No es posible hablar de un tema cuando en la cabeza no deja de dar vueltas un nombre. Y desafortunadamente no es el nombre del tema que ocupa este espacio. Aquí se habla de una muerte, de un entierro y de las memorias y recuerdo que eso suscita. Y en la cabeza también.

Si he de decir algo será la impresión que me causó ver a este ancianillo tembloroso entrar al salón de clases. De él sólo sabía su nombre y los variados comentarios de pasillos y de clases que formaban un rompecabezas extraño en mi imaginación. Pero la realidad fue otra. Un ancianillo tembloroso con el pelo desordenado y unos lentes que bien podrían haber pertenecido a Don Miguel, pero que, al parecer, más bien hacían referencia a W. B. (y no me refiero a la Warner Bros.). Si uno se fijaba atentamente podía observar que este buen hombre se encontraba descejado – apenas una rayita rojiza se dibujaba arriba de sus ojos, los cuales tendían a abrirse haciendo a veces hasta de forma descomunal, pero siempre resguardados tras sus redondas y antiguas gafas.

De cuerpo delgado y larga estatura, parecía más el abuelo de alguien que un hombre de filosofía. Pero la realidad era otra. Con sencillez y acomodo lanzaba sentencias y verdades contundentes que resonaban en los oídos de uno ramificándose en un sinnúmero de referencias y direcciones. Siempre con manos temblorosas y esquivas. Pausadas. Serenas.

Cuando me enteré de su muerte, algo en mi interior se movió. Y no es que hubiera estado relacionado con él de tal forma que algún lazo nos uniera. Pero es difícil aprehender eso que se llama muerte, incluso cuando no se tengan lazos ni se tiendan puentes con las personas que uno conoce. Aunque pareciera que siempre creamos vínculos con lo que sucede a nuestro alrededor. Y la muerte apareció abruptamente, Bolívar tenía 69 años. Al parecer no estaba enfermo, y aunque lo hubiera estado, la muerte siempre aparece abruptamente, como algo discontinuo. Uno no “está muriendo,” uno “muere”. Aún a los pacientes con enfermedades terminales se les aparece la catrina inesperadamente. ¿Alguien puede “esperar” la muerte?

Es un error. La muerte es un gran error en el cual nadie quiere incurrir. Por eso nuestro temor de errar en la vida, nuestro miedo de fallar en el primer intento. Bolívar cometió ese error a los 69 años. Y ni su sabiduría ni su conocimiento pudieron evitar que errara – y eso ya es decir mucho.

Gazmogno