Se dice que el ocio es la madre de todos los vicios –que al ser ocio un sustantivo masculino, en realidad debería ser el padre. Asunto aparte–. Pero esta idea no me persuade del todo.

El término vicio remite a la idea de ser aficionado extremo –que no adicto, pues la adicción ya es un vicio bastante mayor, aunque a esto justamente puede llegar–  a algo que generalmente es pernicioso para la misma persona, me refiero a pernicioso en el ámbito de salud o bienestar en el sujeto, lejos de intentar relacionarlo con el carácter malvado-diabólico-moral que la sociedad le ha dado a los vicios, aunque la relación que guarda con dichas ideas sí sostendrá lo que los más han cifrado como vicio, es decir, el carácter moral se ha vuelto un constituyente inmediato de la palabra –el vicio como contrario a la virtud–. De aquí que se diga: “..fulana es una viciosa del cigarro..” “..zutano tiene el vicio de los videojuegos..” “..mengano padece el vicio de las mujeres fáciles..” y así por el estilo. Entonces, la idea es que el ocio es la madre de todos los vicios porque al hallarse en el asueto de los deberes diarios –que es lo que entendemos por ocio– se piensa que el ocioso correrá a buscar algún entretenimiento o distractor que enviciará su persona. Claro que para que algo se haga vicio cuando sólo inició como mero pasatiempo ante el ocio, se necesita que hubiese gustado mucho, lo cual ya es un requisito complicado, pues ¿cómo se pasaría del sólo gusto a la necesidad de algo tan prontamente? ¿bajo qué requisitos? Lo que sea que para entonces se haya tornado vicio, comenzará como mero distractor pero si se halla muy a menudo ocioso éste se hará o usará frecuentemente, agradará cada vez más y más –a fuerza de costumbre– hasta sentir un imperante arrojo de llevarlo a cabo constantemente, terminará por ser una actividad o un objeto ya no propia del tiempo libre sino que se entremeterá de tal modo a la realidad que chocará con los quehaceres normales, anteponiendo el vicio a lo demás, apelando a dicho arrojo, y luego, la persona será viciosa en toda la extensión de la palabra, pues cuando un llano pasatiempo comienza a apoderarse de otros ámbitos o a afectar las actividades cotidianas, decimos que éste se  ha vuelto un vicio sin importar de qué.

Parecería fácil entonces, condenar al ocio por hacer de personas dignamente ocupadas, mezquinos viciosos. Sin embargo, hasta el más eficiente y comprometido de los ocupados necesita algo de tiempo libre. Todos lo necesitamos sin por ello resultar que terminaremos como viciosos de algo, creo que ese es precisamente el menoscabo de la idea que sustenta al ocio como la madre de todos los vicios, que el vicio necesariamente implica destrucción o perversión y no creo que acontezca de ese modo. Por ejemplo, cuando yo me hallo ante un poco de tiempo libre, duermo, y no lo considero mi vicio sino una necesidad venida luego del trabajo que me ha dejado sin ocio y que al encontrarme con un poco de éste la realizo contentamente, dormir no es malo para mi salud ni pernicioso para nadie, o al menos eso creo.

Diría que es válido pensar como infructuoso el tener mucho tiempo libre e incluso poco, ya que de ser así, se es vicioso de la ocupación –lo cual no es considerado agravante, pero debería serlo si pensamos en que al ser absorbente se vuelve un vicio–. O pensaríamos que todo en exceso –sea comida, sexo, amor, twitter, libros, tiempo libre, amarillo y cualquier otra cosa– es contraproducente, nada más. Y de ser así, es igual de perjudicial tanto ocio como tanto trabajo, tanta misantropía como tanta filantropía, tanto alcohol como tanta agua. Y reivindicando a la inocente madre –padre, pues–, se volvería igual de dañino ser un tunante ocioso que un diligente industrioso.

La cigarra

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