A nuestros tres (o cuatro) 

campeones acatlecos de la VII Olimpiada Internacional de Lógica.

 

Me resulta curioso que la opinión pública considere a la Lógica como una ciencia pragmática, curioso en el sentido de que es visible su apego a situaciones especulativas. El método euclídeo por mencionar un ejemplo, denota esta característica del sostén sobre sí misma –sin entrometer por ahora problemas de realidad– y esa es una razón cabal para concebirla lejos de la vida práctica, de la real inmediatez de la cotidianeidad. Si bien es cierto que mucho de lo que la Lógica desarrolla tiene correspondencia con la realidad, saber que no tiene como prioridad la veracidad de las premisas –en tanto adecuación con situaciones existentes– o la validez de los razonamientos, sino que su preocupación primordial radica en la relación lógica funcional existente entre lo enunciado, lleva a pensar que su interés no es propiamente la vida real, por el contrario su atención está en alguna suerte trascendente a las trivialidades y vaguedades de lo mundano.

Ahora bien, la Filosofía presume de estudiar asuntos que competen a todo habitante del planeta Tierra por el simple hecho de ser eso: hombres terrenales. De este modo, entender a la Lógica –ésta cual fiel hija de la Filosofía, ha seguido sus pasos y ha heredado problemas igual de desafiantes y penosos que su madre– como una ciencia que versa sobre universalidades parece viable apuntando a que todos de una manera más bien ínsita, la usamos diariamente, la Lógica está y ha estado discretamente entremetida en nuestra habitualidad desde siempre. De aquí que variadas frases coloquiales ufanen su interiorización y le hayan dado sinonimia con la palabra obvio; lo lógico es lo obvio, lo dado, lo que salta a la vista y lo que todos tenemos claro sin más, parece que ésta da razón sobre actos del estilo causa-efecto y por ende no se complica su entendimiento; se halla ahí de facto, evocando al sentido común. Claro que si esto es así ¿qué importancia tendría investigar acerca de toda una ciencia con base en reglas y las demás cosas que hemos convenido que constituyen un saber científico –formal incluso– si ésta aborda lo evidente o lo normal? No tanta, si acordamos que lo dado no tiene mucho de interrogativo. Y este enlace con el sentido común es precisamente lo que le proporciona a la Lógica su carácter práctico pues se tiene cercano y aplicable, alejada de cualquier especulación fantasmagórica sobre El Ser o los En Síes, por ejemplo. Aunque si obedecemos a lo que sostuve líneas arriba, donde denoté que la Lógica mantiene su validez sólo en sí misma, ésta volaría por lares igual de ambiguos que los más agudos problemas metafísicos, puesto que cualquier juicio dado a partir de ella requeriría únicamente de la captación completa del sistema y no necesariamente de la realidad.

Comenzando con el conflicto a propósito del lenguaje, diría que el verdadero problema llegó con la Lógica simbólica, creo que cuando la Lógica comenzó a hablar en lenguaje formal y de sus verdades de hecho o de significación, nos zambullimos en el mismo problema que los escépticos suelen usar como queja contra cualquier ciencia teórica: el trecho abismal con la praxis. No obstante, he de admitir, que nunca es tan estrecha la relación del lenguaje con la realidad, pues no es posible establecer lazos de convivencia entre ciencias prácticas y teóricas si anteponemos los rasgos igualmente ambiguos del lenguaje o la significación de éste.

El lenguaje es un tema que ha robado el pensamiento de las más grandes mentes, éste ha evolucionado al tiempo del hombre, se vuelve endémico y se sujeta a ejercicios de hermenéutica de acuerdo al tiempo y lugar; intenta dar cuenta sobre el pensamiento humano y comunicar en toda la extensión de la palabra. Sólo que éste presenta serios problemas de acuerdo a la descripción antedicha, pues si queda a merced de lo que la sociedad, el lugar o la interpretación dicta, el lenguaje se convierte entonces en una artimaña con fines indefinidos que nos hace incidir en lo que la sociedad y todo el contexto quiere que caigamos. Es decir, el que veamos el mismo color con la palabra amarillo  que con las palabras yellow o coztic, significa que todos convenimos en que fuese de ese modo. Así que lo que entendemos como verdadero se limita a ser lo que alguien nos dijo que era verdad y nosotros lo entendimos naturalmente como una verdad lógica –apelando a la concordancia con el sentido común en tanto ciencia pragmática–. Claro que si asimos esta idea de lenguaje, en cierta medida éste deja de ser completamente natural y se concentra en cumplir su función social establecida y de la que no puede separarse, según lo hemos señalado, lo que sí rebasaría las posibilidades de la persona de expresarse por sí y a partir de su experiencia para con la realidad, lo que advertiría el primer problema en tanto lenguaje natural, delimitando qué tanto el lenguaje natural es verdaderamente y en el sentido total del término natural, justamente natural u original.

Soslayando momentáneamente el problema de la naturalidad innata (sic) del lenguaje y creyendo que la verdad se refugia en un sostén social, entraríamos en el segundo problema, el de significación. Expresado, nosotros convenimos en que las manzanas son rojas porque realmente lo son o convenimos en que había un determinado fruto de cierto color y nosotros, socialmente hablando, decidimos llamarlo manzana y roja; e igualmente con el resto de las cosas, así el que una manzana sea realmente roja es una trabajada casualidad entre que el lenguaje haya denominado al fruto con ese nombre y al color con ese otro, por tanto lo dicho se vuelve verdad al menos entre los individuos para los cuales el nombre y el significado de la frase: la manzana es roja coincida afortunadamente con su lenguaje y su realidad. Así la frase es socialmente verdadera bajo los términos antes especificados, porque alguien nos dijo en un momento que tal fruto es una manzana y es roja. Dicho en otras palabras, si yo voy a un lugar donde se hable exclusivamente náhuatl, el que yo diga: la manzana es roja, quedará exento de usanza o viabilidad en el lenguaje. Con lo que salta el tercer problema.

El lenguaje como una forma de expresión limitada a cierta extensión geográfica. Aquí algunos apelarían al habla ajena de miembros de una comunidad a otra, como el mexicano que habla alemán o el inglés que presume su italiano, pero deviene otro problema, el lenguaje es en tanto cobra sentido para quien lo recibe, lo que necesariamente nos haría creer que el mismo para ser comprendido en su totalidad debe ser manejado por individuos de una misma especie, lo que nos ayudaría a entender por qué no entendemos el lenguaje de las avispas y ellas parecen no entender el nuestro. El lenguaje parece requerir toda una carga tácita que lo envuelve y lo cifra, no se puede comenzar a hablar sin que se tenga presente algún referente de ello, lo que nos devuelve al asunto del contexto.

Todo esto nos lleva a pensar que el lenguaje formal –entiendo por lenguaje formal aquél que ha sido perfeccionado y derivado a partir del coloquial o natura, que acata reglas universales que pretenden rebasar o eludir los problemas o quiebres ya escritos al lenguaje primitivo, que posee una estructura y un sistema entendido por medio de literales y signos gráficos que se ostentan unívocos– por más que queramos referirlo como el lenguaje universal por antonomasia siendo que en supuesto supera las imprecisiones del otro lenguaje, no queda librado de los inconvenientes que al lenguaje natural afectan por el simple hecho de ser derivación de éste. Por lo que al establecer en una proposición la literal que habrá de significar la oración del argumento, no franqueamos los problemas que asaltan sobre cómo entender la literal y sobre todo, el significado sobre el cual abunda. En otras palabras no es sabido certeramente cómo entender o traducir si la complicación principia en lo que de ello se anuncia. Referencia obligada al problema del infinito, el cual, a grosso modo dice que  al no definir con exactitud todas y cada una de los aspectos que le atañen, la tesis se vuelve objeto de fácil refutación.

Con todo esto, aún no osaría en descalificar al lenguaje formal ni mucho menos a la Lógica simbólica –como ya lo dije el lenguaje mismo tiene sus graves problemas–, empero, lo que sí aventuro concluir es que la Lógica –mínimamente la que aquí asomamos– definitivamente no basta para ser ni tampoco para reconocer o construir el verdadero conocimiento filosófico en torno a la obstinada búsqueda por la Verdad.                                                         

  La cigarra.

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