A mi abuelo,

maestro en actos,

in memoriam.

Con un poco de suerte, llegará el día en que comprendamos los signos ortográficos. Llegado el día, podremos acudir elegantes a la ceremonia de la lectura para deleitarnos en el recital de las palabras. Como hábiles intérpretes, dirigiremos la orquesta de las letras para florecer la sinfonía de las voces. ¿Cuál es la pauta del punto y coma?; si es que llegamos a saberlo. ¿Las comas son el contrapunto de la lectura? ¿Cómo se intercala una oración accidental? –de esas que se introducen con guiones. ¿Qué del punto? ¿Por qué uno al final? Y sobre todo, ¿qué tipo de pausa, y con qué acompasada finalidad, corresponde a los puntos suspensivos? ¡Nos falta tanto para vivir la lectura!

Si la lectura no es viva, no hay razón para leerla. Se lee para vivir, se vive para leer. Se da vida a la palabra al entonar la lectura. La palabra leída nos da vida cuando se deja ser pronunciada. La vida es bella como para abandonar los libros. Arribar a las orillas de un verso montado en la barca de una rima asonante, nadar contra corriente enfrentando el hiato, contemplar azorados el naufragio de la palabra en la mar inmensa de los versos, recibir la brizna fresca de una metáfora matutina, o mojar tímidamente los pies en la creciente de un soneto… todo sirve para vivir leyendo: lo importante es leer y que la lectura nos haga la vida. ¡Qué importa que nos juzguen locos por vivir la vida como un poema! ¡Qué importa que nos tachen de insensatos por querer leerlo todo! ¡Qué importa que a nadie más le interese esto!

Si hay hombres que son reales leyendo, y que por leer escriben la realidad para que otros hombres aprendan a leerla, estoy seguro a veces que lo hacen porque no tienen nada mejor que hacer; porque no es lo que hacen bien, sino lo que mejor hacen. Hombres llenos de palabras que llenan de palabras a otros hombres, que comparten vidas en las palabras, palabras en la vida, y viven en la palabra para la palabra misma porque la palabra hace real a la vida. Hombres de palabra, de la palabra de los hombres. Hombres que hacen de las palabras la vida y la vida de palabras. Las palabras son para la vida; ni la muerte gana silencio.

Podemos pensar la muerte con palabras y podemos dar vida a la muerte con palabras, porque la muerte existe en la palabra: es una creación genial de algún poeta excelente que tuvo a bien poner en palabras el último hecho de la vida y despertar a la imaginación hacia un sueño postrero inexorable. ¿Qué pase más allá de la vida? Dejemos eso a quienes en ello quieran creer. Nosotros, hombres todavía vivos, quedémonos con las palabras vivas, con las palabras vivas sobre la muerte.

Si llevamos una vida prosaica, seguramente diremos que a la muerte corresponde el punto final, que el fin de una existencia individual es el fin de la sinfonía que se fue en vida. ¿Pero qué sinfonía tan afónica es aquella que consta de una sola presencia, de la monótona soledad del indiferente? Nadie que se digne de vivir vive solo. La sinfonía de la vida se forma de individuos y el término de una existencia individual no es un punto final, sino el suspense en la ejecución de aquel que toca a su tiempo el solo y se despide con una reverencia. A la muerte corresponden los puntos suspensivos.

Leamos el soneto intitulado †9 de febrero de 1913.

¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,

desde qué pliegue de la luz nos miras?

¿Adónde estás, varón de siete llagas,

sangre manando en la mitad del día?

Febrero de Caín y de metralla:

humean los cadáveres en pila.

Los estribos y riendas olvidabas

y, Cristo militar, te nos morías…

Desde entonces mi noche tiene voces,

huésped mi soledad, gusto mi llanto.

Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,

y me hago adelantar como a empellones,

en el afán de poseerte tanto.

Ante el muerto nos acosan las preguntas por lo eterno. ¿O no es esa percepción de la fugacidad del tiempo la que nos permite reconocer en él rincones? ¿Acaso no es ante la obcecada mirada del deudo mortuorio cuando la luz muestra pliegues; quizás en las arrugas de la piel, quizás en esa asolada sensación bajo el ocaso de la vida? Ante el muerto se evapora la evidencia de la presencia. Porque dejar de vivir es, precisamente, perder la fuerza de la vida y ya no poder llevarse. ¿Y no es eso olvidar las riendas? ¿No es eso lo que sentimos cuando se disipa el calor de quien muere en nuestras manos? ¿No son esos puntos suspensivos, los que intentan aprehender en un mínimo espacio la inmensidad de la mirada súbitamente perdida, la caída misteriosa de la luz de la frágil conciencia, el áspero nudo en la garganta y el dique formado por gruesas, densas y pesadas lágrimas que nos dejan sin palabras ante el muerto? ¿O hay otra manera de decirlo? ¿No es una pausa necesaria, inexorable? Después de la pausa, después de la terrible experiencia de la que no podemos hablar, no queda más que guardarse a uno mismo y ver -como Alfonso Reyes, maestro en las palabras- cómo el muerto habita en las propias palabras, nutre las propias lecturas y vive la propia vida. La vida no vuelve a ser la misma: se requiere recuperar el aliento para continuar en un nuevo verso la sinfonía todavía viva de la vida.

Námaste Heptákis