–¿Cómo sucedió todo?

–Siempre me ha resultado complicado pensar cómo será la forma correcta para comenzar a platicarte este tipo de cosas. Sé que me conoces y que no puedo engañarte, aunque muchas veces quisiera. Cómo sea, no puedo hacerlo, pues eres esa parte que se parece a todos los demás, quizá lo que tanto odio de todos, pero también estás aquí. Quizá lo mejor sea decírtelo de una vez, temo que no estés viendo lo mismo que yo, en estos momentos, realmente no puedo asegurar de cual lado estoy.

Camino por los mismos lugares desde hace tiempo, es común a mí que me encuentre en este punto. Muchas ocasiones he caminado por aquí y siempre me ha sido igual de ajeno, aunque ahora comienza a ser más.

Desde que lo vi no he podido dejar de percibir sus pasos. Sé que percibe los míos, pero no ha puesto atención en ellos, está fijo en mis acciones; espera que reaccione ante las suyas, pero he decidido hacer nada. Sigo caminando y comienzo a ponerme igual de ansioso que él

–¿Por qué no hace nada? debería correr.

–No, seguimos caminando, mantenemos la distancia necesaria para que las fuerzas se mantengan en tención. Sabemos que al momento en que corra, yo correré también y viceversa: si yo corro él correrá. Comienzo a pensar que en momentos como este deberíamos cargar una pistola, para simplemente disparar, no permitir que grite, ni corra, no romper con la tención que nos mantiene a la misma distancia hasta que él caiga: ya sea que yo corra hacia él para asegurar que ha muerto o que corra contrario al cuerpo que se desploma. Paso mucho tiempo afilando navajas, siempre traigo una, pero esta vez no –si la hubiera cargado en la mañana la tención se acabaría, ya habría brincado sobre mi presa- es más chico que yo, no duraría mucho tiempo. Comienzo a preguntarme si es el momento correcto de actuar.

-¡Espera, oye eso, alguien ha roto la tención! son unos pasos que no pertenecen a ninguno de nosotros tres.

-Intentar atacar a dos parece una locura, pero nunca me ha detenido el parecer… ¡Maldita sea, por estar escuchando estos pasos ajenos se ha perdido la tención! ahora sus ojos se mantienen sobre los míos. La tención se ha roto y no ha sido por mí. El miedo le invade, lo veo en sus ojos; también siento que me invade a mí y sé que lo puedes ver en los mios. Te diría, que en ninguno de los dos es sólo miedo: es ansiedad, necesidad, es ira. No me di cuenta de la emboscada, creen que no puedo atacar a dos al mismo tiempo. No se está percatando de algo, tiene miedo y lo demuestra, su juventud lo delata. Parece que no se ha percatado de que no estoy solo, tengo conmigo “nada que perder”. Estoy comenzando a darme cuenta que ellos lo arriesgan todo por ganar algo en el caso de salir triunfantes, y pierden todo si fracasan; ¡en cambio yo!, yo no tengo nada que perder –una vez que le has dado un trago a todo el dolor del mundo, no tienes nada que perder, ya lo has perdido todo, no estoy seguro de tener todo por ganar, pero sí sé que un solo trago basta para vivir muerto, por eso es mejor morir- ellos no lo saben, creen que me pueden arrebatar algo, ¡ingenuos!.

Con un sentimiento similar permito que crean que han vencido, permito que crean que pueden tomar algo de este concepto de hombre. Lo que no saben es que está vació, sólo estoy yo. Parte de tener templanza, significa creer que uno puede mantenerse tranquilo, en situaciones como esta, esperando el momento de soltar el zarpazo –de lo contrario, qué sentido tendría permanecer así: la acción es no hacer nada hasta el momento justo.

Cuantas cosas puede pensar uno en estos momentos, quizá deba decir que ha pasado poco más de un minuto desde que me preguntaste. Mucho he pensado pero he hecho poco. Comienzo a pensar que no haré nada, porque nada me pueden quitar: no hay cosa alguna que me pertenezca y pueda ser arrebatada de mí.

Su mirada me desagrada, ¡ya no puedo más! uno se irá con nosotros, aunque no tengamos nada, sí podemos arrebatarles todo. No sé qué ha pasado en estos últimos segundos, creo haber tirado de un zarpazo y uno de ellos ha caído. ¿Por qué estoy corriendo, si tenía la victoria ya, sólo era brincar sobre el otro?

–No sé sí ha sido el miedo o la ansiedad.

–Lo bueno es que el destino me ha puesto en el camino de otros lobos, de esos que los mismos lobos llaman puercos. Prometen que me llevarán en busca de los lobeznos que intentaron emboscarme. Siempre es bueno traer puesto el disfraz de lobo, pues me han confundido con uno de ellos y me ayudarán a cazar a los cachorros de lobo.

Los momentos se han vuelto más borrosos, entre más tiempo paso con este disfraz, más imágenes de lo que está pasando olvido. Ahora todo es confuso y sin sentido: los lobos se muerden entre ellos; los puercos atacan a los lobos; mis demonios comienzan a tomar forma canina, se unen a los puercos y me llevan hacia allá; los puercos sin dejar de ser lobos muerden a los lobos; los lobeznos se convierten en hombres que se hincan y humillan; yo le piso la cabeza a uno mientras los lobos la patean; todo lo demás se vuelve difuso. Ahora estoy en el cubil, no sé bien que ha pasado. Ya no quiero estar aquí, agradezco y me retiro. Sólo quiero quitarme el traje de lobo, quemarlo, ponerme uno nuevo, olvidar esos actos que me han hecho demostrar confianza en los lobos y sobre todo, seguir esperando que no me reconozcan.

Han pasado unos días desde que me preguntaste. Vengo de ver qué había pasado en la cueva con los lobeznos. Un lobo, al cual su jauría llama gallo, me ha dicho que nunca llegaron al cubil, ninguno de nosotros estuvimos ahí, que lobos siguen siendo lobos –es raro porque yo recuerdo haber estado ahí, pero mi mente, mientras tenía el disfraz de lobo, se distorsionó.

AntCo.

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