Por A. Cortés:

Por ser este escrito una respuesta, pido al lector que tenga bien presente el texto de Martinsilenus al leer aquéste.

Heaven make thee free of it!

Mientras leo el escrito de Martinsilenus, me pregunto si acaso es resabio de la tragedia shakespeareana el sentimiento de arrojo sin sentido que parece permear cada letra suya; o si no será por ella que el hombre que vese reflejado en el espejo de la vida refuerza su vital apego al mundo. ¿Qué será esto que obra el poeta en el alma con su Hamlet?

Parece ser la sugerencia que es la belleza “terrible” la que infunde en nuestro ánimo la sensación de pequeñez que nos expone como espíritus simples, débiles y quebradizos. Es ésta una belleza erigida como monstruosa gigante, alejada de todo alcance humano, y brillante con un fulgor que quema por dentro los ojos. Si trata de tenérsele como botín, rebasa toda jaula y destruye todo abrazo: es inapreciable e inapresable. La mirada mortífera de la belleza actúa inmediatamente sobre la lengua y la paraliza, y todo aliento se estanca en la boca del estómago en un súbito espasmo. Si no es así que actúa sobre nosotros, ¿por qué nombrarla terrible?

Acaso es ésta la belleza supuesta por los enfermos de romanticismo, y por los moribundos del veneno de un amor que, como a Hamlet, carcomen por mucho tiempo. Y debe de ser mucho el sufrimiento de esta índole que, aunque los pensamientos del amor que lo provocan sean veloces como el impulso de su venganza, perdure por tanto tiempo. Es una fuerte corrosión que no termina, un alarido doloso que con cada ápice que decae la voz, se fortalece. Quien sufre de este mal sólo mira en la hermosura su sentencia de muerte. Pero sólo es posible entender así la belleza si se vive como Hamlet: no como el espejo de la tragedia shakespereana, sino como uno de sus personajes. Hace falta haber sido injuriado por la más voraz afrenta para que la vida de verdad valga tan poco, y para que la hermosa y joven Ofelia nos parezca la más lúcida imagen del destino perdido.

¡Pobre de esta joven!, grita Martinsilenus. No hacemos nada, y la vemos perecer, hundidos en la impotencia: eco de la vida propia. Eso es ciertamente doloroso y pesado; mas no es la señal que recuerda lo vano de tener algo por sagrado; muy al contrario, es la imagen que lo subraya y enaltece. Que el hombre pueda tener algo como sagrado, y que le sea tan terrible el arrebato del canto de la joven, muestra que lo sacro es por él adorado sin otro móvil que su natural impulso; no puede más que ser en definitiva, una de las más asequibles muestras de una frágil belleza que se tiene con cuidado. Es una belleza tierna y cálida, maravillante y de dulce sonrisa, que no quema los ojos sino que les da más brillo. No grita ensordecedoramente, canta. Después de haberla visto, las cosas no parecen secas y viejas, no se caen los edificios como escombros mal cimentados; sino que todo parece más fuerte y verdadero. Hamlet es la imagen de quien tiene desde el inicio el veneno en su sangre: no puede más que contemplar en la belleza el signo de la decadencia de lo humano, es la “terrible” belleza. Muy por el contrario está la bella Ofelia, frágil y delicada, que nos hace sentir que no hay cosa que se mantenga siendo la misma después de su última voz en la tragedia, canto fúnebre dirigido al Cielo.

La belleza, que no es lo mismo en Hamlet o en Ofelia, tampoco es lo mismo para Shakespeare; y si en algo concuerdo con Martinsilenus es en que no es posible concluir de Hamlet que a la muerte se reduce todo. Parece que el contraste es necesario en el sentido de la tragedia, y que la confrontación de éste es en realidad un encuentro con nosotros mismos. Es un choque entre fuerzas que no se dejan ver plenamente distintas, ni se separan para tener cada una su voz: son la misma tragedia. Parecería que la tragedia verdadera no podría ser espejo de la vida, sino más bien, una multitud de espejos de lo humano que enhilan las vidas y acciones grandiosas lanzando en todas direcciones rayos que alumbran ora esto, ora aquello. A veces la venganza nos dice mucho de quiénes somos, a veces los banquetes, y a veces las negras noches fantasmales.

Si doy por cierta la declaración que hace Martinsilenus de que dijo puras mentiras, entonces todo lo anterior deja de ser diálogo para convertirse en un monólogo inspirado por lo que de él leí en el blog, y parece que eso esperaría de mí porque atribuye el mismo grado de mentiroso a Shakespeare cuando él lo lee; pero si, como poeta, en lugar de mentir él imita para decir alguna verdad que no se deja decir en prosa directa, entonces lo que aquí digo no está solamente lanzado hacia la nada (arrojado al mundo), sino que tiene un sentido y responde a alguien que hablando con nosotros se deja ver en alguna medida y después, como imagen fantasmal impresa en la obscuridad de la noche, se desvanece sin contestar escapando de ser interrogado sobre la verdad más importante.

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