cuando un hombre sueña parece que

una mariposa blanca sale de su boca

Dylan Thomas

Leer poesía con método o hacerlo sin él. Vivir seguro de lo que un poeta quiso decir o permanecer de pie asediado por la confusión. Caer en el desamparo de la claridad poética o levantar la mirada a la más profunda de las más obscuras palabras. Todo puede pasar en la poesía, o al menos todo lo posible. Lo que no puede pasar, lo que necesariamente se queda, es el lector: un lector llega a un poema y vive en él para siempre. Lo que sí pasa es la vida, que va y viene, mudando, de poema en poema. Nuestra vida cambia en la poesía. Si, dichosos, alguna vez podemos darnos cuenta del cambio, entonces descubriremos que hemos vuelto a ser reales; de lo contrario, nada pasa: la vida sigue.

Leemos poesía de pie, para que el poema esté más cerca del cielo. Leemos poesía sentados, para no desfallecer de dicha. Leemos poesía en voz alta, para encumbrar la belleza entre la bruma. La leemos quedito, para arrullar el oído. O bien, leemos marcando el ritmo con la mano, para dirigir la orquesta de las letras. ¿También la leeremos indiferentes, rictus inexpresivo al rostro y voz plana, maquinal? ¿La leeremos con efusión, gritos y algazara retozando los versos? ¿O acaso con cansancio, braceando el torrente metafórico de ictus y tesis? La leemos, si bien nos va, como se deja leer. Cuando la poesía es rítmica, la lectura fluye como la sangre. Cuando es visual, dilatamos las pupilas para apresar los detalles. ¿Y cuando es musical? La letra se viste de musicalidad y la música de literalidad: la poesía musical permite resonar a la palabra como hablar al sonido, es el lógos expresivo -sonido y sentido- en la metamórfosis de lo real. Cuando la poesía es musical, por tanto, se trata de escuchar los sonidos del orden, la música del universo, el lógos que susurra en el mundo material.

Intento escuchar Visions of Johanna de Bob Dylan. Mistéricos sonidos arrían mi cóclea enredada en un poema espiraloide. Serpentinas del aliento caracolean mis ojos. Cada verso cae para dejarnos al inicio de uno nuevo ubicado nuevamente arriba. Un poema hecho para el oído, ¿o no es el vértigo una afección ótica? Sin embargo, no es precisamente vértigo -ahora resuenan a mi oído palabras de otro poeta: “este caer sin llegar”, pero aquí no hay angustia-, pues no es una caída dolorosa, nauseante; en este poema no se pierde el sentido, sino que se siente la pérdida de lo sentido, como despojarse del mundo prenda a prenda. Visions of Johanna es, me parece, un poema místico, un poema zen.

Son cinco visiones de Johanna. Las cuatro primeras forman contraposiciones por pares; la quinta concluye el koan. La primera contraposición señala la posición del yo en el mundo. Por una parte están, en la primera estrofa, la confusión, la equivocación y el desafío, disposiciones fundadas en un ego seguro de sí, frente a la luz, el sonido y el calor amante, todos aparentes; ambos grupos disueltos por el asedio de las imágenes interiores. Por otra parte, en la segunda, la locura aparece guiando sus pasos con una linterna, teniendo enfrente a la claridad expuesta por un espejo; ambas permiten, sosegadas, que las visiones ocupen el lugar propio. Después, la segunda contraposición resalta al yo sin mundo. Por una parte, en la tercera estrofa, se anuncia que a pesar de que las visiones han ocupado el propio lugar, todavía queda una sombra de lo que se fue: la delgada presencia de quien se toma en serio; por ello, las visiones son razón para permanecer en vela: el ego no se deja desplazar. Por otra parte, en la cuarta estrofa, ya sólo somos visiones, pues la vigilia nocturna nos ha desgastado y finalmente hemos sido derrotados. Vamos a los museos, la memoria que nos queda, y el poeta sólo nos deja asir los muñones de un verso: no encontramos nuestras rodillas porque ya no existimos; si nos queda conciencia, creemos que eso es cruel. La contraposición va, por tanto, de la disolución del mundo por la conciencia meditativa a la meditación que disuelve a la conciencia. Al final, quinta estrofa, la conciencia estalla y ya sólo queda la meditación…

Námaste Heptákis

Coletilla: Seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.