«He visto a un hombre robar y engañar con la mayor violencia.

Esto es lo más justo.»

-Epigrama anónimo

por Perro de Llama

Lejos de ser un escape de flojos, o una elaborada caja de música creada por algún  obsesivo mediante delicados artificios, el enigma es un modo de acceder a la verdad en tanto que busquemos su resolución. De ahí que la descripción del propio Aristóteles no sea tan exacta cuando nos la presenta como un género de la metáfora (Ret. Γ); Bueno, es exacta en tanto descripción, más o menos una construcción fantástica que toma elementos imposibles para construir cosas reales; pero resulta inexacta para muchos estudiosos de tal materia en cuanto al padecimiento que parece no tomar en cuenta. En realidad el primero no lo ignora, mientras que los segundos atribuyen un estamento milagroso a la cuestión.

Un puñado de hombres se dedican abiertamente al tema que nos ocupa. Los unos forjándolos, y otros explicándolos. Entre los primeros se encuentran singularmente varios epigramáticos anónimos griegos; el propio Píndaro (aunque las fuentes de los mismos sean dudosas pues se hallan en sus fragmentos); Esquilo (cuando menos en su Prometeo… y, por supuesto, enEdipo Rey); Heráclito, Nietzsche, entre otros. En los segundos tenemos a Aristóteles en su RetóricaPoética, G. Colli, Heidegger, Etc.

Los enigmas presentan por sí mismos un problema que se revela o muestra aspectos de su propia resolución. Así en el mito de Edipo, el enigma de la esfinge parece rendirnos cuenta del destino que espera al más infortunado de los mortales. Si bien, Edipo es el hombre, las tres fases que nos muestra el enigma nos dan ya cuenta de lo que le ocurrirá más adelante como consecuencia de la desmesura con que actúa en la obra antes citada. Bastante superficial sería declarar que el enigma implica al destino, y sin embargo en el presente ensayo me limitaré a señalar que en tal implicación hay una interpretación no-lineal o cronológica de la historia de una persona. En tanto asumamos el papel de la Historia en la vida de las personas, no como un recuento de datos, sino como el resultado de una educación y, por tanto, de asumir una posición en el mundo, podremos tener los elementos necesarios para erigir una concepción del destino tan fundada en el aspecto religioso, como lejana de los milagros y las supersticiones que muchos arqueólogos sensacionalistas creen adivinar en las culturas griegas a través de las sucesivas etapas de su historia.

El enigma –nos indica Heidegger– no se resuelve en modo alguno calculando (ni remotamente cabría una argumentación de tipo geométrico), sino más bien adivinando. Así pues, todo adivinar supone no una secuencia de pasos hacia la resolución, sino alguna clase de salto. Algún pase que se dá del planteamiento del problema a la enunciación de su resolución. Si bien aquí se me puede tachar de mentiroso al omitir que nuestro pensar es ordenado, recuerden que nos encontramos elucidando acerca de momentos que se acercan más al eufórico grito de Eureka que al de la lectura de una conclusión.

Ver al enigma no es lo mismo que tenerlo ya resuelto. Y esto es otra de sus principales cualidades, la que lo separa definitivamente de las adivinanzas y los acertijos –no así de los misterios—. El enigma se padece y se vive (con él, en él o incluso a expensas suyas), no hay preguntar más originario que éste, y por tanto, no hay un preguntar más filosófico y a un tiempo más religioso en su sentido prístino. Aquí no alcanzo a distinguir con claridad si hay diferencia radical entre el enigma con que aguijoneó la esfinge a Edipo, y los enigmas que lanza a la humanidad Heráclito. Lo que sí puedo atinar a señalar es que pocos textos son más comprometedores que los fragmentos rescatados del efesio: tan pronto los leemos ellos ya urgen de nuestra resolución, pues en su resolución va nuestra propia vida, estemos o no conscientes de ello. De aquí que la metafísica, que normalmente se la toma como la más alejada de la vida, acabe por ser la más fundamental.

Enfrentar al enigma es ahondar en la profundidad y oscuridades de la cuestión, saborear el problema. Las más de las veces uno tiende a pensarse lejano al problema, como si se tratase de un artículo de lujo intelectual, de una variante mucho más compleja de algún pasatiempo, cuando lo que parece que se tiene enfrente es algo que está en nosotros, bajo la piel[1], en el extremo de lo que está más cerca.

Baco


[1] Y aquí cabe señalar que por más laico que intentemos mantener el asunto, es una imposibilidad tan grande como afirmar que la cuestión es tan extraterrena como perteneciente a una mala pasada de los dioses.

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