Y que tal que no me salía algo digno de presentar, retomar viejas andanzas con pluma y papel, difícilmente convencerían. Ahondar en mi cabeza buscando el sonido de las calles o los colores de una tarde, tal vez con una encerrona en mi cuarto, contándole mis intimidades a una vela hablando de precepciones con el sueño y la vigilia, pero, ni el ardor de la llama inspira mis horas. Si escribo cuando no quiero, ¿acaso podré explicar la sensación de la lluvia en la piel, o el olor  de la noche en mi jardín, o ese exquisito sabor de una sed idéntica en una tarde de martes? Y de nuevo, las mañanas indistintas y las noches de insomnio. Hablar de sueños inconclusos, como todos los sueños son, el perfume de piel contra piel, la impresión de notas en el aire que todo lo llenan. Puedo recurrir a los pocos recuerdos que tengo, aquellos que no han sido suprimidos por dolor o deseo; sin embargo, no quisiera que abismaran mis pesares, como tampoco que mezclaran entre palabras. Y observando el día a día, las horas de sangre, terror y decepciones, pudiera intentar explicarte la historia detrás del caos que a ratos indigna y en otros se actúa, acaso la muerte de unos bajo las manchas de otros; el fastidio de la jornada que presurosa nos alcanza, hablas de triunfos que embrutecen, o las calles que desbordan una jubilosa jauría de necesidad esperanzadora. Comunicarte aquello de lo que todos hablan, es desahogarse en frases cuidadosamente escogidas que pocos siguen, otros destrozan y muchos prefieren omitir. Así pasa, a veces, el escribir se convierte en un riesgo mental, una tortura cuando se escapa el decir.