Fui invitado a participar en este blog para responder a la pregunta “¿cómo sobrevivir al mundial?”. Mi escrito debería ser algo así como una respuesta (acuerdo, desacuerdo, diálogo) a otro texto. Es lo que en este blog (y quizás en otros) se llama “mano a mano”. Pues debo avisar al lector que me reúso a escribir un texto bajo la mentada pregunta (compromete mi escritura y supone varios prejuicios: el no gusto del fútbol, ante todo, el evento mundialista como una fiesta social rechazable, el estorbo de la misma por lo que ella implica, en el blog los autores hablan de “idolatría”, “conversaciones que sólo versan de fútbol”, etc.) Aviso también que este texto, desafortunadamente, no consistirá solamente en una respuesta (espero que los editores del blog vuelvan a invitarme alguna vez pese a que no escribo lo que se pide), no será, pues, sólo un “mano a mano”, será, en cambio, una reflexión sobre el balompié, el balompié como expresión de nuestro tiempo, como expresión de pensamiento.

Sin embargo, para complacer, aunque sea superficialmente, las expectativas de editores y lectores, quisiera “reflexionar” sobre algunas afirmaciones contenidas en el texto “El paria del balón” del autor Gazmogno. Aunque el alcance crítico del texto está limitado tanto por el carácter de “impresiones” que el autor confiesa tienen sus afirmaciones, como por los “trastornos psicológicos” (de manera vulgar, “traumas”) que el fútbol dejó, desde los primeros años, desafortunadamente, en el autor, sorprende que, no obstante, proponga como opción para “sobrevivir a un mundial”, recordando a un viejo sabio (quiero saber su nombre), el “estar en contra de la selección mexicana”. Sorprende también que lo que sostiene tal opción (las otras dos son o irle a la selección mexicana o a algún “otro de los grandes monstruos” del balompié (el entrecomillado es mío, y me parece que el autor debió usarlo como ironía)) es la disyunción “incluyente” ser paria o villa melón. Francamente, no me gustaría estar en una situación en la que se me presenten sólo esas alternativas. Gazmogno elige ser villa melón. En lo que respecta al carácter psicológico de su rechazo al fútbol no tengo nada que apuntar, es más que entendible. Me sorprende, por lo escrito en ese texto, que se formule un rechazo a la selección mexicana, pues si el fútbol es la causa de su malestar, el odio a la selección mexicana y no a otras selecciones no se explica sólo por el trastorno que el balonpie dejó en su infancia, se explica, más bien, por la fórmula “éxito-fracaso”. Nuestro autor arguye que después de tantas derrotas es irracional mantener afición a un equipo (los hinchas del Atlas lo han de querer linchar), que es irracional pensar que saldrá campeón (creo que por lo menos la mitad de la afición mexicana no piensa que la selección será campeona en Sudáfrica). Creo, pues, que nuestro autor (su trampa es decir que son meras “impresiones” lo que escribe y no obstante hacer preguntas de docto: “¿No se supone que el que juega mejor gana”? Por supuesto que eso no se supone, Holanda ha tenido el mejor nivel de juego en varios mundiales (recuérdese la “naranja mecánica” de Cruyff o la excelente selección holandesa de Francia 98 y nunca ha sido campeona del mundo), Italia y Alemania han ganado copas del mundo sin jugar mejor que el resto), no entiende en qué consiste ser aficionado a un equipo de fútbol, pues es claro que no se basa sólo en que dicho equipo sea bueno o malo, salga campeón o no. Por eso Gazmogno encuentra irracional irle a la selección mexicana, un equipo que “apesta tanto” (Nota al pie: Dicho sea de paso nuestro autor jamás justifica dicha afirmación más que con generalidades. Me parece, y trato de hablar desde una crítica justa y no visceral, que la selección mexicana es un equipo “B”. Desde el mundial del 86 hasta nuestros días, sobre todo en el primer lustro de los 90s, la selección mexicana ha mostrado progresos. Como nuestro autor está falto de estadísticas y números, podemos ejemplificar dicho desarrollo con dos sub-campeonatos de la Copa América, una Copa Confederaciones, cinco Copas Oro, 16 años de permanencia consecutiva en los octavos de final de los mundiales (el encontrarse entre las 15 mejores selecciones del mundo durante este tiempo), una medalla olímpica en Atlanta 1996, un copa del mundo en la categoría sub-17, exportación en aumento de jugadores a las ligas europeas más importantes (Rafael Márquez, Andrés Guardado, Ricardo Osorio, Pavel Pardo, Carlos Salcido, Javier “el maza” Rodríguez, Guillermo Franco, Héctor Moreno, Carlos Vela, Omar Bravo, Francisco Palencia, Luis García, Cuauhtémoc Blanco, Javier “el chicharito” Hernández, Gerardo Torrado, Joaquín Del Olmo, etc. Fin de la Nota al pie).  ¿En qué consiste, pues, ser aficionado a un equipo de fútbol? Ser aficionado a un equipo de fútbol tiene que ver con varias cosas: identidad, gusto, postura sociopolítica, deseos, frustraciones, etc. Pensemos por ejemplo en los hinchas del Boca Juniors. Dicha afición no se puede explicar sólo porque el equipo bonaerense sea exitoso y triunfador, sino porque “representa” al barrio argentino (a la quintaesencia de la identidad argentina), por ello es un clásico el “Boca Juniors vs. River Plate” en el que el barrio y la aristocracia argentina se ven las caras, en el que se muestra la oposición frontal subyacente a la sociedad argentina. Por ello, mientras que los “xeneises” tienen un criterio limitado de contrataciones extranjeras, los “millonarios”, preocupados más en el éxito, abren la cartera y las plazas indiscriminadamente. Irle a Boca Juniors no es sólo irle a un ganador, es una postura social, una postura política (en el marco tradicionalismo vs. globalización). Irle al River Plate es también una postura social y política: economías abiertas y globales, políticas liberales, etc. En lo que respecta a las selecciones nacionales su afición o su rechazo no se explican tampoco por la fórmula “éxito-fracaso”, se explican porque ellas reflejan tendencias y proyectos sociales de los países que representan. Juan Villoro, en una entrevista sostenida en 1998 por Javier Alarcón en el programa “La jugada”, analiza el caso de Francia. La selección francesa del mundial 1998 antes que un espejo, representa un deseo de su sociedad: la inclusión de los migrantes y de los franceses africanos. Si se recuerda a los miembros de dicha selección, no sólo el caso del argelino Zidane, sino de los franco-africanos Thuram, Desailly, Karembeu, etc., el irle a Francia en ese momento tenía bastante que ver, según el decir de Villoro, con el deseo de que tal inclusión (reconocimiento legal) se cumpla. Negación de dicho deseo son los hechos de la primera década del siglo XXI en los que se expresan la xenofobia y rechazo del franco-parisino con respecto no sólo de los franco-africanos sino de los turcos, marroquíes, y demás africanos.

Ahora, con este tipo de argumentos, ¿qué significará hoy irle a la selección mexicana? Más allá de una razón futbolística (porque juega bien, porque hay “seis chivas”, porque tiene un bloque defensivo interesante, etc.), ¿qué deseo, qué frustración, qué identidad, qué reflejo, qué postura social y política hay detrás de todo esto? Las exigencias de la afición y de la familia futbolística, antes que tener que ver con “éxitos”, tienen que ver con el juego en conjunto. A México se le pide que sepa jugar como equipo y cuando esto es logrado (pocas veces, recientemente el México-Argentina tanto de la confederaciones como del mundial de Alemania 2006; el México-Italia en Bruselas celebrado este año), la afición se encuentra satisfecha. ¿Por qué se le exige a México que juegue como equipo? Quizás porque su realidad política le obligue a tener tal deseo, quizás porque México mismo, y en esto comparte enorme parecido con España, sea un proyecto fracasado, porque dentro de él, a decir de Octavio Paz (El laberinto de la soledad), se entrecruzan diversas etapas históricas, diversas razas, diversas religiones, diversas lenguas, etc. La siguiente petición a la selección mexicana es, sin embargo, que gane, pero esa petición, legítima siempre, adquiere en el caso mexicano un matiz: el “ya merito”. Y es que gran parte de la sociedad mexicana, tomando como punto de referencia el sexenio de Salinas, siente que está muy cerca del primer mundo, siente que México está a un paso de las economías dominantes. Dolorosos golpes son la devaluación y las eliminaciones mundialistas que nos recuerdan lo lejos que estamos, lo incapaces (no por nuestra naturaleza, sino por nuestra situación) que nos encontramos.

Con esto quise, de manera sumaria y general, caracterizar la afición a un equipo de fútbol y demostrar que ella no se basa, a decir de Gazmogno, en la capacidad de éxito de un equipo, sino en el sentirse representado por él por razones sociales, políticas, psicológicas, etc.

Ahora bien, quisiera reflexionar sobre el fútbol como cultura (y curiosamente, aunque este era el propósito original de mi texto, puede verse como “réplica” a afirmaciones contenidas en el texto de Gazmogno, fútbol como “pan y circo”, como “irracional”). Es “moderno” clasificar los quehaceres y las prácticas de una sociedad: religión, ciencia, humanidades, artes, deportes, etc. La relación y la inserción del fútbol en la cultura (por cultura entiendo no sólo un quehacer, sino la expresión que el mismo puede ofrecer del hombre, en particular, la expresión del hombre y los espacios-tiempos contemporáneos) es recientemente reconocida. El único ejemplo que hay en México, me parece, es el programa Ludens del canal 22 que se propone mostrar el lazo que hay entre fútbol y arte, fútbol y ciencia, etc. Para mostrar lo que el fútbol expresa y refleja de la cultura (sobre todo de nuestro tiempo) me serviré de dos autores: Walter Benjamin y Gilles Deleuze. El primer autor alaba al cine por ser un medio de sensibilización para con las nuevas técnicas y aparatos. Concretamente alaba el efecto de “shock” que implica en los espectadores. También, y esto es pertinente no sólo al cine sino a la fotografía, alaba el volver “visible” lo “invisible”, volver pequeño lo grande o grande lo pequeño (las fotos de microbios junto a las fotos de astros y galaxias, la cámara lenta como “descubridora” de ritmos y movimientos lentos, no vistos antes por el ojo humano). El fútbol me parece un ejemplo de los trastornos perceptivos de la sociedad contemporánea. Me parece que este deporte se asimila al ejemplo que Benjamin hace de un transeúnte en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. El transeúnte, como el futbolista, debido a los espacios-tiempos en los que se encuentran, tiene que tomar decisiones semi-conscientes, “rápidas”. Cuando una persona (aquí persona puede entenderse solamente como mexicano) pasa la calle en un lugar que no le corresponde, decide dicho paso a veces en segundos, contempla distancias, observa el camellón siguiente, observa al conductor del auto y lee en sus ojos si frenará o no, observa la rapidez o lentitud de los coches de los demás carriles, observa a la persona que en el otro camellón quiere también cruzar la calle, etc. El futbolista es un ejemplo cabal de esa racionalidad y de esa percepción (y esto sólo lo entenderá quien haya jugado fútbol o quien sepa ver fútbol). El fútbol es un claro ejemplo de lo entrecruzadas que se encuentran la imagen y el movimiento, la idea de una acción y su realización (esta es terminología deleuziana. El texto del que me sirvo es La imagen-movimiento. Estudios sobre cine 1). Pensemos, por ejemplo, en el gol que Messi hace con la mano al Español. ¿En qué momento Messi decide meter el gol así? ¿En qué momento decide meterlo con la mano? Aunque dicho gol pueda explicarse por la admiración del joven jugador argentino a Diego Armando Maradona, las circunstancias y su contemplación debieron ser favorables para que pudiera realizar la cita de su ídolo (para que la imagen se pudiera volver acción). Pensemos en el gol que Zidane le hace al Leverkusen en la final de la Champions League. Pensemos en cómo y cuándo se le ocurre a Zidane disparar de bolea en esa circunstancia, en cómo llega esa imagen a su mente y en menos de un segundo la “actualiza”. Analicemos la situación y el escenario que Zidane percibe y sobre el que actúa: la distancia de Zidane respecto de los defensas, el espacio y el movimiento del cuerpo adecuado para patear el balón con dirección a gol, la posición del portero, la ubicación de sus compañeros, el ruido de las tribunas, la postura de su entrenador, la cara de los defensas, el minuto de juego, etc. Si Zidane pensara “detenidamente” en (en estrinto sentido, si “pensara”) cada uno de esos factores, tardaría minutos en resolver dicho problema. La percepción se trastorna y tanto la colectivización de las tareas como la no concientización de lo percibido, vuelven solucionables este tipo de empresas, empresas con las que el hombre contempráneo se topa diariamente. Así pues, el fútbol, como los “deportes modernos” (este nombre toman debido al  reinicio de los juegos olímpicos a finales del siglo XIX) además de ser un espacio recreativo y lúdico son expresión y sensibilización de los trastornos perceptivos de las sociedades contemporáneas. El criterio según el cual hay una taxonomía espiritual de los quehaceres humanos (del filósofo rey al esclavo) es propio de una razón (racionalidad más bien) egocéntrica (pues se piensa que sólo en mi ámbito o sólo la dignidad de tal ámbito es merecedora de cosas importantes) y no comunicativa (en sentido habermasiano, la esfera monádica del yo en oposición a la comunidad del nosotros histórico). Más aún, el corazón, me parece, del rechazo del deporte, es la idea (muchos piensan occidental, pero es más bien oriental) del dualismo: la dignidad de las prácticas racionales y espirituales en oposición a la profanidad de las prácticas y quehaceres corporales). Y de ahí la desvinculación de las prácticas deportivas con las prácticas científicas y espirituales de una sociedad. Si “nadie sabe lo que puede un cuerpo” (Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico), el deporta agudiza la pregunta una vez que sabemos que Carl Lewis corre más allá del sonido o que Usain Bolt corre 100 metros planos en menos de 10 segundos. Finalmente, me parece que una vez que el deporte es viste sin prejuicios (reducido a un área) y entendido como complejo (las diversas dimensiones que se insertan en el fútbol, por ejemplo) se vuelve interesante y no rechazable desde el ojo aristócrata y sabio de los intelectuales.

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