Según se nos ha dicho desde siempre, existe un Dios. Sin embargo, yo preguntaría: ¿cómo tienen la certeza para poder aseverar dicha respuesta, afirmativamente?

La relación del hombre con Dios siempre se ha tenido con la religión como intermediaria –cosa que me parece casi risible pues la relación con la Divinidad, tendría más legitimidad al practicarse personalmente, sobre todo si poseemos esa concepción del Dios como Padre bondadoso–. Claro que la religión es una cosa extrañísima, está fundamentada en cuestiones que no me persuade que aceptaríamos para justificar cualquier otra cosa, pero ésta siempre ha tenido un lugar especial y abarcante en la vida de todos –independientemente de si así lo queremos o no–. Creo que en algún momento el antiguo primo del vecino del cuñado de un conocido de un amigo dijo que medio supo de un dato o un acontecimiento casi evidente que probaba la existencia de Dios, lo contó a alguien más y ese a otro más, se difundió y con esa credibilidad que le dieron se originó la creencia en la divinidad –sin importar de cuál hablamos, pues todas las creencias de esta clase tienen un génesis más que menos similar–, sumándole el tiempo, ya que muchas cosas viejas tienen relación estrecha con la verdad, como en un principio de antigüedad o algo así. Otra de las cosas con que se ha intentado fundamentar la existencia de Dios es con aquél texto que ha sido denominado la Palabra de Dios, el texto sagrado, sólo que todos los vestigios de lugares, personajes importantes, datos, acontecimientos y demás se sostienen sólo dentro de las mismas escrituras, obedeciendo a la historia allí desarrollada; por lo que al intentar explicarlos o empatarlos con la Historia, como hechos históricos, tienen diferente referencia o un cuento algo cambiado del sostenido por la Divinidad. También está el sustento generacional, el que dice que Dios existe porque los padres lo dijeron, y a ellos sus padres y a ellos sus padres y así por muchos años, esta es una verdad como la que decíamos de tiempo, al ser viejo se presume que reflejará una verdad por haber tenido más cercanía a lo que se dice.

Y también está el sostén de la existencia de Dios más aceptado y afamado de todos: la fe. Prueba factible para sostener su existencia. Ésta es una de las virtudes teologales –según el catolicismo– un hábito que Dios ha entremetido en nuestra misma voluntad o en nuestras acciones para dirigir al hombre hacia él. La fe es la plena convicción de que algo existe sin la necesidad de pruebas lógicas o empíricas que lo demuestren, la creencia sin más. Existe Dios porque creo que en realidad existe, no se necesita que alguien lo compruebe sino que sólo creo y de este modo,  existe. Salta a la vista el problema, ¿las cosas cobran existencia por el simple hecho de creer en ellas? –problema que ha tomado presas a las más grandes mentes y ha ocupado a muchos de los más ilustres pensadores. La respuesta es sumamente complicada y lo que implica más difícil aún, osaré en bosquejar vagamente una respuesta, obedeciendo a lo desarrollado en el texto– Quizá sí para el sujeto que las piensa, alegando su veracidad con base en sus pensamientos, pero eso parece limitarse a ser una construcción solipsista –construcción del mundo a partir de(l) yo– y con ello, no puede creer que una mera invención pueda trascender su propia existencia, cancelando cosas como el más allá o una “vida” luego de la muerte pues no habría tal sino imaginariamente y mientras el sujeto que les dé existencia esté en posibilidad de dársela –cosa rara, la cotidianeidad nos dice que primero existe algo y luego se cree (o sabe) de él, pero en cuestiones de fe divina primero se cree en él y luego (o justamente por eso) existe–. Todo esto me lleva a pensar que la fe no alcanza para justificar la existencia de Dios, pues la fe al ser sólo una actitud o una fuerza de voluntad que cree –además tornarse como algo dudoso o endeble en demasía– de igual manera puede fundamentar la existencia del opuesto exacto de Dios, la fe sin miramientos puede sostener antónimos, incluso al mismo tiempo –quizá no al mismo tiempo en el mismo sujeto, de ser así éste sería un incongruente o un tonto o ambos–.

Villoro dice que “la fe es la apuesta por el sentido de mundo” –no especifica la fe en qué exactamente, rodeando sus escritos se puede decir que la Divinidad sí es la referencia – Yo digo que qué afán el nuestro ese de buscar algo superior y mistérico a la ínfima vida del hombre, creo que la necedad por buscar algo más allá de lo que nuestros sentidos nos dictan nos ha orillado a creer ya no en lo increíble sino en lo inverosímil; creo que incluso el encontrar en la fe por la Divinidad el sentido a lo humano, manifestaría una especie de demeritación o subestimación de lo propio. Al fin hombres, nosotros y nuestros intentos fallidos por darle una explicación “racional” a todo, hasta a aquello que nos exenta. Acepto que mucho de lo que tenemos por cierto ha partido de supuestos, pues todo al final tiene que sustentarse en algo sea probatorio o no, no se puede poner todo en epojé pues jamás se llegaría a nada –aunque a lo que se llegue sea resultado del supuesto con el que se principió y las cosas sólo tengan validez apelando al primer supuesto–. Por este camino iría uno de los razonamientos de la existencia de la Divinidad, pues si la ponemos en principio como algo ajeno a la capacidad de aprehensión o como simplemente lo inefable, se cancela prontamente la búsqueda o la llana posibilidad de mentarlo, una especie de conformismo respecto a la pregunta o la duda por lo que no se tiene próximo o mínimamente alcanzable.

Dicen que después de todo, hablar de Dios ya es una aceptación; pero creo que hablar de Dios para poner en duda su existencia, ya es otra cosa.

 La cigarra