Dedicado a la camarada Mariana Selvas y a todos los compitas encarcelados desde la huelga de la UNAM.

En los últimos meses el caso de Orlando Zapata, preso “común” acaecido en Cuba, abierto disidente de la dictadura, ha motivado una muy buena ola de opinión desfavorable para el régimen encabezado por los hermanos Castro Ruz. Es de verdad un caso para un análisis minucioso pero aquí sólo daremos un pincelazo.

Una huelga de hambre fallida en sus objetivos inmediatos, la liberación o conmutación de penas para decenas de presos relacionados con la última campaña oficial en contra de la disidencia organizada, los cuales  se encuentran en condiciones de salud desfavorables, es ahora, tras la muerte de Orlando, un éxito político en latencia.

Sin entrar en muchos detalles y tomando de la memoria del que escribe, Orlando procedió en contra de los consejos que la disidencia le hizo. Desde ya algunos años la estrategia de huelga de hambre al interno de la cárcel fue descartada como útil por muchos disidentes antes, ya que en términos estratégicos disminuir la fuerza y arriesgarse a perder activistas no es lo más conveniente y menos cuando sabes que el sistema político es inamovible. Zapata se arriesgó y perdió contra el aparato de estado. Cierto es que el apoyo de la disidencia tardó mucho en mostrarse para con Orlando, sólo hasta el momento de sus últimas decaídas de salud y por la actividad de su familia, el caso fue adquiriendo mayor relevancia.

Pero no quiero confundir al lector, Zapata fue un preso político como otras decenas de cubanos en desacuerdo con el régimen, pero hay que puntualizar que estos presos políticos son unos de los más afortunados del mundo. Cuentan con un buen presupuesto designado desde Washignton, varias decenas de millones de dólares, encausados por la Oficina de Intereses de Estados Unidos en la Habana. No es un secreto para nadie que Radio Martí, con residencia en Miami y amplia potencia de transmisión para sobreponerse a los bloqueos electromagnéticos cubanos, es costeada por la CIA; y que el mensaje que envía es abiertamente “subversivo” para los intereses del Partido Comunista de Cuba, más no comprometido con la búsqueda de una situación de libertad social, económica y cultural tan anhelada por muchos cubanos o siquiera cercana a la que proyectaba José Martí.

Es cierto, en Cuba hay presos políticos disfrazados de comunes por sus captores. Es cierto, hay que denunciarlo con la voz más alta. Pero tambien es cierto que hay muertos que huelen mejor para ciertos olfatos interesados, que curiosamente son tambien de los mismos que subyugan buena parte de la población del mundo. Eso me recuerda que en varios programas de televisión el tema fue abordado con la mayor indignación y la clásica perorata burguesa anticastrista, tan insoportable como la defensa a ultranza de la dictadura del proletariado. Silva Herzog Márquez y Ciro Gómez Leiva apuntaron muy bien lo que significa la desesperación de llegar a  la huelga de hambre, de arriesgar la salud por hacerse oír; lo que parecería extraño, que no lo es en absoluto, es que no hallan mencionada las tres ocasiones, en distintos momentos, en que otros presos políticos, no de ultramar, han optado por la huelga de hambre, sin éxito político inmediato como Orlando, pero con mejor final (la continuidad de la vida). ¿De quiénes hablo?   

Pues de los presos que hoy cumplen cuatro años en Molino de las Flores y en el penal del Altiplano. Esos doce disidentes del sistema capitalista, del escenario perifoliado de democracia demagógica. Para esos disidentes no hay tregua ni análisis crítico, para ellos sólo olvido y desprestigio. Esos que se mantienen económicamente dentro de la cárcel con lo que sus familiares apenas juntan con esfuerzo cada día de visita; esos para los que se hacen pequeñas quermeses en barrios populares y pueblos indígenas (Santo Domingo, Coyoacan; Copala, Oaxaca) para pagar las fotocopias de los juicios, esos para los que se sale a vender pequeños morralitos hechos por ellos mismos en sus celdas para juntar la cooperación para los abogados solidarios; esos por los que se organizan tocadas de rock o se apartan las ganancias del comedor popular vegetariano en el Che Guevara; esos por los que se hacen rifas de cuadros de pintura o por los que simplemente se visita fuera del penal para tocar una lira con un altavoz a la hora que están los presos en el patio del penal. Esos por los que la solidaridad de los de abajo tiene sentido. 

Hacía ellos las voces respetables no tienen nada más que un gesto de disgusto y una condena de anacrónicos, trasnochados o revoltosos. Para ellos no hay partidas especiales del presupuesto extranjero. Para ellos el “apoyo” partidista (PRD-PT) es sólo una mascarada retórica, una foto que se vende muy cara, a costa de la convicción y lo demás del tiempo, olvido. Para ellos no hay declaraciones de Zapatero o de Sarkosy. Para ellos sólo debe haber el recuerdo de la sangre, de las manos policiacas dedeando vaginas de estudiantes y de madres combativas; para ellos el duelo amargo de la muerte de un joven de catorce años y uno de veintiuno.

¡Uff! Para los más de cien apresados el 4 de mayo del 2006 en San Salvador Atenco y Texcoco no hay reparo, para esos sediciosos las condenas más absurdas, porque al fin y al cabo son peligrosos para el status quo, para la normalidad del dejarse explotar y callar. Ojalá sólo fueran ellos, pero no. Ahí siguen los presos políticos de Loxicha, Oaxaca; los presos zapatistas de Queretaro, Chiapas, Tabasco y Campeche; los jóvenes presos anarquistas del D.F.; los presos ecologistas del Estado de México y Morelos. Y si vamos a llamar por la liberación de los presos de conciencia en otros lados de nuestro continente, pues contemos también a los presos mapuches y anarquistas de Chile, los presos de Sem Terra de Brasil, los piqueteros presos en Argentina, los disidentes de la guerra antiterrorista y los indígenas en Colombia, Mumia Abdul Jamal y Leonard Peltier en Estados Unidos… y podríamos seguir, pero ¿a quién le importan esos presos si es más fácil sólo señalar a donde resulta más cómodo mirar sin preguntarse qué pasa acá. 

Aquí y ahora: “¡Que caigan los muros de las prisiones!” ¡Presos políticos, libertad! ¡Libertad a los presos por luchar!

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