidad misma. Prestemos oídos a quien defiende el chisme para ver si tiene razón en lo que afirma.

Al prestar oídos a los defensores del chisme, hemos de tener cuidado de que no nos enreden con un decir descuidado y mañoso, demos un espacio a los chismosos para que hablen aquí:

“Pensemos en una comunidad pequeña, donde la asamblea en la cual se toman las decisiones sobre lo que hará la misma está conformada por los miembros de ésta, es claro que los constituyentes de dicha comunidad estarán preocupados porque las decisiones tomadas sean las mejores, en una asamblea conformada de la manera antes descrita, los consejos de cada ciudadano serán pensados con cuidado, en especial aquellos que provienen de quienes son tenidos en gran estima debido a la virtud que demuestran tener en los actos que son públicos.

“Ahora consideremos que alguno de los ciudadanos que aconsejan en la asamblea actúa como alguien virtuoso ante los demás, cuando en su corazón tiene un lugar dedicado especialmente al vicio, ama al vicio y procura ocultar su amor al mismo intentando que la asamblea vea como normal y hasta virtuoso a quien se ejercita en éste, para lograr tal cosa necesita persuadir a los demás de que lo que ama es bueno, y para que los demás le presten oídos han de tenerlo en buena estima.

Pero, si alguien descubriera que la virtud de este mal consejero en realidad es fingida, que en lo privado tal hombre se dedica a dar rienda suelta a su insano amor, pero que éste es tan discreto que no había sido descubierto hasta entonces, entonces podemos decir que sacar a la luz pública lo que el vicioso hace en privado resulta benéfico para la comunidad, pues ésta queda advertida sobre los riesgos que corre al escuchar a un consejero malandrín.” Hasta aquí los consejos del chismoso.

Examinemos ahora lo que éste nos ha dicho. En un primer momento, parece persuasivo lo que nos dice el defensor del chisme, aunque su discurso nos lleva a dudar sobre la confianza que podamos depositar en él, bien puede ser el caso que el chismoso sea aquel amante del vicio, en tanto que cae en el exceso de hablar más de lo debido y descuidadamente, aquel que pretende persuadirnos de la nobleza de aquello de lo que habla.

Para librarnos de sus mañosos enredos, recordemos que el chismoso es un descuidado con la palabra, éste no busca la validez de la misma sino el ejercicio del habla, además aquello sobre lo que habla es sólo medianamente apreciado por el chismoso, y con ello no basta para que haga los juicios de valor que imprime a lo que dice, los cuales se aprecian desde el tono de la voz que emplea cuando dice las cosas. Por otra parte, hay que recordar que el chisme se ocupa por lo regular de vicios y defectos que no son visibles a simple vista, de modo que no está libre de las malas intenciones que el chismoso tenga para con aquel que es objeto de su discurso, destruyendo así el buen nombre y la confianza de aquellos individuos que sí son virtuosos y son de provecho para la comunidad.

Maigo.