A continuación presento un trabajo iniciado en el blogg Alea jacta est el 6 de noviembre del año pasado acerca del libro “La Internacional Obrera”, escrito por Víctor García (Tomás o Germinal Gracia) producido por Editorial Jucár, en la ciudad de Madrid, año de 1978.

En la historia de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida a la postre como La Primera Internacional, se encuentran los orígenes de buena parte de las discusiones internas del movimiento obrero socialista, sobre todo a lo que concierne a las propuestas definidas como marxistas y anarquistas, así como sus distancias con la democracia liberal o las revoluciones nacionales. En este repaso de la obra de Germinal, quiero apuntar tres cuestiones, primero la adopción internacional de la lucha de clases en la práctica, segundo la diversidad de las reivindicaciones y controversias discutidas durante sus congresos y conferencias; y por último, tres posiciones teórico-prácticas decisivas en el desarrollo de la Internacional,  el papel de Marx junto con los comunistas y reformistas germanos y anglos, la de los herederos proudhonianos del cooperativismo federalista-mutual y la de los colectivistas antiautoritarios alrededor de Bakunin.

1.- Antecedentes: Reciprocidades y efectos internacionales.

La Asociación Internacional de Trabajadores nace el 28 de septiembre de 1864, en Saint Martin’s Hall, Londres, bajo la aprobación de una asamblea de trabajadores franceses, tradeunionistas ingleses, trabajadores republicanos italianos y periodistas alemanes. Pero ella tiene varios antecedentes.

Si bien bajo el manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, la consigna por la unidad proletaria internacional ya había sido lanzada en 1847, su práctica había sido una tardada respuesta. En 1855, Joseph Dejacque, Ernest Coeurderoy, Pelletier, así como varios socialistas residentes entre Londres y Nueva York, suscriben el programa de una Asociación Internacional y el Manifiesto a los Republicanos, Demócratas y Socialistas de Europa. Congruentes con sus lineamientos antiautoritarios la asociación abole su propio Comité Central en 1859,   declarando: “Negación absoluta de todos los privilegios, negación absoluta de toda autoridad; emancipación del proletariado. El gobierno social no puede y no debe ser más que una administración nombrada por el pueblo, sometida a su control y siempre revocable por él cuando lo juzgue conveniente”. Aunque aislado el fenómeno no tardó en reformularse.

Para los trabajadores industriales europeos, más que para algunos ilustrados y políticos, las condiciones que se asomaban tomaban un cariz cada vez más agobiante. Los viejos gremios de oficios, guildas y asociaciones de compagonneges eran rápidamente arrasadas por las exigencias nuevas de la industrialización, en un momento de expansión y continuo cambio. Los tiempos del taller del maestro, la disciplina con la herramienta y las jerarquías maestro-aprendiz no contuvieron al capital impulsado por la maquinaria a vapor ni las nuevas formas de organizar el trabajo. De distintas formas se fue moldeando esta posición frente a la maquina y el trabajo, en muchas el boicot y la destrucción de las maquinas fueron las medidas de los obreros. Pero el desempleo y la pobreza urbana, hicieron redefinir las tácticas de lucha que tomarían para sí. Las condiciones industriales para las masas urbanas y migrantes campesinas en eran las mismas para buena parte del continente Europeo y los grandes lagos del Norte de América. El insuficiente salario, la desocupación provocada por la introducción de maquinas, las largas jornadas de trabajo y la precarización de las salud eran tan solo algunas de las constantes en cada centro de trabajo.

Las soluciones no vendrían aisladas, tenían que ser amplias, internacionales, bajo el principio de solidaridad recíproca. De hecho, en los lugares de intenso intercambio comercial y actividad febril, como el Canal de la Mancha, la solidaridad constituyó la estrategia de resistencia idónea para los trabajadores. Ugo Fedeli en la introducción de la obra explica: “El desempleo en el seno de los tejedores franceses ejercía su influencia sobre la industria y los trabajadores de Inglaterra. Las conquistas logradas por los albañiles ingleses, a su vez, influían sobre las condiciones de los albañiles del otro lado del Canal de la Mancha”. En 1861, los albañiles organizados de del Reino Unido hacen un llamado de auxilio internacional después de una huelga de cinco meses, desde París y desde Nápoles los trabajadores envían apoyo económico y mensajes de aliento para la lucha de los trabajadores de la construcción. Dos años más tarde, 1863, la acción conjunta entre los trabajadores textiles de Francia e Inglaterra reporta éxito para ambos, y el proyecto de una internacional de trabajadores va cobrando fuerza.

En el ínterin de estas acciones de solidaridad un encuentro político internacional ocurre durante la Exposición Universal de Londres en 1862. Una delegación cercana los 200 trabajadores, patrocinada por el gobierno de Napoleón III, tolerante a los sindicatos en ese momento, es recibida fraternalmente por las Trade Unions inglesas, quienes proponen crear una entente obrera, base de una Internacional. Un año más tarde, en el Saint Martin’s Hall, durante un acto a favor a la independencia de Polonia, el reencuentro entre trabajadores franceses, británicos y europeos emigrantes, sirvió también para reafirmar la utilidad de los congresos Internacionales y las organizaciones obreras interrelacionadas por correspondencia, como medios de comunicación por excelencia para lograr una organización de base internacional y mejorar la situación de los trabajadores.

2.- Amplio espectro de indefiniciones tácticas. (Estratégicamente inacabadas, en la práctica)

La etapa de los cinco primeros congresos de la AIT (Ginebra 1866, Lausana 1867, Bruselas 1868, Basilea 1869  y la Haya 1972) nunca fueron una clara continuidad de posiciones absolutas, definidas en irreductibles términos, ya que antes o después de cada congreso los acontecimientos mundiales, urdidos en tierras con nombre y pobladores enfrentados a la realidad política y económica, eran procesos donde  gran parte de sus afiliados participaban de alguna manera, desde sindicalistas activos como obreros, propagandistas en la prensa, agitadores intelectuales o litigantes en defensa de sus camaradas, todo ello desde su participación en sus secciones locales, en sus federaciones por oficio o rama industrial hasta el ámbito internacional.

De los considerandos preparados en 1865, de nuevo en St. Martin Hall, debido a la postergación del congreso ese  mismo año, podemos extraer una visión incluyente, “sin distinción de color, de creencia o de nacionalidad”; obrerista, donde la emancipación económica “debe ser obra de los trabajadores mismos”; internacionalista, abierta a soluciones de un problema no “únicamente local o nacional”; y anticapitalista, señalado “que la sujeción del trabajador al capital es la fuente de toda esclavitud política, material y moral”.

En su primer congreso, Bruselas 1866, la base del orden del día fue propuesta por los trabajos realizados el año anterior por el consejo francés plagado de activos miembros de diversos oficios. Los puntos concernientes sobre la finalidad y los medios de la asociación en la lucha contra el capital, las condiciones infrahumanas del trabajo y la duración de éste, el trabajo de mujeres y niños en esas condiciones, la crítica a del papel de los ejércitos frente a la producción,  los cuestionamientos a la influencia religiosa en el ámbito político y social y las posibilidades del asociacionismo como apoyo muto fueron sus contribuciones. Pero no quedaron fuera de ese congreso las discusiones acerca de las posibilidades de las sociedades obreras y el trabajo cooperativo, la impertinencia de los impuestos, las instituciones internacionales de crédito, y el rechazo a la invasión rusa a Polonia. De toda esa discusión no surgieron acuerdos concretos pero los planteamientos vertidos con anterioridad ilustran la diversidad de posibilidades que albergaban sus debates.         

Una controversia tuvo una importancia que a la postre pesaría en gran medida, la concesión en la participación de los intelectuales a condición de no fungir como delegados. Esta discusión, entre la presencia o marginación de los trabajadores no manuales, será abordada con detenimiento en la próxima entrega. Una de las declaraciones radicales del congreso fue por la abolición del trabajo asalariado, asegurando que se debe ir más allá de  la defensa o el aumento de salario.

De la orden del día y los debates de Lausana 1867 resaltan los posicionamientos claramente proudhonianos, sobre todo en cuanto al impulso del crédito sin interés, basado en instituciones bancarias que motiven la formación de cooperativas, proveyendo del capital necesario para acceder a la maquinaria, en lugar de ser sustituidos los obreros por ellas. Todo ello con un marcado acento mutualista y federalista.

En cuanto a la educación es tomada como un derecho inalienable de la liberación del proletariado, siempre y cuando sea marcada por un tenor cientificista, alejada de la religión y de relativa gratuidad, a debate el tema de los impuestos. En el punto también se propuso, curiosamente, la creación de un idioma universal que contribuyera “con la unidad y a la fraternidad de los pueblos”. Así mismo se propone el trabajo de educación de las masas a través de talleres-escuela donde se alfabetizaría con la iniciativa de las diferentes asociaciones obreras. El papel del estado se pone en tela de juicio, sobre todo por los franceses, que ven en la familia el ámbito natural de la educación y no al estado como apropiado para dicha tarea de apariencia intrusiva, pero al final se cuela una posición reivindicativa del estado bajo la excepción en la incapacidad del progenitor para hacerse cargo de la educación de su progenie.

Precisamente el estado estaba en la mira del orden del día en su sexto punto. Definición y misión del estado.  La gran contienda teórica se apostaba entre la posición sajona de la propiedad colectiva de la tierra, sobre todo, pero también de los servicios públicos, transportes, crédito público, o las minas, es decir la socialización de los medios de producción, y por el otro lado, los franceses y suizos claros defensores del principio de la propiedad individual aldeana, más orientada a la resistencia del control estatal urbano. En las resoluciones el estado es definido como simple ejecutor de leyes votadas por sus ciudadanos,  apunta que las naciones deben de hacer de los estados los propietarios de los medios de transporte, y además que la administración de la justicia sea realizada con profundidad en su investigación y por un jurado integrado por ciudadanos “que busquen las causas del crimen o error”. Finalmente la definición de la propiedad colectiva quedó pendiente en cuanto a quién debe y cómo debe administrar aquella.

En otro punto, las libertades políticas quedan en un marasmo para reconocerlas como instrumento de emancipación o como una medida parcial insuficiente sin una revolución económica y social, quedando fuera de ella las posiciones rehacías a la acción política institucional de los anarquistas, y apoyando la participación obrera en los procesos electorales y en las negociaciones fabriles. En el último punto del orden del día se deja de manifiesto la posición opuesta a la guerra “por pesar sobre la clase obrera” y promueve las campañas por la abolición de los ejércitos permanentes.

 … continuará: congresos III, IV y V, además de la tercera parte Marx, Proudhon y Bakunin.