Por A. Cortés:

Imaginemos tres personas que maquinan un juego: usarán tres pequeños cuartos vacíos, cada uno se sentará en el suelo del suyo y luego escribirá un fragmento de conversación rayando en una de sus paredes. Cuando los tres hayan terminado de escribir, cambiarán de cuarto rotando hacia la derecha, yéndose el último de ellos al primer cuarto y, luego, leerán los mensajes de sus compañeros y los contestarán con breves frases debajo. El procedimiento se repetirá y el juego se seguirá por lo menos dos horas diarias. ¿Divertido?

Bueno, ahora imaginemos que estas tres personas se cansan. Para hacer más entretenida su actividad (a la que llaman imaginativamente ¾), llevan a cada habitación un juego de mesa diferente. Además de escribir se ocupan de mover una pieza por ocasión y, cada cual a solas, juega lentamente 3 divertidos Turistas (o lo que sea) y se imagina a los otros tres jugando con él. Pero es claro que seguirá la insatisfacción porque no hay mucho que hacer aún, así que terminan llevando bolsas muy grandes llenas de payasadas y montones de cosas más para cambiar, mover, señalar, comentar, colorear y menear. Los cuartos ya están atiborrados de estas variadas herramientas y coloridos enseres.

Ahora podemos con facilidad imaginar a uno de ellos llegando en la mañana a donde están los tres cuartos para comenzar el ya habitual ejercicio. Ve a los otros y sin saludar se apresura a entrar para rayar en el muro un “Hola, amigos”. Toma la foto que el segundo dejó en el suelo y le escribe “jajaja” debajo. Mueve las bolsas buscando algo nuevo y ve un zapato que dejó el tercero, se quita el suyo y hace de ellos un par. Lo mete en la bolsa. Deja un video, saca una papa de la bolsa de papas que ya están poniéndose chiclosas, se fuma un cigarro, y le da su soplo respectivo al viejo balón desinflado que lleva ya tres semanas siendo devuelto a su redonda forma. En cuanto salen los tres, todos muy ilusionados de pensar en lo que dirán los otros cuando vean cómo dejaron la habitación, sólo se dicen “ahorita ves”, y se van con aire triunfante.

Pintado así, éste es un juego que sólo tomaría en serio un loco. Bueno, pues eso es facebook.

Sus amantes me dirán que soy un exagerado, y ya quiero que lo hagan. La verdad es que no creo que haya mucho que exagerar; de por sí el facebook ya es muy exagerado. Y es que es cierto que sirve para “encontrarse” con viejos conocidos –para eso sirven también y mejor los cafés- o, bueno, para contactarlos –para eso no se necesita conectarse diario-; pero la verdad es que tratar de encontrarle mucha utilidad y tratar de pintarlo como necesario no puede hacerse con éxito, porque es un juguetote y sirve para jugar.

El peor problema no es ése, porque nada de malo tiene jugar. El problema es lo propenso que es para que se olvide su carácter de juguete. Se le llama “red social”, y ya la sociedad es una red. Entonces, ¿qué clase de relación social se lleva allí? No es lo mismo ver a alguien que ver su foto, y los muy metidos en el asunto lo pasan por alto creyendo que por escribir un mensaje que el otro leerá ya están platicando. Tampoco es falso que se pueda tener una buena conversación epistolar, pero esto es diferente porque olvida (o ayuda a olvidar, más bien) que se puede platicar cara a cara. No estoy diciendo por eso que sea malo tener una cuenta de facebook, lo malo es lo fácil y subrepticiamente que se convierte en vicio.

Ése es el problema de este juguete: sirve para jugar a que uno se relaciona con otros. Sirve para jugar a platicar, y como todo lo dicho es público, se vuelve difícil que se platique en serio (de hecho se ve mal a quien se pone a hablar muy en serio en facebook, y con razón). Al rato ya se nos olvidó que era “de a mentiras” y ya no nos ocupamos ni de encontrarnos con otros ni de tratar con ellos cuestiones importantes, porque en nuestro nuevo mundo virtual nadie habla de cosas serias. Y cuando los más enviciados ven a otras personas frente a frente, hablan de “lo que pasó” en facebook. ¿No es ésta una inversión horrorosa?

Saber distinguir entre una cara y una foto es algo que cualquier humano sano debe poder hacer. Si se nos olvida cómo, ¿qué diremos que nos está pasando?

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