I

Llevaban semanas viajando y nada. Semanas completas y largas en medio del vacío espacial sin nada que hacer más que esperar, esperar a que apareciera a la vista un nuevo planeta. Atrás habían quedado los planetas del sistema Gama y las estrellas de la Liga Rho parecían igual de lejanas que al principio de la expedición. Parecía que no llegarían a ningún lugar nunca. Era como si fuera un mito eso de que existían otros mundos allende los sistemas Gama, Theta y Psi, que eran los habitados por sus congéneres lo cual era una decepción para F.

F había accedido gustoso a participar en esta expedición, pues desde antaño había escuchado que era seguro que los planetas que conformaban los tres sistemas no eran los únicos, como sugerían los supersticiosos de antaño. Que había demostraciones de que la Liga Rho, que alumbraba las noches de los sistemas, estaba llena de astros y planetas que se podrían inspeccionar. A F siempre le había causado mucha curiosidad, por ejemplo, la posibilidad de que alguno de esos supuestos mundos estuviese habitado, y el tipo de criaturas que se pudiesen encontrar en ellos, máxime desde que empezó a soñar con uno de ellos. Por eso, en cuanto se hizo el anuncio de que por fin se organizaría un grupo para explorar más allá de los límites del sistema e intentar llegar a los astros de la Liga Rho, y que dicho grupo estaría conformado por voluntarios, no dudó ni un instante en decir que sí cuando se le hubo preguntado si desearía formar parte de ella.

F había soñado, pues, varias veces con un mundo extraño, lleno de ciudades primitivas, con edificios construidos sobre la faz del planeta y  raros vehículos que se desplazaban todo el trayecto que había entre dos puntos cuando se quería ir de uno a otro. Lo más extraño de todo eran los seres que allí habitaban, pues una especie de plaga se había adueñado de todo y se autoproclamaba superior a todas las demás entidades que residían en ese extraño mundo. La supuesta superioridad de esta plaga descansaba en el hecho de que eran la única especie del planeta que tenía uso de razón. ¡Como si la razón fuera algo virtuoso! Bajo ese supuesto se habían encargado de ocupar prácticamente todo el planeta, y de someter a todas las demás criaturas a sus designios. Con el transcurrir del tiempo, esta plaga había logrado establecer una especie de régimen político que mantenía comunicadas a unas ciudades con otras, y a un gran número de individuos informados de todo lo que sucedía. La idea fundamental que pululaba en las mentes de esos horribles seres era que la información es conocimiento y el conocimiento es poder. Por eso se buscaba incrementar y desarrollar más y mejores medios por los cuales se transmitiera la información al mayor número posible de individuos. Lo más extraño de esos seres, por cierto, era que tenían necesidades corporales. Era como si en ese mundo no hubiera habido nada parecido a la evolución, o por lo menos que apenas estaba en sus etapas más primitivas. ¿Cómo era posible que una entidad que dependiese de algo corporal para mantenerse existiendo pudiera pensar tanto de sí misma? F no lo podía concebir. Fue un sueño tan extraño.

Desde la primera ocasión que F había tenido ese sueño, se apoderó de él la idea de que ese mundo sí existía, y que algún día tendría la oportunidad de descubrirlo. Si era cierto que en algún lugar de la Liga Rho (que abarcaba todos los mundos posibles afuera de los sistemas Gama, Theta y Psi) se encontraba ese planeta soñado, tendría que encontrarlo y destruirlo. De acuerdo con lo que había soñado, si ese planeta era en verdad dominado por esos despreciables seres, entonces no había nada que valiera la pena en él. Recordaba que en uno de sus sueños, se había dado cuenta de que dentro de la plaga había unos pocos individuos que no estaban del todo de acuerdo con el desarrollo de su imperio; y que abogaban por dar mayor importancia a otros aspectos de su propio mundo e intentaban reivindicar al resto de los seres de ese mundo, por ejemplo. Sin embargo esas sólo eran patrañas, pues las plagas son plagas y no hay nada bueno ni rescatable en ninguna de ellas. Deben ser exterminadas lo más pronto posible y totalmente. Además, esta plaga tenía grandes ansias de salir de su propio planeta para ampliar su información, conocimiento y poder hasta lo inimaginable, lo cual la hacía mucho más peligrosa. Era, por lo tanto, su deber aprovechar cualquier oportunidad para buscar, encontrar y terminar con ese desdichado mundo. F lo sabía.

El viaje continuó igual por varias semanas más. F estaba aburridísimo, pues él, como no tenía la costumbre de hacer viajes a través del vacío espacial, estaba habituado a transportarse de manera inmediata sin perder tiempo en traslados. No obstante, sus ansias de destruir el extraño planeta lo hacían no desesperar. Las estrellas de la Liga Rho permanecían en el mismo lugar, lejanas siempre.

II

Cuando el aburrimiento estaba a punto de dominar por completo a F, sorpresivamente la expedición se encontró con un conjunto de estrellas que nunca nadie en sus mundos había predicho. Además, en ningún momento había estado dentro del campo de visión. Era como si de repente hubiera aparecido ante ellos. Montones de estrellas, con su correspondiente sistema planetario, satélites y otros cuerpos la conformaban. No era parte de la Liga Rho, porque ésta permanecía en la lejanía infinita. La súbita aparición de ese conjunto de astros, tomó a F por sorpresa y, de alguna manera supo que el planeta buscado estaba en alguna parte de aquél. Era como si alguna energía misteriosa estuviera llevando la expedición hacia ese mundo. F estuvo seguro, entonces, de que su misión era encontrar ese planeta y destruirlo, tal como siempre lo había deseado. Una especie de furor apareció en él. El viaje continuó dentro de esta nueva galaxia por algunos días hasta que se encontraron con una estrella con sus correspondientes planetas girando a su rededor. F lo supo de inmediato. El tercero de esos planetas era el buscado. Sintió una emoción indescriptible al percibir el tono azulado del nido de esa plaga, de esas criaturas despreciables. Era cuestión de unos instantes de concentración de su parte para que sucediera…

III

D abrió los ojos. Eran las once de la mañana con 53 minutos. No se había levantado para ir a la escuela. ¡Otra vez! Sabía que había quedado con sus compañeros que esta vez sí asistiría, pues ya iban tres veces seguidas que no asistía al curso por desvelarse. Si no llegaba, aunque fuera tarde, se sentiría mal por fallarles a sus amigos nuevamente, por fallarse a sí mismo de nuevamente. Sería una señal inequívoca de que sus prioridades no eran las que siempre había creído y hecho creer que eran. Se apresuró a asearse y cambiarse de ropa para salir corriendo a tomar el autobús que lo llevaba a la universidad. En su mente pasaban muchas cosas: la noche anterior, en que por fin le había dicho a Z que le encantaba y que quería estar con ella para siempre, ser parte de su vida, y en que ella respondió con un beso manifestando que estaba de acuerdo y que sus sentimientos eran correspondidos; los problemas que había tenido con uno de sus mejores amigos, R, al estar en desacuerdo respecto a muchos asuntos, como la manera de entender el papel que debían desempeñar en el trabajo y la manera de entender las relaciones íntimas con las mujeres, por ejemplo; el hecho de que ya no tenía dinero para pagar unas deudas y aún faltaban muchos días para la quincena; el concierto al que había asistido la noche del jueves con sus amigos; el argumento central del libro que estaban estudiando últimamente y que no lograba comprender; y tantas otras cosas.

Cuando el autobús llegó a la escuela, 12.45, se apeó de él con presteza y entró a la escuela. A lo lejos, vio a sus compañeros y amigos que, al parecer ya habían terminado de discutir los argumentos del texto y se encaminaban a la salida. Les gritó para que lo esperaran, pues independientemente de que ya hubiera terminado la sesión del día, deseaba conversar con ellos un rato. Al escucharlo, se detuvieron a esperarlo. Antes de que D llegara, se oyó un ruido ensordecedor, que asombró a todos. Voltearon al cielo, y vieron que entre las nubes, que eran muy abundantes ese día, aparecía un extraño objeto, parecía como un gran edificio, no muy alto, que flotaba en el aire. Después de eso, una luz intensa lo abarcó todo. Todo había terminado.