Se paran como señoritas

vendiendo sus nalguitas

leyendo sus paginitas.

Hay un cierto dogma que merodea una de las principales actividades académicas: las conferencias deben ser incluyentes y suficientemente básicas para interesar al público en general. El dogma se fundamenta en una enorme suposición: las conferencias son actividades de divulgación. Como actividad de divulgación se pretende sostener tanto la estructura piramidada en el ámbito del saber, como el acceso igualitario de todos a la pirámide. Pretendiendo esto se generan muchas ruines costumbres, pues se asiste a escuchar conferencias para acumular el currículo necesario que permite impartir conferencias, subiendo con ello un nivel en la pirámide; y ya en el escalón superior se dan conferencias, tanto para seguir avanzando en la pirámide -llegar a la conferencia magistral-, como para asegurar que los del nivel piramidal inferior asciendan, y en proporción directa se ascienda nuevamente de nivel. Además, dado que todos tienen derecho de acceder a la pirámide, se tiene por seguro que tarde o temprano se estará arriba, y por lo mismo se supone -como asunto meramente incidental- la calidad académica: no importa qué se haya aprendido en las múltiples conferencias a las que un estudiante haya asistido, sino el currículo almacenado -capital burocrático- durante las mismas; paralelamente, no importa cuál sea la calidad académica de la conferencia impartida, mientras el conferencista se sostenga en un amplio currículo almacenado en sus anteriores conferencias. Todo lo anterior sólo alimenta, aparte de la mediocridad intelectual, los estrellatos académicos, los espectáculos del intelectual de moda, la tosca politización de la academia.

Creo que para empezar a academizar la academia un primer paso sería, en el ámbito de las conferencias, eliminar los incentivos curriculares y sustituirlos por evaluaciones rigurosas de la calidad académica; además, sería bueno favorecer la oferta de conferencias especializadas, y evitar por ello la promoción de conferencias generales. Así, sólo asistirían a las conferencias aquellos que están interesados en los temas de las mismas, y sólo impartirían conferencias aquellos que realmente estuviesen capacitados para ello. En consecuencia, las conferencias dejarían de ser una pasarela intelectual, para convertirse en el lugar público del diálogo académico.

Námaste Heptákis

Coletilla: Seguimos pidiendo la liberación del Auditorio Justo Sierra.

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