“…ojala por lo menos que me lleve la muerte,

para no verte tanto, para no verte siempre,

en todos los segundos, en todas las visiones,

ojala que no pueda tocarte ni en canciones.”

Silvio Rodríguez

“Cuando yo muera, la gente va a interpretar todo de mis canciones.

Van a interpretar hasta la última puñetera coma.

Ellos no saben lo que significan las canciones.

Mierda, ni yo mismo sé lo que significan”

Bob Dylan

¿Una canción es un poema? O mejor dicho ¿un poema puede ser canción? ¿No resultaría un pleonasmo tratar de musicalizar algo que en sí mismo ya es musical? ¿O será que la música le viene dando una dimensión distinta al logos? Lo cierto es que las letras de las canciones de Bob Dylan resuenan con una fuerza tal que bien podrían alzarse autónomas como construcciones meramente poéticas. Aunque cierto es también que lo musical juega un papel de suma importancia en ellas. Y más que subordinada, como es factible objetar, la música ciertamente mienta una suerte de extensión de la letra misma, como si el logos se “vistiera” de musicalidad, de igual forma que la harmónica resulta una extensión del lamento dylanesco característico de la mayoría de sus canciones. Es como si la música bailara alrededor de la letra.

Este tipo de reflexiones me surgen mientras escucho incesantemente Las visiones de Johanna. La primera vez que escuché esta canción quedé frustrado por el hecho de no entender absolutamente nada; y cuando digo nada, me refiero a nada en absoluto: si llegaba a descifrar alguna que otra frase de la gangosa y rasposa voz de Dylan no me servía de nada por lo críptico de la letra. De ahí que comenzara por digerir la música; una música brillante y metálica cuya monotonía danza alrededor del hipnótico acomodo de las palabras, y que cada determinado compás es reiterado por la incesante frase “and the visions of Johanna.” Al parecer, la canción se conforma por un bajo, dos guitarras, batería, órgano y harmónica. Sin embargo, aunque la base rítmica la lleven la batería y el bajo, si uno escucha atentamente puede “sentir” cómo es la voz de Dylan la que marca el ritmo, e incluso es la voz misma la que lleva la melodía – como un incesante estupor que asemeja estilos rítmicos posteriores a su época, tales como el Hip-Hop.

Una y otra vez… Johanna… Louise… Johanna… Dos nombres femeninos que resaltan durante toda la canción. Dos nombres femeninos que son pronunciados como un lamento. Aunque la música no mienta tristeza, sí encierra cierta nostalgia: la nostalgia del recuerdo. “Louise” siempre es pronunciada como en presente, como algo vivo, algo que está físicamente dentro de la canción. “And the visions of Johanna…” siempre las visiones, las ausencias, los recuerdos. “Johanna” quiebra la voz, hace más lenta la canción, como si Dylan retuviera el aliento haciendo que los que lo escuchamos lo retengamos también para poder entender lo que dice. De hecho, la sensación durante toda la canción es la de estar respirando pausada y tranquilamente hasta que, de cuando en cuando, algo nos sobresalta. Algo como una visión, un recuerdo súbito que al final se hace más convulso, se acelera, empieza a faltar el aliento, los latidos aumentan… y regresa la calma.

Ya desde el título se deja ver el misticismo de la canción. Una visión, una aparición de algo o alguien, en este caso una tal Johanna; una tal Johanna que, como visión, acosa a Dylan en todas partes. ¿Y no es ciertamente lo que pasa cuando uno está enamorado? ¿La mente no nos juega trucos justo cuando tratamos de estar quietecitos? Esto me recuerda a alguien que ha amado y ha perdido eso que ama. De no ser así las visiones no serían tan melancólicas, tan insidiosas. Pero tampoco son dramáticas. Las visiones son como esa peculiar sensación que uno tiene durante una noche de verano en el campo, como si las luces parpadearan y los radiadores tosieran.

Son cinco las visiones que tiene Dylan de Johanna y todas ocurren en el mismo lugar.[1] Todas con Louise, estando varados, esforzándose por negarlo, en una habitación donde la emisora de country suena ligeramente. Louise, la amante que no puede sustituir a la santa, a la Madonna que voló de su jaula ahora oxidada, dejando ondeando su capa escénica. La Virgen que sólo se aparece ya en visiones, y que su ausencia lo desfonda todo, lo hace ver como un teatro, como un museo empolvado, como una farsa.

Dylan y Louise en un cuarto desde el que escuchan susurros y acalorados juegos de acaloradas muchachas en el patio de enfrente. Un cuarto en el que Louise está bien, está cerca y es delicada como un espejo. Pero como un buen espejo también es demasiado clara. Johanna no está ahí, Louise no es Johanna y el fantasma de la electricidad hace patente esto de tal forma que Dylan se queda mirándose a sí mismo en el rostro que por un instante pensó que era de otra persona. Ahora sólo queda Dylan como un pequeño niño desamparado que en lo único que piensa es en el último beso de su madre. ¿Cómo explicárselo a uno mismo cuando todo es inútil, cuando las visiones seguirán apareciendo, cuando ni siquiera dentro de la propia conciencia uno puede estar tranquilo? El infinito es puesto a prueba y la salvación se ve quebrada por el lamento. Aquí todo es azulado, la conciencia se deprime y nace el blues. De Da Vinci a Duchamp, ¡a la Mona Lisa le crece bigote! Las visiones son cada vez más crueles. De afuera hacia adentro, la música termina, el violinista se pone en marcha, de adentro hacia afuera, la conciencia explota, Dylan regresa de su interiorización y escribe Visions of Johanna con su harmónica y su guitarra pues estas visiones son lo único que le queda.


[1] I know it looks like I´m moving, but I´m standing still – Bob Dylan Not Dark Yet