Corren los caballitos,

los grandotes y los chiquitos,

porque en la caballeriza

la comida se sirvió.

 

Uno de los criterios para la medición de la calidad educativa de una carrera profesional específica es el nivel de deserción. Básicamente, cuando se utiliza este criterio, se supone que una carrera de alto nivel educativo es aquella de la que egresa el número más próximo a la cantidad de ingreso. Si a una carrera ingresan doscientos estudiantes y egresan ciento cincuenta, y a otra ingresa el mismo número pero con egreso de seis, se dirá que la primera carrera es mejor que la segunda. Una vez cualificada como mejor, se justifica plenamente la asignación de mayores recursos a la primera que la segunda, y a su vez se impulsa a las carreras que poseen un esquema semejante a la primera, dejando de lado –inevitablemente- a la segunda y sus congéneres. Se les evalúa y clasifica, por tanto, para dar sentido a los programas educativos. Ahora bien, es importante notar que se declara mejor en tanto se estiman tres indicadores de valoración: cobertura, aprovechamiento de recursos y productividad.

Se asigna importancia a la cobertura de la carrera profesional porque el planteamiento en que se desenvuelve el sistema educativo postula como verdad evidente la necesidad de educar a todos los miembros de una sociedad. Dado que el paradigma progresista de la educación exige la universalidad educativa, la cobertura de la carrera profesional torna necesariamente valiosa. O en otros términos: carreras más valiosas son aquellas que más nos hacen progresar y nos hacen progresar más en tanto más personas las están cursando. Sin embargo, la valía de la cobertura se liga opacamente con el segundo valor educativo, i.e. el aprovechamiento de recursos. Cuando se postula el progreso como finalidad, se destinan los recursos disponibles a la realización de dicho fin. Puesto que puede haber diversos medios conducentes al fin, y lo importante es la obtención pronta y expedita del fin –dado el carácter abismalmente vertiginoso del sistema progresista-, es más valioso el medio que conduce con mayor rapidez al fin que algún otro que lo retarda. Puesto que, en la comparación de las dos carreras mencionadas, una carrera sí es progresista, vale más destinar los recursos a esa que a aquella que no lo es. Además, una vez determinada la mayor valía de la carrera más progresista, y asignados mayores recursos a la misma, se esperaría que se incrementase directamente el índice de progreso, por lo cual es aún más valiosa. A pesar de todo, esta valía tiene como denominador el tercer elemento de la valoración, i.e. la productividad. Una carrera tiene mayor cobertura y por tanto es más progresista, se le invierte más y cubre más, por lo que es aún más progresista, y dado que se invierte en más y se cubre más, se produce más progreso, luego es progresísima. En términos de progreso, por tanto, se habla de calidad educativa en tanto cantidad productiva. Por ello importan tanto los índices de reprobación, por ello se inflan tanto las esperanzas de los estúpidos, por ello en las carreras pequeñas está prohibido reprobar a muchos. Otra cosa es que efectivamente los universitarios sean tan productivos como se presume, o que el índice de graduación universitaria tenga algo que ver con el crecimiento burocrático y con ello con los problemas financieros del Estado, o que el aumento en el número de posgraduados se pueda reflejar en el aumento del número de desempleados o al menos en el de adictos al Prozac. En el progreso no se trata de producir cosas bellas, sino de producir cosas. ¡He aquí la fayuca universitaria!

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla: Seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.