por Perro de llama

Esta entrada está pensada para quienes ya leyeron el cuento “la casa de Asterión” que viene en el Aleph de Borges, quien no lo haya leído, tiene que picarle aquí

Si es la primera vez que lo han leído, vayan a dar un paseo, distráiganse en otra cosa y repitan la operación.

Cuando leo la casa de Asterión, no puedo menos que sorprenderme. Perderme en los pasajes e innúmeras galerías (catorce cada una) que nos ofrece a los lectores la pluma de Borges. Las líneas que vienen, lector, lejos de ser una interpretación, son la crónica más o menos puntual, de la ruta imposible que es el recorrido del laberinto, de la casa de Asterión.

En soledad se leen los cuentos, como se podría leer cualquier otra cosa y sin embargo, siento que este es el relato que más lo refleja. Si bien, el monólogo y lo que nos dice Asterión, ya nos perfila a saborear esta doble soledad (la del lector y la del civilizado monstruo), esta sensación se intensifica al preguntarnos –como haríamos si estuviéramos en medio del laberinto— ¿dónde estoy? ¿Asterión se dirige a mí? Bien está inscrito en la infinitud del Aleph, bien es un discurso preparado al otro Asterión que es él mismo.

Me parece que ese cuento es la mimésis de la soledad. De cómo ha trabajado uno de los orgullos más atroces, y sobrehumanos. Después de todo, como Apolodoro refiere, nace del incumplimiento de una promesa por Minos: de convertirse en rey, ha de sacrificar en honor de Poseidón a un toro blanco, mismo que oculta entre los suyos a cambio de otro menos fino.

Esa soledad se puede apreciar desde principio a fin en su monólogo, si al inicio nos suena terrible su falta de trato con los demás, el cómo se explica las cosas a través de lo poco que conoce, como el infinito, que para él es el mismo número que suman sus víctimas rituales.  Acaba por abominarnos tanto sus pasatiempos de solipsista añorante, como la esperanza que guarda de algún redentor. Asterión, es tan extremadamente inocente de su condición como responsable de un orgullo desmedido.

El laberinto es ya por sí un signo de la labor del autoconocimiento. Ya el efesio nos puso en guardia cuando nos advertía que los caminos y los rumbos tienen un Logos muy profundo como para acabar de recorrerlo. Asterión no puede recorrerlo. Quizá nació para no tenerlo, pero me interesa más si acaso él es culpable de algo. Por qué necesitaría él redención alguna. La pregunta es tan válida para el caso de Asterión como para el mío o el tuyo, lector.

Para muchos puede sonar risible la idea del pecado original, y eso habrá que dejárselo al teólogo, pero ¿no somos acaso efecto de nuestros padres? Más aún ¿es posible que nosotros, sin saberlo, seamos la consecuencia de los actos de nuestros padres y abuelos y, por tanto, consecuencias que pueden ser consideradas ora aciertos, ora errores y hasta crímenes? Hoy día ningún Edipo se sacaría los ojos, pues en ignorancia el delito a lo más llega a ser imprudencial, –¡y eso es pensando la acción como hecho, y la impiedad como falta a un código!.

Si en algún sentido somos consecuencia de los errores y aciertos de nuestros padres, abuelos y ancestros, es precisamente a través de las cosas en las que Minos era sabio: en las leyes y, por tanto, en la educación del pueblo. Ya Platón llegará a defender la impresión que de él se tenía en un diálogo que lleva tal nombre, por tanto, a poner el énfasis de que las leyes forman al pueblo, como la planta que crece, como la técnica bien realizada. Como el valiosísimo discernimiento del bien y el mal: tan preciado al intelecto, como frágil ante las debilidades humanas.

Teseo contra el Minotauro

Anuncios