“…ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.”

Me he dado cuenta, con una claridad impresionante, de algo que siempre me había negado a aceptar plenamente. Siento cierto desagrado por aquello que está implícito en eso que he visto de mi mismo, aunque no del todo, como verás. Siempre lo había admitido a medias; pero sin asumirlo por completo. O más bien ya no sé…

Ayer me enteré de que una amiga mía tuvo un accidente, aunque hay que aclarar que, por lo demás, el vínculo que me unía a ella no era tan grande. Por poco muere. De hecho aún no se sabe bien si vivirá o morirá. El hecho es que no está consciente. Permanece en un estado que no la diferencia mucho de una piedra o un tronco caído.

Es posible que tú, lector, ya te hayas dado cuenta de qué he descubierto. Y te dará asombro el hecho de que pueda decir lo que vengo diciendo así, sin más, o no será así tal vez. Lo que sucede es que ya no me importa nada. Por mucho tiempo lo he sospechado. No me importa nada que no se encuentre dentro de mi propia construcción monádica e individual: mi vida. Encerrado y aislado de los demás e indiferente a ellos, aunque siempre simulando que no es así y rodeado por ellos… Pero sí es así.

Después de enterarme del suceso que involucró a mi amiga anoche, pretendí ante mí mismo que estaba triste, que no faltaba mucho para que las lágrimas brotaran de mis ojos, como para convencerme de que sí me había afectado la noticia. Pero no fue así. Las lágrimas ni cerca estuvieron de salir. Dormí tranquilamente, a decir verdad. Hacía tiempo que no dormía tan bien como anoche, pese a que, a decir verdad, fue muy poco tiempo. Dormí bien pero no descansé lo suficiente. Extraña y misteriosa relación la que hay entre sueño y descanso. Nunca lo he comprendido. Si pudiera hacerlo entendería tantas cosas.

El caso es que me levanté a la hora planeada para encontrarme con mis afligidos compañeros en la facultad para ir a ver a la accidentada. Comimos bajo el techo del edificio en el que ellos toman clase para cubrirnos de la lluvia que amenazó en más de una ocasión con caer en torrente. Todos ellos estaban tristes, desconcertados por el suceso. Sus rostros manifestaban dolor, pues parece que sí la querían mucho, y permanecieron callados mientras comían lentamente. ¡Qué lento pasa el tiempo cuando todos guardan silencio! Yo me sentí muy incómodo, pues casi siempre comíamos muy a gusto, entre broma y broma y el tiempo volaba. Pero no ahora.

Cuando finalmente terminaron de comer (yo ya llevaba un buen rato esperando nada más) partimos hacia el hospital en que se encuentra internada la susodicha. El camino al hospital fue igualmente aburrido. Todos cabizbajos, pensando en la desafortunada de nuestra amiga y preguntándose por qué pasan cosas así a personas inocentes. ¡Inocentes!

Al llegar al hospital, una de esas horrendas clínicas del seguro social o algo así, entramos a una como una sala de espera en la que la progenitora de la amiga estaba sentada. Ella empezó a platicarnos muchas cosas. No recuerdo una sola de ellas. No me interesaba para nada lo que pudiera decir. Yo estaba cansado y más bien aburrido. No entendí las palabras de la vieja señora, ni me preocupé por hacerlo. Mis compañeros parecían atender con mucho cuidado, ya estuvieran de acuerdo o en desacuerdo con la señora. Según alcancé a entender, nadie creyó que la tristeza manifestada por este horrendo personaje fuera algo más que una actuación hipócrita. Uno de mis amigos estuvo a punto de replicar algo a la anciana furibundo. Parece que sí se molestó, pero a mí me daba lo mismo.

Nos pasaron los reportes de la Ambulancia y del Ministerio Público, en que detallaban cómo se había dado el accidente y el estado en aquel entonces de la víctima. Sin interés auténtico, fingí leer junto con los demás, que, por su parte, manifestaban apuro auténtico por saber cómo estaba la internada. Dije algunas vacuidades que derivé de lo que ellos decían. No me esforcé en hacerlas parecer verosímiles. No tenía caso. Mis lentes obscuros simulaban ocultar tristeza en mis ojos, cuando lo que expresaban estos realmente era tedio. Habíamos llegado apenas una hora antes y yo moría por irme. Permanecería en ese lugar por lo menos dos horas más, al parecer.

Yo seguía en mi ficción, completamente enfadado, cuando, súbitamente, entre un grupo de personas adultas, más bien repulsivas todas ellas, entró en escena la chiquilla más encantadora, hermosa y provocativa que he visto en los últimos días. Obviamente, ahora me es difícil  decir que lo era más que otras que he visto y que me lo han parecido también en ocasiones anteriores, a no ser por el hecho de que ella estaba allí, frente a mí en este preciso momento, pero eso es lo de menos, en ese momento lo era. Su visión me sacó del lodazal de aburrimiento en que me encontraba para llevarme con ella a un mar de excitación y sensualidad del que ella era gobernante. Ella era la emperatriz de un maravilloso mundo, al cual me llevó como tomándome de las manos con su mirada y yo me embriagué sin reparo en ella.

La pequeña que se hubo presentado a mis ojos era lo más parecido a una criatura de los cielos que puedo imaginar. Yo diría que llevaba un mensaje de salvación enviado por el mismo creador a mí, un condenado al hastío y al aburrimiento, en este mundo vulgar y repulsivo. Era una criatura angelical de belleza tal que aparecía como superior incluso a aquel a quien supuestamente todo ente debe su existencia, superior a todo y responsable de que todo exista.

La perfección de la chiquilla era tal que seguro lo cegó a Él también y lo hubo engañado, haciéndolo creer que daba la orden de enviar hacia mí ese mensaje de salvación, cuando en realidad todo fue voluntad de ella sola. Me hubo visto desde las alturas y supo que podría hacer conmigo lo que quisiera, que me tendría a sus pies de inmediato y podría pisotearme si así lo hubiera deseado. Quería jugar con mi persona, provocarme y hacerme creer que podía tenerla, cuando yo simplemente estaba siendo engañado por el embeleso que me había provocado, lo mismo que al Eterno. Los dos hubimos caído en la misma trampa de ese hermoso ángel, que bien pudo haber emergido de lo más profundo del infierno para mostrar que no hay nada superior a la belleza sensual de una pequeña ninfa que se sabe superior a todos. Incluso Lucifer, rey del magnífico recinto de la perdición eterna, a quien seguramente ya habría sometido también, estaría perdido por los encantos de la pequeña. Ni dios ni el rey de las tinieblas habían podido con ella; y ahora venía por mí para llevarme al mismo mar de confusión en que indudablemente se hallaban ellos dos, anonadados y confundidos, con toda su dignidad vencida y subyugada por ella, la nueva controladora del mundo; por lo menos del mío, durante los sempiternos quince minutos que la tuve enfrente.

La infanta a la que me refiero, y a cuyo recuerdo dedico todos mis esfuerzos y actos hasta que aparezca otra de su misma estirpe a mis desdichados ojos, iba vestida con un conjunto de prendas muy infantil y coqueto. Llevaba puesta una camiseta blanca con algún dibujo de colores pastel que no alcancé a distinguir. Encima llevaba un suetercito negro, de esos que sólo sirven para cubrir los brazos y la parte alta de la espalda de las jóvenes, que se supone sólo debe unirse por delante con un nudo o botón que se localiza en las dos esquinas laterales y que supuestamente sirva para cubrir la el pecho femenino. Con esas prominencias, normalmente, la pequeña unión del suéter hace las veces de un escote. En el caso de esta menuda fémina, que por su edad aún no tenía el cuerpo del todo desarrollado, ese escote no hacía más que hacer ver su tierno y delicioso pecho de chiquilla resguardado por la camisetita, lo cual alimentaba mi pasión y la acrecentó de manera considerable.

Además de lo dicho, llevaba puesta una pequeña falda de mezclilla azul con el borde rosado, lo que le daba un toque de exquisitez que me dejó boquiabierto. La prenda era tan corta que dejaba al descubierto sus dos maravillosas extremidades inferiores, de un tono bronceado bastante llamativo que me hizo imaginarlas moviéndose de manera sensual de arriba hacia abajo de algún cuerpo que se encontrase en posición vertical frente a ella. La fragilidad que manifestaban esas delgadas piernas dio el toque final, pues dejó ver una fineza que sólo una niña pura posee. Llevaba calzados un par de tenis blancos con vivos, que no podían ser de otro color, en rosa.

Su rostro era la imagen viva de los ángeles; cubierto por rizados cabellos de color castaño claro que caían hasta los hombros; esos hombros a los que imaginé dar un dulce beso, tras haberlos descubierto quitando el mencionado suéter con delicadeza. Su mirada era juguetona, pues se podía ver que estaba inquieta. El aburrido panorama la había desesperado y buscaba con qué entretenerse.

En un momento determinado, encontró una silla desocupada en la cual tomó asiento. ¡Cuál no fue mi impresión al darme cuenta de que sus deliciosas piernas pendían en el aire, al no alcanzar la infanta siquiera a tocar con ellas el piso de la sala de espera! ¡Tan pequeña era! Con las manos apoyadas en los tubos a los lados de la silla se puso a jugar moviendo sus piernas, una a la vez. La contemplación del espectáculo de sus extremidades moviéndose y su mirada fija hacia abajo, siguiéndolas, estuvo a punto de acabar conmigo. Bien pudo ser el momento final de mi vida, pues yo ya me sentía como en el paraíso, hundido en un éxtasis encantador del que no me hubiera gustado salir nunca.

Sin embargo, resultó bastante afortunado que llegara a su fin ese intervalo, y a continuación diré por qué. Cuando mi ninfa se hartó, movió su cabeza para intentar escuchar lo que sus familiares argüían acerca de la persona a la que iban a ver en el hospital. Al no estar cómoda con el cuello torcido, adoptó una posición en la silla que yo no me hubiera esperado; pero que doy gracias al reino celestial por habérmelo permitido observar. Se puso sobre sus rodillas en el asiento, con la barbilla recargada en la parte superior del espaldar del asiento, con lo que su cuerpo quedó como encogido y que hacía que sus diminutas nalgas se asomaran un poco, dejando ver la suculenta redondez que poseían, a pesar de la corta edad. La mirada interrogante que dirigió a los que supuse eran sus padres (horribles ambos, dicho sea de paso), terminó de satisfacer al espíritu de su espectador, deleitado por el espectáculo.

Unos segundos después, la familia abandonó la sala para dirigirse a la parte de afuera, en donde había un par de árboles jóvenes, a esperar noticias de su accidentado. Perdí toda esperanza de volver a verla. Giré el rostro hacia las personas a quienes yo acompañaba supuestamente. Todos me parecían ahora repugnantes y me percaté de que seguían escuchando, ahora con cara de fastidio, a la señora, que continuaba urdiendo mentiras sobre todo lo que significaba para ella su pobre hija, “tan independiente y fuerte desde siempre”. ¡Ninguno de ellos se había dado cuenta de la celestial presencia que me sacó del flujo temporal los minutos anteriores!

Sentí asco y mejor volteé para ver si encontraba a mi musa de nueva cuenta. ¡Benditos sean los cielos, que me regalaron tal vista! ¡Solamente a la acción de una fuerza suprema, que sólo puede ser la de la divinidad que encarnaba en esa hermosa ninfa, podía deberse mi fortuna! Entre los asquerosos seres que la rodeaban, allí estaba, jugando junto a uno de los árboles que había afuera. Se había tomado de la parte superior de uno con sus frágiles manos y aproximaba la totalidad de su cuerpecito a él. ¡Sucedió lo que mi espíritu tanto anhelaba contemplar! Ella subió su pierna izquierda por el árbol de una manera tan sensual que deseé que el tiempo se detuviera. La imagen que quedó en mi mente era la de una virgen que forcejeaba con algún agresor, que se abalanzaba sobre ella, con su rodilla. Lo hermoso del asunto es que también podía entenderse el movimiento como el intento de ella por acercar al amante que se buscaba retirar, y aprisionarlo con la pierna al cuerpo, sediento de placer. La insignificancia de la falda permitía ver con claridad las líneas que se dibujaban en las piernas. ¡Hermoso!

Cuando pude reaccionar después de tal evento, vi cómo había cambiado la postura. Ahora se hallaba de espaldas al tronco y lo tomaba por arriba con ambas manos, lo que le daba a la espalda cierta inclinación hacia atrás. Esta vez parecía una indefensa damisela, prisionera de algún loco de vehemencia por ella, que esperaba resignada los ataques de su dominador. ¡Qué extraordinarios momentos!

Yo me encontraba como poseso, sin poder hacer ni decir nada; extasiado y perdido por esa chiquilla. De repente la familia entera se fue. Mi espíritu se sintió acongojado y resignado. La vi alejarse a través del vidrio que separaba la sala de espera del patio y regresé a la realidad de aburrimiento y desazón.

Lo demás que sucedió no tiene importancia. No lo recuerdo. No sé si mi amiga murió o no. No me importa cómo llegué a casa ni si mis compañeros están bien. Nada de eso me interesa. Sólo tienen valor esos momentos que siempre vivirán en mí, recordando y deseando los llamados de ese ángel a mi ánimo, y la manera en que llegamos juntos al clímax espiritual, pues sé que ella notó mi mirada, bajo mis gafas y entre la aglomeración, deleitándose con sus movimientos, dedicados solamente a mí, al tiempo que consentía en que mi mirada la hiciera mía por esos hermosos y eternos instantes.

H. H.