El habla es la diferencia específica que nos distingue como seres humanos, en todo el mundo no existe un ser capaz de articular mediante un discurso su comprensión del mundo, y esta capacidad es la que nos conduce a pensar en la posibilidad de que esa comprensión pueda ser compartida, es decir, que un hablante pueda hacer común, a otro definido regularmente como escucha, aquello que ve, siente y piensa respecto a lo que siente.

Si reflexionamos un poco sobre el habla, no podemos dejar de notar que ésta es muy escurridiza, no la podemos atrapar fácilmente, se nos escapa en cuanto tratamos de definirla de una manera clara y distinta, quizá porque ésta al igual que el ser también se dice de muchas maneras. Pero no es el caso que ahondemos en esos asuntos en estos momentos, porque mi propósito en esta ocasión es limitarme a un fenómeno del habla, la mentira.

Veamos pues qué es lo que hacemos cuando mentimos, a fin de aproximarnos a una articulación, aunque sea medianamente satisfactoria sobre la naturaleza de la mentira; con medianamente satisfactoria me refiero a por lo menos plantear los problemas que hay detrás del discurso que se pueda ofrecer en torno a la mentira.

Comencemos pues, por acercarnos al hecho de mentir, eso es algo tan humano que todos, a menos que seamos santos perfectos, o muy buenos hipócritas como para no reconocer lo que hacemos, hemos mentido alguna vez en la vida, ya sea para evitar algún problema o complicación, o por el simple gusto de engañar al otro, o a nosotros mismos cundo nos mentimos en un diálogo interno.

Para mentir, nos percatamos de que no podemos mentir sobre todo y no podemos mentir a todos, aquello sobre lo que hemos de mentir debe tener la posibilidad de mostrarse de dos maneras diferentes ante nosotros, por ejemplo podemos mentir sobre lo cálida o fría que se encuentre el agua contenida en una cubeta, o podemos mentir sobre hechos que pudieron ser de otra manera. En cambio, no podemos mentir respecto a lo que sólo puede ser de una manera, me refiero a los entes matemáticos, por muy buen mentiroso que sea el mentiroso, no podrá jamás convencer al que es versado en matemáticas que dos más dos son cinco y no cuatro.

La imposibilidad de mentir en la enunciación de los entes matemáticos nos muestra otro gran componente de la mentira, ésta no sólo depende de aquello sobre lo cual se ha de mentir, también depende de los conocimientos de aquellos a quienes se habla, cuando dos personas son versadas en matemáticas no pueden engañarse sobre el resultado de determinadas operaciones, la mentira no pertenece a este reino, cuando se enuncia algo que no es, hablamos de errores, en el reino de los números y sus propiedades se cometen errores, pero no se presentan jamás las mentiras; a menos claro que aquel que cree lo que dice el mentiroso no sea capaz de pensar matemáticamente, lo que supondría una terrible incapacidad para contar.

A pesar de la confianza que podríamos depositar en las matemáticas como aquellas que no nos dejarán mentir o que nos mientan cuando hablamos, no podemos negar que en el habla cotidiana sí se puede presentar la mentira, y la podemos encontrar a tal grado que inclusive podríamos decir que la mayor parte del tiempo vivimos en el malentendido, de ahí que se torne necesario el diálogo sobre aquellas cosas que consideramos importantes para no caer en errores que nos conduzcan a cometer injusticias y actos deleznables. De lo dicho hasta aquí bien podemos notar que la mentira pertenece al ámbito de la comunidad, y por ende a la vida política, pues es aquí donde se presenta la posibilidad de decir una cosa por otra, o que pueda interpretarse de diversas maneras, es decir, la mentira depende de la posibilidad de interpretar lo que ocurre en mí, lo que pasa a mi alrededor, o lo que otro me dice de diversas formas.

Al ser propia del ámbito de la comunidad, queda claro que sólo me puedo mentir cuando estoy dialogando conmigo, es decir cuando estoy pensando sobre algo que no me resulta del todo claro, por ejemplo la manera de juzgar mis últimos actos; cuando miento a otro, no sólo se debe a la falta de claridad respecto al modo de ser de una cosa, pues en este caso interviene el deseo de mantener oculto ese modo de ser, la experiencia cotidiana no me dejará mentir, en ocasiones hasta hablamos de mentiras piadosas, como aquella que mantiene la estabilidad del Estado perfecto pintado por Sócrates en la República.

Al acercarnos tanto a la mentira y notar que ésta puede ser calificada como piadosa, no podemos dejar de lado el problema que se nos viene encima, no resulta fácil percatarnos de lo bondadosa o nociva que sea ésta.

Lo que nos puede dar una luz respecto a este problema, es que el carácter de bondadosa o nociva depende de la valoración que se dé a la verdad, si ésta es insoportable, puede presentarse como nociva, los ojos de Edipo no soportaron el peso de la verdad; sin embargo, si tenemos a la verdad como buena para el alma, entonces la mentira necesariamente es nociva, en ese caso lo que le ocurre a Edipo es lo mejor que le pudo haber pasado, pues si bien se cae del pedestal en el que lo colocaba su soberbia, al saber la verdad sabe cómo es realmente, reconoce sus límites y actúa conforme a los mismos, evitando así cometer más injusticias.

De lo anterior podemos colegir que el juicio que podamos hacer sobre la bondad o maldad de la mentira, depende en última instancia sobre aquello que hayamos reflexionado respecto a la justicia, en especial sobre nuestro juicio sobre si es mejor o no la vida del justo.

Maigo.

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