Por A. Cortés:

Es muy importante escribir tan bien como se habla y es de igual importancia, hablar bien. Esto si se quiere ser escuchado con atención, al menos. Sobre lo que decimos, podemos hablar de cuatro maneras fundamentalmente: la manera cuidadosa, la que se hace con descuido, alguna que se halla en el medio de estas dos y, finalmente, una de género único y distitno: la que existe sin necesidad alguna de consideración sobre el cuidado. Parecerá muy extraña la cuarta clasificación al principio, sin embargo, es quizá la que los lectores más apreciamos en cuanto la encontramos.

Me explico. Hay varias implicaciones en la forma en la que se dicen las cosas, apartadas del contenido del discurso. Normalmente al charlar reconocemos que algunas nociones son más apegadas a nuestra experiencia que otras, muchas cosas las hemos escuchado ya y tenemos formada alguna opinión a su respecto; mientras más se asemeje el discurso a lo que admitimos como real y que es más cercano a nuestra vida cotidiana, más fácilmente se nos hace ver qué es lo que alude nuestro interlocutor y, obviamente, es más sencillo que nos veamos persuadidos por el argumento –si no concordábamos con él desde el principio-. Ahora, admitido esto, podemos ver con facilidad que el artífice de discursos tiene que enfrentar en cada ocasión una pequeña liza estratégica: mientras más arduo le parezca que el lector vaya a acceder y a conceder razón de lo que se le dice, con mayor cuidado tratará sus palabras para hacerlas susceptibles de admisión. Es un principio básico de retórica éste de conocer la relación entre el público y el tema que se hace público. De este modo, decimos que quien prepara lo que habla se ocupa de esclarecer lo que quiere dar a entender.

Debido a eso, la correspondencia que encontramos entre lo aludido por el discurso, la manera en que se presenta y la forma en que se estructuran sus partes, nos ayuda a apuntar hacia la relación que tendrá él con la inmediatez de nuestra experiencia mundana. A mayor obscuridad en lo dicho, mayor distancia encontraremos entre ello y nuestra vida; y valga del modo contrario también. Por esto, para quien hace un discurso, es mucho más fácil ordenarlo para ser claro cuando dice lo más evidente y obvio.

Por ello que no nos extrañe que lo más claro a lo que podemos acceder sean aquellas ideas indiscutibles que, por su misma naturaleza, no demandan del hablante preocupación por el cuidado que pone en sus palabras más allá del necesario para dar cuenta de algo. En estas ocasiones hasta parecería que el discurso se cuida solo. Por ello es completamente claro que las cosas verdaderas y mejores son por naturaleza las más persuasivas. En efecto, es más sencillo para el orador persuadir a su auditorio de que existe el Cielo que de la presencia de muchos universos.

Si pensamos entonces en qué cosa será el objetivo de quien comunica algo mediante el discurso, nos veremos impelidos a deducir en un primer momento que, sea cual sea este fin, su consolidación dependerá de que por su uso de la palabra el orador sea capaz de persuadir a su auditorio. Después de que este requerimiento se cumple, entonces ya conseguimos ver la meta sucediéndole, que podemos situar en el logro efectivo de una relación comunicativa con el otro. De ese modo, la excelencia del hablante en cuanto hablante se verá en relación con su capacidad de hacer discursos propensos de ser sopesados según lo que alberguen de verdadero, pues esto es lo que da paso a que se establezca la comunicación.

El lado temible de estas tesis es que ante el buen orador, estamos entonces desarmados, pues de lo que hemos admitido hasta ahora se desprende que nuestra aceptación depende de la claridad del discurso al que prestemos atención. Si diremos del hablante que es excelente en lo que hace en tanto que puede persuadir de la veracidad de sus palabras, y su modo de trabajar cada frase y de concatenar cada oración les da la mayor claridad a la que se puede aspirar, pensaremos entonces en el extremo: puede hacer parecer clarísimas las nociones más alejadas de la realidad.

¡Qué terrible conclusión se deja ver!: estamos en las manos de los oradores, de los que arengan hábilmente haciendo públicos discursos y moviendo nuestros ímpetus ora hacia un lado, ora hacia el otro. Somos víctimas del poder sumo de la retórica, porque es imposible para nosotros juzgar cuánto cuidado puso el forjador en sus palabras maleadas. Apreciamos fundamentalmente que nos digan lo que nos parece lo más claro, porque se nos hace normal. Nos parecerá siempre que este hábil orador no tuvo cuidado alguno en sus bellas frases, y que salieron así solas, con naturalidad: que son la pura verdad. La intensidad de sus brillos puede deslumbrarnos sobre lo que sea, y hacernos considerar experiencia verdadera la que sea.

Nada puede hacerse en este mundo para buscar la verdad, porque queremos el discurso descuidado.

A ver, ya no estoy tan seguro de que sea tan ominoso nuestro destino en el habla; ¿de verdad estamos tan vulnerables arrojados al designio de oradores y sofistas? Parece que me faltó mencionar algo, algo que se me olvidó y por lo que no pude más que encontrar este triste camino entre opiniones devaluadas y acciones sin sentido, guiadas por la demagogia. ¿Qué se me olvidó? Parece infame decir que en verdad es posible hablar sin cuidado, dejando que las cosas se digan solas, como si la palabra contuviera lo dicho, y fuera un saquito protector de lo legado por el habla. Eso, por lo menos, ahora parece infamia que denigra la palabra: no veo cómo pueda argüirse que las palabras guardan significados ajenos a ellas mismas. Pero, ¿cómo fue que caí en la obscuridad de esta zanja, hablando de lo claro del discurso?

El cuidado de lo dicho no es ajeno a lo que se dice, como es ajeno el barniz con el que se embellece la madera. El cuidado del lógos conviene al alma que hablando se deja ver. El cuidado de la palabra es lo mismo que el ejercicio de la sinceridad. Y le viene por lo que el discurso mismo es, porque no puede entendérsele separado de lo que nombra. Él es los nombres y es las relaciones entre nombres, y es las relaciones entre hablantes y las cosas habladas. Es el discurso el cuidadoso, es la palabra la cuidada; no es el orador quien entrando a su taller la encera y la pule para que de nuevo al ser dicha de un modo lustroso, diga lo mismo de modo más persuasivo: si la acicala, ya dice más o dice menos, dice mejor o dice peor, o sólo dice otra cosa. La palabra se envilece o desvirtúa, se ensalza o se honra, así como un hombre es al mismo tiempo quien merece los encomios y quien los recibe: no sólo es honrado, sino que se le vio actuando y por eso mueve al reconocimiento. Un buen guerrero no se gana el honor sino siendo en serio honorable. Y entonces, si esto es así, y no del otro modo; si sólo son tres las maneras en las que fundamentalmente podemos hablar, (no cuatro, tres), la cuidadosa, la descuidada y lo que anda por el medio según la claridad, ¿qué se me olvidó?

Tiene que haber sido algo que permitiera al diálogo darse no sólo como dato arrojado, que permitiera a la palabra verse clara por cuidada, y verdadera por sincera. Tiene que haber sido algo que nos dejara sopesar lo dicho por más embellecido que fuera, y que no nos dejara la guardia baja con cualquiera que supiera decir unas cuántas bonitas frases. ¿Pero qué fue, qué fue?

¡Claro!, el escucha.

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