Fue un mediodía de ese eterno año 2000, de esos días que uno conoce a nuevos amigos en la cotidiana senda Ceceachera. Normalidad, un pliego enorme de papel Kraft, cinta canela, fotos, artículos y caricaturas impresas en fotocopias, todo montado entre dos compas para presentar el periódico mural alusivo a Ricardo Flores Magón. Ese día conocí a el buen Braulio, “el Bros”, orgulloso ecatepunkense, convencido e inquieto. Bueno, perdón por desviarme tanto, aquí el tema no es ni Flores Magón, el Bros o la activismo estudantil Ceceachero. El punto es que corrían los días finales de ese verano tan agitado, tan caluroso y tan nuevo, y a mis 17 años iba en tercer semestre y no conocía el Tercio. Claro, era un novato medio ñoño, eso de no entrar a clases tenía que ser muy bien justificado, tendría que ser una película, una obra de teatro o un buen libro de la biblioteca los que me detuvieran de entrar a clases. 

Ese día Braulio, después de ilustrarme sobre R. F. M., me dijo -“¿Pus qué David? ¿Tomas pulque? Vamos al Tercio y seguimos platicando?”-. Yo recordaba haber bebido pulque sólo en la boda de mi primo el mayor cuando tenía entre 8 y 9 años, era un curado de piñon de color rosa, dulce y lechoso, como malteada de final ácido, me gustó, lo recuerdo, así que no tenía ningún problema en acompañarlo y de paso conocer ese lugar del que hablaban los más viejos de la huelga y del cual no preguntaba yo para no quedar en evidencia de mi “inocencia”. 

La lección comenzaba. Salimos del plantel, al tiro de no toparnos con los porros de la FEN que de seguro se preparaban para subir a las cantinas de Los Remedios. Caminamos sobre la Vía López Mateos, a lado de la colonia Bosques de Los Remedios, atravesamos la Avenida Morelos y seguímos sobre el amplio espacio de pasto que hacía de margen a la López. -“Ya llegamos”…¿?… Yo sólo veía una casa en obra negra, de un piso solo y entrada “principal” de lamina que daba a la López, la casa vecina invadía la avenida por tres o cuatro metros, haciendo de ambas unas estructuras habitacionales difíciles de ignorar. Rodeamos la calle por la López, en medio de dos bardas pelonas sin repellado, una cortina pesada de lona aguardaba con voces y risas estertozas. Braulio abrió la cortina y un pequeño patio atiborrado de jóvenes se desplego ante mi. Al entrar, uno apuntaba el lugar donde pusiera cada uno de sus pasos paro no pisar a los parroquianos, posados en las tres escalones de la mera entrada, o tirar alguna de las caguamas o vasos de pulque reposados en el piso, o de aplastar aquellas mochilas enormes.   

¡Qué lugar! Tenía ese olor agrío, repulsivo para olfatos educados o por lo menos para gustos desafiantes. Aquellos veinte metros cuadrados eran un refugio para jóvenes sin muchas complicaciones o así querían parecer. Había quienes bebían justo a lado del miadero, una letrina apenas compuesta de tres paredes, fuente de gran parte del olor mencionado; los que bebían alrededor de una higuera pequeña en la esquina del patio, el que bebía solo sentado sobre un tambo de metal a lado de la entrada, los que sentaban sobre el escalón que formaba el pasillo que comunicaba la entrada con la puerta de la casa y los que comodamente se sentaban en alguna de las dos mesas corridas debajo de un techo de lámina sotenido por unos polines viejos y podridos.

La variedad. La caguama costaba no más de 13 pesos y el litro de pulque 6 pesos, pero para los audaces existía la bomba, años más tarde llamada chelada, que consiste de un litro de pulque, una caguama y un refresco de sabor prisco, o sea del rojo de Peñafiel, servida en una cubeta rebosante de espuma marmoleada por un rosa mexicano y el número de vasos de sus departidores, esa costaba 23 pesos.

Ya dentro y con un pequeño lugar para apenas acomodar un de las dos nalgas de cada quien, Braulio y yo pedimos un pulque y una caguama. Platicamos de los conciertos masivos de ska, del graffitti, de grupos de Rock y de uno de los temas que mas me impacto en ese entonces, existían grupos de punkrock vasco radical y ya eran reteviejos. Ahí conocí de Kortatu y Fermín Muguruza… ¡wow! La platica fluyó y los fluidos embriagantes entraron y salieron como oro. 

Esa vez sólo fuí un rato, suficiente para aprenderme el caminito y llegar por mi cuenta. Con el tiempo el saludo con la doña de la casa se hizo continuo. Curiosa persona. A todas vistas la jefa y empresaria de la familia, a quien su esposo obedece con rigurosidad. Ella se queda desde la puerta de la casa vigilante del comportamiento de sus clientes, como que no fumen mota, que no se roben los envases , que no se peleen… en fin, mil y un cosas que pueden pasar con jóvenes alcoholizados. De vez en vez sus hijos, más pequeños que uno en ese entonces, recogían los envases vacios con una seriedad y autoridad indiferentes.

Ahora con el tiempo, esa casa ya tiene tres pisos, una parabólica y una trocota. Uno de sus hijos se fue para el gabacho y regreso bien cholo, detalle nada despreciable al momente de querer armar pleito dentro. El medio techo que cubría las mesas fue reemplazado por una techo de lamina reforzada que no permitió la continuidad de la higuera. El baño ya está más limpio (sic), digo yo. Ahora hay un miadero para hombres, protegido por una cortina, y un WC de cerámica al cual hay que echarle agua de un tambo después de utilizarlo.

El Tercer Mundo es el nombre de la colonia originada a mediados de la penúltima década del siglo pasado, en los terrenos ubicados a un costado de la estación Los Remedios de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Para inicios de la década del noventa estos  habitantes “irregulares” fueron reubicados de ese terreno,donde se construiría el K-Mart Super Center, también vecino de la ENEP Acatlán. La “concesión” política les cedió los campos de fútbol al otro lado de la Vía López Mateos, vecinos a la colonia Bosques de Moctezuma. 

Una ocación escuche al Roco, el de la Maldita, decir que ya desde los tiempos de la colonia el tercer Mundo en los ochentas había quien vendía pulque a los estudiantes, albañiles y electricistas; que sobre aquellos carretes de cable de luz, esos grandes y de maderra tirados como desperdicio, eran utilizados a modo de mesas para los parroquianos que se cubrían con pequeñas lonas de plástico el sol o lluvia.

P.D. Cómo siempre… antes el Tercio si era la onda… pero eso lo han dicho siempre.

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