Caminando yo por la calle principal fue que sucedió. Caminando yo, mientras tú caías del piso cuarenta y ocho del edificio que por tanto tiempo llamé mi hogar, a través de abundante nubosidad y entre multitud de hadas, de esas que vuelan libres esparciendo su mágica influencia a lo largo del sexto planeta del sistema solar. Es decir a lo largo, no de Saturno ni de Neptuno, sino de Júpiter. Mundo gaseoso e inmenso, capaz de devorar a todos los demás en cuanto él lo decida o ellos lo tengan merecido. Poderoso sin igual entre los astros circundantes del sol. Y es que, después de todo, él es el padre de los dioses y de los hombres y de los otros seres terrestres. Zeus en persona, que con sus rayos puede castigar y eliminar a los microbios tan peligrosos para los robles, los abetos, los eucaliptos, los escarabajos, los helechos, las florecillas, los homosexuales, los dragones de Comodo, los dragones mágicos, los vagabundos, los conejos, las conejas, las ratas, las telarañas, las piedras de río, los pinos, las araucarias y las hormigas reina, entre otros. Otros como los sauces llorones, por ejemplo, que lloran y lloran por las nubes, tan alejadas de ellos que las quieren tanto. Su llanto se debe a que desean estar a su lado, pero no se puede. Tal vez sea cuestión de soberbia por parte de ellas, los sauces no lo saben, y de hecho yo tampoco, aunque también podría ser por temor o por ignorancia. Quizás no saben que no sólo existen los cielos y los horizontes en donde habitan junto a los murciélagos, y los peces voladores, y las hermosas quinceañeras con sus coloridas falditas y las estrellas fugaces y las de mar y las de David o de cualquier otra especie. Especies que abarcan individuos. Individuos felices, individuos tristes e individuos maravillosos. Las especies, por el hecho de abarcar a todos esos individuos, son como los continentes para las naciones, ya sean democráticas, totalitarias o anarquistas. Así son las especies, si bien no son anarquistas ni totalitarias ni democráticas. Ellas son continentes y ya. En el mismo caso se encuentran las canastas y las bolsas de basura, basura que nace, crece, se reproduce y muere, siempre abarcándolo todo: también continente en cierto sentido (la basura), aunque en otro probablemente no.

En fin, caminando por la calle principal, como decía al principio, y manteniendo la mirada fija en el cenit todo el tiempo, fue que llegué a un cometa. ¡Situación afortunada! En verdad afortunada, pues no fui arrollado por ninguna oruga, ni por el metro ni por algún autobús de pasajeros y chofer impertinente, cuyo descuido con respecto a los peatones es por todos conocido. Llegué al cometa y fui feliz. Tan feliz que vi patos, nadando en un verde lago que había en el extremo de la ciudad, allá en donde están los arcos y salen camiones seis días después de mi cumpleaños.

Vi patos en un cometa, y esto tan emocionante hizo que todo mi ser se regocijara, principalmente cuando de regreso a mi punto de partida, que por cierto no era el mismo que cuando hube partido ni la noche anterior en que ellos dos bebieron, se lo conté a una Flor con que me hube topado por fortuna semanas antes y que me hubo acompañado por algunos momentos. Momentos lindos ciertamente.

Después de contárselo a la Flor, la abracé por última vez en la vida Por última vez porque después los abrazos estuvieron prohibidos, o al menos así lo pensé yo, lamentablemente, en aquellos instantes tan difíciles por culpa de los demonios que rondaban por esos lugares siempre. Demonios patéticos en verdad, si bien también había vampiros buenos, no como esos microbios desgraciados que construyen naves intergalácticas para adquirir más y más poder. En ese entonces no pude ver que yo no era la víctima, y me fui de ese lugar.

Regresé contigo, a tus brazos, pues tu caída había terminado ya. Regresé y ambos conocemos el desenlace.