Acuérdate de tus servidores

Abraham, Isaac y Jacob, y de las

promesas que les hiciste. Pues

juraste por tu propio Nombre:

“Multiplicaré tu descendencia

como las estrellas del cielo, y daré

a tu raza la tierra que le prometí,

para que sea de ellos para siempre.

Ex,  XXXII, 13.

Si escuchamos que alguien dice “te doy mi palabra de honor”, podemos sentirnos extrañados, movidos a la risa debido a lo cursi que pueden sonar estas palabras o bien podemos sentir desconfianza de la persona que nos promete algo, debido a que no consideramos que sea importante que alguien empeñe su palabra. ¿A qué se debe que por lo general se presenten tales reacciones? Para responder a esta pregunta me parece que es necesario que reflexionemos un poco sobre el honor.

El honor es algo que parece perteneciente sólo a las sociedades antiguas, o a las comunidades pequeñas, muchas de las acciones llevadas a cabo por los hombres se realizan en función de la búsqueda constante de honores, Teseo, por ejemplo, decide buscar honores y enfrentarse con diversos maleantes a fin de ser digno a los ojos de Egeo, y Coriolano decide traicionar a Roma al considerar que no se le han dado los honores debidos. Estos ejemplos nos pueden dar una primera luz que nos ayude a ver con más claridad a qué nos referimos cuando hablamos de honor, pues nos permiten ver que el honor es equiparable a la gloria y al buen nombre que puede tener un ser humano en el seno de su comunidad.

Sin embargo, hablar de gloria y de buen nombre para tratar de ver lo que es el honor, puede resultar inútil, pues estas palabras también parecen estar lejos de nuestra cotidianidad, parecen más propias de tiempos y lugares lejanos, donde lo importante es distinguirse del resto de los hombres por tener determinadas cualidades y no ser igual a todos; a diferencia de lo que sucede cuando todos buscan ser iguales con tal de que la comunidad pueda preciarse de estar libre de prejuicios y de discriminaciones.

Quizá lo más próximo que tenemos al honor es la posibilidad de ser confiables en lo que se refiere al pago de deudas, por ejemplo, en medio de una sociedad bancaria una persona digna de confianza es aquella que cumple con los compromisos adquiridos, es decir, que paga sus deudas. De modo que tomando como punto de partida aquello que nos es más próximo, podemos entender el honor como la confianza que puede depositar otro en nosotros, pues cuando adquirimos una deuda, éste puede esperar tranquilamente que sea cubierta sin problemas.

Si pretendemos salir de lo que sería el honor en medio de una comunidad bancaria, podemos centrar nuestra atención en la comprensión del honor como el cumplimiento de un deber, no necesariamente de índole monetario; así pues, tenemos que un guerrero honorable es aquel que cumple con los deberes que tiene para con la patria, tal como evitar que los ciudadanos caigan en manos del ejército enemigo. Ese cumplimiento del deber, es lo que nos puede brindar un buen nombre, es decir, la confianza que puede depositar la comunidad en nosotros de que cumpliremos con aquello que nos corresponde hacer para que ésta viva de la mejor manera posible, cuando ese cumplimiento del deber va más allá de lo esperado por la comunidad, entonces podemos pensar en la obtención de la gloria, a la cual podríamos caracterizar, momentáneamente, como la preservación del buen nombre en la memoria de la comunidad, es decir en la estima que adquieren los seres que rodean a la persona honorable como si estos fueran tales, de ahí que haya familias con buen nombre y que dediquen muchos de sus esfuerzos en preservarlo.

Pensando en lo anterior, podemos decir que el honor es una cualidad de la persona o grupo de personas que merecen ser dignas de estima dentro de la comunidad, es la cualidad de ser confiable y digna de acceder a la gloria, es decir, que su nombre sea preservado en la memoria de la comunidad, y que sea usado como buen ejemplo de excelencia. Y en tanto que esta cualidad puede caracterizar a todo lo que rodea a quien es llamado honorable, el honor puede considerarse como un bien  que puede heredarse, es decir, como un patrimonio, los honores de los padres pertenecen a los hijos mientras cuiden de mantenerlos.

Así pues, resulta más claro que cuando alguien empeña su palabra de honor, no necesariamente está siendo cursi, o está mostrando que es una persona indigna de nuestra confianza, si es una persona que tiene algo que proteger (su honor como herencia) la que da su palabra de honor, entonces está indicando que su disposición a cumplir con lo que debe, ya sea algo prometido o propio del lugar que le corresponde en el seno de la comunidad, llega hasta el grado de jugarse el lugar que tiene dentro de la misma, pues en caso de no cumplir sería señalado como poco confiable, innoble y con más defectos que virtudes, es decir, como un ser que puede ser nocivo para todos los que se aventuren a convivir con él.

Al dar palabra de honor, quien efectivamente sabe lo que hace, es consciente de que se está jugando su buen nombre y el de toda su descendencia, o seres que lo acompañan en su andar por el mundo; o al menos eso es lo que ocurre en una comunidad donde el nombre tiene valor alguno, cuando éste no importa, porque resulta injusto juzgar a los hijos por las acciones de los padres, o porque todos los nombres tienen la misma importancia, es normal que nos sintamos extrañados cuando escuchamos que alguien empeña su palabra de honor al prometer algo, y aún es más probable que desconfiemos de ese alguien cuando hace tal cosa.

Quien da su palabra de honor da fe de lo que dice, pero si ya no hay tal fe, el valor de la palabra y del honor son nimios.

Maigo.

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