Atraídos por el poder, los intelectuales

quedaron con las manos vacías

después de haber sacrificado sus ideales

en el altar de un mito marchito.

Roger Bartra

Inmersos en un confuso malestar, vagamos extraviados añorando la calamidad: ¡acabemos con la posibilidad de los problemas para que los problemas no acaben con nosotros! En política, como en cibernética, creemos que un reset siempre es salvífico. De la revolución a la catarsis, confiamos ciegamente en la expansión de nuestras fuerzas y extenuamos nuestra esperanza porque el cielo nunca acaba de llegar. Exánimes, peritos inconformes, nos acurrucamos en la desidia a contemplar lo mal que están las cosas: melancolía del Estado fallido. Y después, cuando la embriaguez tome nuevamente nuestras mentes, volveremos a la plaza a levantar el puño izquierdo para exigir que las cosas cambien -ahora sí- de una sola vez. Revolución cíclica en un tiempo fugitivo: nada vale, todo se desvanece…

Un fantasma obscurece la consciencia política nacional: el fantasma del pesimismo. Aquí y allá, mensajes grisáceos se amontonan en la bruma: “la democracia mexicana parece oligarquía”, “a México le hace falta una purga para que podamos volver a empezar”, “la política es puro desmadre”, “¿y por qué no la tiranía?”. De uno y otro lado se aglomeran los heraldos de la gran transformación. Fieles a la seductiva promesa moderna, los intelectuales del momento señalan con dedo acusador los obstáculos para el advenimiento del Estado Universal. Igualmente fieles, pero pertrechados en su atuendo inconforme, los posmos, hijos afortunados de la Modernidad que maldicen a su madre en el tiempo libre –cuando la fiesta lo permite-, pretenden dejar de lado la fe moderna y aseguran la banalidad política: no sólo el Estado Universal es imposible, sino que todo lo es, no queda más que sentarse a esperar que la función acabe; mientras acaba, todavía hay que aprovechar al discurso para la fama —de cualquier manera no es verdadero. De uno y otro lado, repito, la utopía moderna sienta sus reales.

Para mirar la utopía moderna con claridad, quizá no conspicua como teorema, pero sí medianamente perspicua como espejo, es provechoso compararla con la utopía antigua. Frente al Estado Universal homogéneo, los antiguos (Platón y Aristóteles) cancelaron el Estado perfecto y buscaron el mejor régimen; frente al deseo de poder, cuajado en el derecho universal a la fama, los antiguos pensaron que la felicidad era posible para quien podía vivir mejor; frente a la promesa del bienestar absoluto, totalizador, definitivo, situaron la bella vida del náufrago virtuoso, prolífico en recursos. Para los posmos, obvio, ambas visiones son utópicas: en público se afilian a la antigua para poder ser rebeldes, en lo privado se quedan con la moderna por afición a la fama. Para los progres, la segunda es utópica por ser inhumana, pues es imposible que al hombre siempre perfectible le esté negada la posibilidad de ayudar al otro; no hay progreso sin filantropía, pues eso se llama tecnocracia y no tiene buena fama. Para algún otro, si lo hay, la actitud posmo es indecente y canalla, la progre ilusa y romántica; ambas, pues, insensatas: esperar un cataclismo para que el destino nos dé la oportunidad de volver a empezar, o esperar a que todo acabe mientras hilvanamos con dolor una sonrisa irónica para convencernos de que no pasa nada, es igual a salir al balcón a tomar el té vespertino para aprovechar el fresco de la tarde, porque a la noche toca bombardeo.

No se trata de sacrificar los ideales. No se trata de enmascarar con realismo las ruindades. No se trata, finalmente, de abandonar el barco porque no encontramos rumbo. Se trata de recuperar los ánimos, de barruntar entre las nubes las estrellas para fijar un derrotero posible, de volver a creer sin perdernos en la ilusión: de dar nuevo crédito a la sensatez, como si en ello nos fuese la vida.

Námaste Heptákis

Coletilla: Parece que al final los tiranuelos siempre dicen lo mismo. Para justificar la reciente estatalización de la Universidad Católica de Santa Inés en Barinas, Hugo Chávez afirmó que lo hacía “por el bien de todos”. Curioso ¿no? Además seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.