I thought I knew you,
what did I know?

Hay una esplendente diferencia entre mirarse al espejo y mirar un retrato propio. Ante el espejo nos sabemos presentes, existentes, evanescentes. Mirándonos al espejo nos reflejamos en un lugar y un momento específicos, nos adivinamos en instantes, nos correspondemos en la imagen. Mirarse al espejo es parpadear a sí mismo, ahondar fugitivamente en la lividez de nuestra presencia. Al contrario, mirar el propio retrato es otra cosa. El retrato no juguetea con la inmediatez de los momentos o la simultaneidad de los lugares, ni está siendo dejando de ser, tampoco se escabulle por el filo del reflejo. La imagen del retrato es una totalidad en sí misma; la imagen del espejo es una circunstancial coincidencia. La imagen del retrato es presencia misma; la imagen del espejo es una filtración de la presencia. La imagen del retrato tiene todos los tiempos: es y ha sido, mira con vanidad al futuro y anuncia gozosa que será; la imagen del espejo es presente puro, es suave arena entre los dedos: su tiempo se desperdiga al caer de los instantes. Mientras la imagen del espejo nace de lo que en ese momento se ve, de lo especulado, la imagen del retrato se origina en lo que ha quedado, en lo aprehendido del retratado. Un espejo requiere actividad presente: temporalidad propia de la especulación —un retrato primero exige el trato. Lo tratado en el retrato es lo retratado, aquello que es mimado como imagen. El trato del retrato es traer nuevamente lo traído. Se retrata a la persona cuando se le vuelve a traer a partir de lo que de ella se ha conservado. El trato consiste en plasmar materialmente lo conservado, y se plasma retrayéndolo. Retratar es retraer mediante un trato. La inmediatez del espejo, su precocidad, no permite nada similar. En el espejo, especulando, se ven las cosas enteras y completas, sumergidas en el instante. En el retrato, retratando, se ven las cosas en su totalidad, tratadas por el retratista. Mientras la imagen del espejo se desvanece reflejante, puede asírsela mediante la palabra, la razón especulativa, la palabra siempre viva; en tanto, la otra permanece, sin desvanecimiento, sólo velada por el fino polvo del olvido. Se desvela el retrato cuando la palabra hace hablar a la persona.

Námaste Heptákis

Coletilla: Seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.

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