I.
Entré a la conferencia. Debió ser durante mi primer año en la Facultad. No recuerdo el nombre de la mesa, pero sí que el tema era el arte –de pocas cosas se hablaba más en las aulas—de sus posibilidades revolucionarias, de los problemas que le planteaba al discurso filosófico, de su reivindicación en tanto que pensamiento.
Me habían hablado de él, lo citaban en clases, decían que había conocido a éste y que había formado a aquél.
Me dispuse a escuchar y a observar. Extrañamente, y tal vez delato aquí mi incompetencia como escucha o como alumna, recuerdo más lo que observé que lo que escuche: no podría reconstruir los argumentos, pero sí relatar lo visto, contar la anécdota, quizá, diríamos, pasar el chisme. Y fue así.
En la mesa, dos hombres con sus respectivas hojas blancas y sus botellas de agua frente a ellos; un micrófono y letreritos con sus nombres. El primero en hablar fue él. Lentes redondos y cabello memorable. Aspecto serio, casi solemne. Tal vez por eso me pareció mucho mayor que el otro ponente, Jorge Juanes.
Inevitablemente, por tratarse de alguien tan reconocido – ¡toda una celebridad en la Facultad!–, yo esperaba escucharlo hablar, es decir, improvisar, explicar, refutar, argumentar…
Pero esto no ocurrió. Leyó su ponencia con calma y sin exagerar, no sentí un solo signo de exclamación. Simplemente leyó, en eso consistió su intervención.
Y después, como si alguien hubiera querido mostrarnos qué es un contraste, el segundo ponente intervino. Éste ni siquiera vio sus notas. Comenzó a exponer y su voz rápidamente subió de volumen, pasó de hablar alto a gritar, se alteró, corrió, lanzó consignas y terminó.
La ronda de preguntas y respuestas en verdad prometía mucho.
Habló primero un estudiante muy joven, que osó preguntar por la importancia de Diego Rivera en el arte mexicano. Jorge Juanes, respondió con vehemencia: “¡El arte en México no son los muralistas! ¡Urge hacer una historia del arte en México!” Para ese momento, el chico que preguntó estaba hundido en su asiento.
Después otro asistente, de rastas largas, expansiones en las orejas y lentes de gruesas pastas negras, mucho mayor y empapado en la jerga del arte posmoderno, empezó a hablar de Benjamin y su suicidio. El micrófono lo animó y expuso largamente la relación entre el grafiti y el movimiento, y el grafiti y Nueva York, y Nueva York y la no llegada de Benjamin, que era el único –decía él—que podía haber entendido aquella ciudad. Después de una exposición tan provocativa dirigida, por supuesto, al Dr. Bolívar Echeverría, todos esperábamos una respuesta animada, ya fuera a favor o en contra de las afirmaciones de tan informado asistente.
Pero esto tampoco ocurrió. Sin exaltarse en lo más mínimo, el Dr. Echeverría le dirigió una rápida mirada al que preguntaba, después volvió a su texto, buscó tranquilo una página, luego un párrafo y, sin signos de exclamación, releyó. El hombre de rastas, expansiones y lentes de gruesas pastas negras agradeció, y todos nos fuimos a casa sin haber oído otra cosa que los textos del Dr. Bolívar Echeverría, leídos por él mismo.
II.
Era de tarde y llovía. Creo que era fin de semestre en la Facultad de Filosofía y Letras. Entré en la librería del Fondo de Cultura, la que está en Miguel Ángel de Quevedo. Vi a un hombre muy alto al lado de una mujer bajita, comprando libros. Él me pareció conocido. Lentes completamente redondos, y ese cabello… y entonces recordé.
Me pareció mayor, pero menos solemne.
III.
Antes de una sesión del Seminario de Estética, en lo alto de la Torre I de Humanidades, platicábamos sobre las clases más populares, los grupos más grandes, y la saturación de los salones. Y entonces nos contaron. El grupo del Dr. Bolívar Echeverría estaba tan saturado que, ni ocupando todas las sillas y colmando el suelo con personas y mochilas, cabían todos dentro del salón. Ante ello, el doctor pedía, al menos, una sala de conferencias.
Como la coordinación no podía darle una sala, provocó el enojo del profesor, quien, nos dijeron, exclamaba que en Alemania le hubieran dado un auditorio. ¿El doctor exclamando? Eso sólo pude imaginarlo, nunca lo vi.
IV.
Llegamos a clase. El temario prometía estudiar a Heidegger y a Benjamin, pero nos informaron en la primera sesión, que sólo leeríamos al segundo.
Había en este curso una expectación peculiar. Después de todo, tomaríamos clase con el Dr. Bolívar Echeverría. Mucho se oye de alguien así; que es exigente, que a veces pide a todos que sepan leer en alemán, que…
Nos anunció que trabajaríamos como en un seminario: exposiciones en cada sesión, seguidas por un comentario suyo. Sospeché que él no asistiría a todas las sesiones, pero no fue así. Para mi sorpresa, estuvo ahí.
Sus comentarios eran sin duda, la mejor parte de las clases. Resultaba interesante que a pesar de saber al derecho y al revés lo que argumentaba, o tal vez por eso mismo, su exposición nunca parecía trabajosa. Eran irreconocibles los eslabones, todo fluía como en quien cuenta los caminos que ya recorrió.
En la gran mesa que todos compartíamos, había siempre muchas grabadoras acomodadas estratégicamente para captar lo que el profesor decía. Supongo que estaba acostumbrado, porque no se extrañaba ni se incomodaba.
Se mostraba siempre paciente con los expositores, incluso en momentos en los que para todos los demás era difícil hacerlo. Respetuoso con todos, más de lo esperado. Nunca regañón, si acaso un poco burlón y sólo un par de veces, sin rebuscar demasiado el comentario. Alguna vez bromeaba antes de empezar la clase o al terminarla; bromas simples, noté.
Si alguien esperaba consignas –y había quien las esperaba—salía desilusionado del aula. El peso justo a los argumentos. Espacio para lo lúdico en las afirmaciones y en las preguntas, siguiendo a Benjamin.
Esta vez sí lo escuché: improvisar, contar, recordar, preguntar. Y me pareció menos solemne. Sólo por eso me permitiré un comentario impertinente: olía muy bien, lo supe cuando me tocó sentarme cerca de él.
El curso se fue rápido, y cuando vimos, era ya final de semestre. Yo quería saber qué comentarios haría a nuestros trabajos, si le interesaban nuestros temas, si en verdad sería tan exigente como creíamos –nunca pone un diez, decían–. Queríamos que nos leyera y nos comentara. Pero esto no ocurrió.
Supongo que todos los del grupo estabamos escribiendo el trabajo para su curso cuando lo supimos. Resulta extraño escribir un trabajo para alguien que ya no va a leerlo.
Extrañada y recordando, he pensado en aquella ponencia en que lo vi por primera vez. Y para comentar esos trabajos que él no comentó, me han dado ganas de tomar uno de sus textos, buscar una página y luego un párrafo, y releer, con calma y sin exagerar.

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