(Save all your prayers

i think we´ve lost today.

there´s no morning after.

No one´s around to blame)

(23.45 pm. Personaje X, vistiendo una gabardina gris y un sombrero negro, ambos empapados por la lluvia que cae copiosamente, abre la puerta de una vieja bodega abandonada. Permanece afuera de la bodega pese a la lluvia. Saca de su bolsillo derecho un cigarrillo y lo enciende con un encendedor con el que venía jugueteando con la mano izquierda al llegar. Una vez encendido el pitillo, guarda el encendedor en el lado izquierdo de su gabardina. La bodega está impregnada de un intenso olor a gasolina. Al fondo de la bodega, se alcanza a escuchar unos sonidos, como de personas a las que se les está tapando la boca con la mano o con algún otro instrumento. Personaje X no hace caso a los sonidos. Reflexiona mientras la lluvia continúa cayendo sobre su persona.)

Personaje X: Después de tantos días de fingir. Tantos y tantos días. Después de toda una vida pretendiendo que soy quien no soy y que no soy quien sí soy. Después de tantos problemas y malentendidos, de tantas equivocaciones y decepciones. Por fin me he dado cuenta de algunas cosas importantes: no soy quien me gustaría ser y nunca lo he sido, no estoy en donde quisiera estar ni me rodeo de quien desearía que estuviera a mi lado. No he tomado nunca, en mis más de cincuenta años de vida, una decisión acorde con mis deseos. Mi vida es vacía, como lo es, por cierto, la de varios otros que no lo terminan por aceptar. Sin embargo, no me pondré a lloriquear como si todo eso no fuera responsabilidad mía. No voy a apelar al cómodo recurso de culpar a las máscaras de las que muchos hablan cuando se quieren justificar ante ellos mismos por las faltas cometidas o los fracasos propios. Hay personas que justifican su actuar incierto y arbitrario diciendo y pensando que no son ellas quienes actúan de esa manera, sino máscaras que la sociedad, y todas las relaciones humanas que en su interior se desarrollan, nos obliga a todos a usar, y que ellas son el origen de la mayoría de nuestros males. Esos individuos pregonan que son esas máscaras las que engañan y proyectan situaciones falsas. Por supuesto que no somos nosotros -piensan- pues, en nuestra inocencia y bondad originaria, no seríamos capaces de todo eso que nos tortura y no nos deja en paz. Además, son las máscaras las que nos llevan al grado máximo de angustia al mostrársenos como ellas mismas son, identidades espurias que ocultan nuestro verdadero y bello rostro, y que se confunden con él no solamente ante las otras personas sino incluso frente a nosotros mismos. Son ellas las que corrompen nuestra bondadosa esencia y nos la hacen más y más lejana cada vez. Cosas así se la pasan diciendo, pero no voy a recurrir a ese tipo de discursos pues sería una muestra de cobardía y, lo que es peor, de total desconocimiento de mi mismo.

Los hombres que hablan de máscaras para sentirse menos culpables simplemente parten del supuesto de que el rostro humano es uno solo, ya sea que lo crean en verdad o no, presentándose ante el prójimo como destrozados y desesperados al percatarse del vigor con el que padecen los efectos prácticos de aquéllas. No obstante, eso es ingenuo en demasía. Aunque ellos crean que únicamente hay que quitar, no sin un esfuerzo vigoroso y muy desgastante, las máscaras para encontrar el rostro verdadero del individuo, se equivocan: nunca hay un “detrás de las máscaras”. Al quitar una máscara, se descubre otra, ¡y detrás de ella otra más! Siempre. Bajo las máscaras hay más máscaras. Pero ellas no son sino rostros, los distintos rostros o facetas de que está constituido cada ser humano en su complejidad inherente. Rostros y facetas que no hay que asumir como ajenos a nuestro verdadero ser y que no puede, en ese supuesto, sino ser bello y lleno de bondad e inocencia, cual mancebo virtuoso e intachable, siempre honesto, valiente y dispuesto a sacrificarlo todo en nombre del honor. Cada quien debe asumir los propios actos, con los beneficios, pérdidas, comodidades, abandonos y ventajas que acarreen consigo; no excusarse tras el pretexto de las máscaras y los tormentos que ellas originan en nuestro buen espíritu para sentirnos mejor, porque eso no sería otra cosa que no tomar en cuenta que todo lo dicho también forma parte de nosotros y, con ello, se descartaría de plano la posibilidad de mejorar nuestra alma, más allá de discursos novelescos y maravillosos que bien se pueden idear partiendo de esa ficción de las máscaras.

En ese sentido, las supuestas máscaras nos dicen más de nosotros mismos de lo que podríamos creer, pues forman parte de nosotros, para bien o para mal. Por ello, he tomado una decisión que debí tomar hace tiempo. Abandonarlo todo y empezar de nuevo, aunque lo único que empezaría a mi edad fuera el final de todo. Me iré para siempre y no volveré jamás. Pero antes, ¡voy a destruir este maldito lugar!

(Acto seguido, vuelve a sacar el encendedor de su bolsillo izquierdo, prende otro cigarro y lo arroja al interior del inmueble en cuya entrada ha permanecido durante la reflexión anterior, una especie de bodega, provocando la súbita aparición de una gran flama de fuego que consume poco a poco el lugar, mientras se aleja caminando bajo la lluvia, que ya atenúa la intensidad con que cae, hacia la oscuridad de la noche citadina y tarareando la melodía de una alegre canción.)

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