Un hombre sabio dijo alguna vez que hay dos posturas que se pueden adoptar para sobrevivir un mundial, en el caso de que uno ya se haya resignado – o que se encuentre en la efervescencia dionisíaca del dios redondo – a vivir de cara a los partidos compartiendo la fiebre futbolística: o le va a la selección mexicana o a algún otro de los grandes monstruos del balonpié. Sin embargo yo encuentro una tercera posibilidad: estar en contra de la selección.

Tal vez esta tercera posibilidad vaya de la mano con el tipo de personas que no soportan el fútbol, pero que dadas las circunstancias que lo rodean en tiempos mundialistas se ve obligado a la resignación, y prefiere volcar todo su odio contra el objeto de adoración general, que andar solo y aburrido en los rincones, escapando de las narraciones y los comentarios. Uno prefiere ser un villamelón que un paria.

Dejando de lado los argumentos intelectualoides que abogan por la enajenación producida por el fútbol como nuevo opio de los pueblos, como el pan y circo de la modernidad, me surge la pregunta – y es una pregunta total y completamente íntima, subjetiva – ¿cómo carajos no odiar el fútbol? Así es, y el énfasis está en el carajos.

Repito pues, cómo carajos no odiar el fútbol cuando desde la más tierna infancia uno se ve obstaculizado, martirizado – incluso sodomizado – por este deporte. Tal vez fue el hecho de que mis padres me obligaran a jugarlo de niño cuando mis inclinaciones eran más bien musicales, o simplemente prefería estar de holgazán echado viendo las caricaturas en lugar de andar persiguiendo un puto balón durante 90 pinches minutos. Y no obstante cuando me libré de la condena de tener que ir a entrenar y desperdiciar mis domingos en juegos que no llevaban a nada, cuando por fin tenía todo el tiempo para ver mis queridas caricaturas… resulta que el único maldito canal para niños decide transmitir TODOS los partidos de TODAS las malditas copas – y eso que son un chingo. El fantasma del fútbol me perseguía a doquiera que fuera.

Debo confesar que no siempre hubo odio. Siendo niño a uno le emociona todo lo que ocurre a su alrededor, y más si se trata de un evento mundial que enloquece no sólo a toda la cuadra, sino a todo el país. Recuerdo haber visto con emoción algunos partidos de algunos mundiales – que siempre se llevaban a cabo en período escolar por lo que de todo lo malo, el fútbol nos regalaba de cuando en cuando perder alguna clase porque jugaba la selección. Y la emoción era grande, profunda. Estar en conexión con el entorno, vivir la intensidad, desear desesperadamente un gol y gritarlo con todas tus fuerzas cuando milagrosamente ocurría. Y digo milagrosamente porque al parecer sólo así se dan los goles de la selección mexicana: por puritito milagro, “virgencita haz que metamos un gol.”

Pero poco a poco la emoción y la alegría de la niñez trocáronse en decepción y escepticismo con cada derrota del tricolor. “Ahora sí pasamos.” “Ahora sí ganamos.” “Esta selección se lleva la copa.” Y cada cuatro años era lo mismo – y sigue siéndolo. El fútbol nos enseñaba lo que era la derrota. Y la derrota se convirtió en tradición.

La tradición del fútbol mexicano es la derrota misma. ¿Cómo es posible que un país donde se vive tan intensamente este deporte, donde se invierte tanto en él, donde aparece como el pan de cada día, no pueda ni siquiera llegar a la semifinal en un mundial? ¿Es algo genético – algo así como una mediocridad azteca? Y la gente se sigue creyendo y tragando la misma cantaleta, “dentro de cuatro años será distinto.” Sin contar con los ya tan masticados argumentos para defender y solapar las estupideces de la selección: “jugamos bien, incluso mejor que el otro equipo, pero perdimos… debimos haber ganado.” ¿No se supone que el que juega mejor gana? ¿O es que en sí el fútbol es un juego de azar? Jugamos mejor pero azarosamente perdimos. Si esto es así, entonces por qué gastar tanto en técnicos y entrenamientos cuando en el fondo hay una mano invisible que guía el balón y decide cuándo entra y cuándo no.

No sé qué me molesta más, el hecho de que la selección mexicana sea tan mala o la idiotez de la gente al creerse cada cuatro años las mismas pendejadas sobre una posible victoria. Es en este punto que uno vuelca todo su odio contra esta idolatría de la gente. Después de haber sido decepcionado tantas veces uno deja de creer, y la emoción de antaño se convierte en odio y rencor. Y uno anda por ahí con el corazón contra la selección, esperando en cada partido que reciban una goliza de aquellas simple y sencillamente para restregarle la derrota a los demás. Como un paria sin poder festejar el gol en contra a sabiendas de una posible madriza.

En verdad que no tengo argumentos para descalificar este deporte ni para realizar un análisis de por qué la selección mexicana apesta tanto. Todo lo escrito hasta aquí son meras impresiones, como lo es la frase misma – ahora sí desde el punto intelectualoide que trataba de evitar hace un momento – “pan y circo.” Esta es una frase curiosa porque remite – indirectamente – a otra muy peculiar: “pan y verga,” que es como se traen a la selección mexicana, pero también es como los mitos y las mentiras y demagogias de los medios de comunicación se traen a toda la gente al ensalzar tanto a un equipo de mierda como el nuestro. “Pan y verga,” y parece que el pan ya se acabó desde hace varios mundiales.

Gazmogno

Anuncios