En los recuerdos de cada hombre hay cosas que éste a nadie descubre, salvo a caso a sus amigos. Otras hay también que ni a sus amigos descubre, y apenas a sí mismo se las confiesa, y esto bajo el sello del secreto. Pero hay, finalmente, otras que el hombre teme confesarse aun a sí mismo, y todo hombre guarda en su alma una pila de estas cosas, siempre que sea como es debido.

Dostoyevski

Un secreto se caracteriza por permanecer en el terreno de lo oculto, es decir, lejos de las miradas de los demás, en especial de aquellos que no son capaces de comprender la razón y el modo de ser de aquello que se ha mantenido protegido bajo las sombras. Opuesto a lo secreto encontramos lo profano, distinguible del primero por pertenecer al ámbito de lo compartible, por ubicarse en el reino de la luz, es decir, por ser parte de lo que todos pueden ver y comprender con cierta facilidad.

Al decir que lo profano, lo que no es sagrado, pertenece al reino de lo iluminado, decimos que éste carece del valor propio de lo que se mantiene alejado de las miradas curiosas, es más su valor radica precisamente en la posibilidad de ser conocido por todos los hombres y en todo momento, siempre y cuando estos quieran acercarse a lo que no ya no puede ocultarse de ninguna manera.

El conocimiento sobre la Naturaleza, en un primer momento fue el conocimiento sobre lo sagrado, es decir, sobre lo que se mantiene apartado de la mayoría de los hombres por no permanecer bajo la luz que todo lo muestra sin dejar lugar para que algo se oculte, de ahí que pocos fueran los dedicados a investigar estos asuntos, y que la mayoría de ellos fueran calificados de impíos.

Cuando la humanidad da a luz al pensamiento ilustrado, lo sagrado deviene en profano, de modo que conocer a la Naturaleza ya no es asunto de unos cuantos hombres aventurados a penetrar en el reino de lo oculto, ahora es algo que compete a todos, y que todos tienen la posibilidad de comprender, siempre y cuando se ocupen antes de estudiar el lenguaje en el que está escrito ese libro que tenemos abierto ante nuestros ojos y que está ahí, esperando a ser leído e interpretado.

Además dar el carácter de profano a lo que antes era sagrado, exige una comprensión de lo humano un tanto alejada de lo piadoso, el hombre ahora es un ser que puede acceder a lo que antes se mantenía apartado de sus manos, y no sólo se limita a la contemplación de aquello a lo que accede, ahora puede trabajar sobre ello de tal modo que lo que era sagrado termine por hacer lo que le dicta su conquistador.

De tal conquista se desprenden al menos dos consecuencias que resultan más o menos visibles; por una parte al mostrar lo que se mantenía oculto bajo las sombras al reino de la luz, se destruye el orden que mantenía a lo secreto apartado de lo profano, pero, por otro lado se establece un nuevo orden, en el cual lo sagrado es la jerarquía que se implanta entre el conquistador de lo secreto y lo conquistado, la cual se debilita en cuanto el conquistador emprende una nueva batalla, ahora con la finalidad de conquistarse a sí mismo.

Al perder de vista el carácter propio de lo sagrado, y al someter lo que era secreto al intenso brillo de la luz, sólo podemos esperar que aquello que estaba protegido por las sombras muera, pues no es la misma la disposición de quien accede a lo que se encontraba aparte para contemplarlo, que la de aquel que decide sacar a la luz y a las miradas lo que por su valor merece ser protegido.

Maigo.

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