“… hay quien afirma que el amor es un milagro…”

En lo que sigue les hablaré acerca de la vida humana. De la trágica existencia a la cual hemos sido todos arrojados sin habérsenos preguntado al respecto. En las siguientes líneas intentaré hacerles ver, de manera fehaciente, la futilidad de cualquier empresa o compromiso que como seres humanos nos podamos proponer. Sin embargo, no puedo dejar de decirles también que lo que está escrito a continuación no es más que puras mentiras. Mentiras inspiradas por el diálogo con la obra de un grande, quizás el más grande de todos: William Shakespeare.

Y es que, ¿qué puedo yo, un simple y vulgar espíritu, aspirar a decir cuando se me presenta la ocasión de hablar de Hamlet, príncipe de Dinamarca? Sin duda puras mentiras. Y es que la misma tragedia no es más que eso. Aunque mentiras bellas, por supuesto, que es lo más valioso que nos puede ofrecer un poeta. De hecho es lo único valioso que podemos encontrar en este mundo corrupto y desgraciado: la belleza. La terrible, terrible belleza. Y es terrible porque nos rebasa. Es terrible porque nos muestra la verdadera impotencia que nos caracteriza o define dentro de la confusión en que nos encontramos. Es terrible porque se termina o muere. Muere como la joven y hermosa Ofelia, cuyas “… vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, arrebataron a la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte.” Es terrible porque sucumbe frente al torrente de injusticias y traiciones que es la puesta en escena que llamamos vida. Y nosotros no podemos hacer nada, mientras sólo la vemos perecer. Y aun más, ni siquiera queremos hacer nada por ella, inmersos como estamos en nuestros propios intereses, negocios, planes e intrigas contra nuestros semejantes. Imbuidos por nuestras ansias de poder, colaboramos para ultrajarla, entregándonos a acciones indignas y vulgares, pérfidas y mediocres, que atentan contra todo lo que alguna vez ha sido sagrado para el hombre.

Y dentro de un contexto corrupto y vulgar como el que se encarga de dibujar el poeta y que toma como escenario la corte del reino de Dinamarca, ¿puede haber algo por lo que valga la pena permanecer firmes y sin claudicar ante la siempre abierta posibilidad de dejar de ser? De manera superficial, podríamos pensar que no, pues, además de lograr vengar la muerte de su padre matando a su tío Claudio, causante de la muerte del rey de Dinamarca, Hamlet pierde la vida y se lleva consigo al íntegro Laertes, cuyo único móvil para desafiar al príncipe fue el amor por su propia familia, aparentemente deshonrada y asesinada por aquél. Si lo único que queda, después de todos los eventos que se suceden en la obra (espejo de la vida, como todas las buenas obras poéticas), es la muerte de casi todos los protagonistas, entonces sí parecería que no hay nada valedero en la escena de la vida; sería cierto que todo da lo mismo y que lo más sensato que podemos hacer es ver la vida pasar, desde nuestra confortable y lejana existencia. En la disyuntiva entre ser y no ser, de acuerdo con eso, acabaría ganando el no ser, pues hacia él nos encaminamos todos, sin excepción ni diferencia substancial, y tendríamos que hacer lo posible por alcanzarlo de manera rápida.

Hay que recordar, empero, que la obra trágica es el fruto del ingenio del poeta. Pensar que a la muerte se reduce todo y que el principal sentido de lo que es, es dejar de ser de manera definitiva, y que eso es lo que nos enseña el poeta mediante el príncipe de Dinamarca, sería subestimar su talento poético, por un lado, y, por otro, olvidar que la vida es multifacética, al igual que lo es el mundo en que vivimos. En pocas palabras, sería pecar de soberbios y de ingenuos a la vez, con lo que estaríamos comportándonos con menos razón y juicio que el mismo príncipe Hamlet, cuando se hace pasar por un loco.

Para no caer en ninguno de esos excesos, por lo pronto, podemos hacer dos cosas: una en relación con la obra trágica que nos ocupa, y otra más allá de ella.[1] En relación con Hamlet, hay que aceptar que la trama no termina con las muertes de los reyes, del príncipe y del hermano de Ofelia, sino con el reconocimiento que el príncipe de Noruega hace de las virtudes del joven Hamlet y con la pompa preparada en su honor y memoria; esta última enaltecida y recordada cordialmente por parte del fiel Horacio. Lo anterior nos da cuenta de que después de todos los sucesos trágicos, queda vivo el recuerdo de quienes lo merecen por su grandeza y bondad, lo cual es muestra de que no todo es corrupción y miseria, como sugerí al principio, gracias a la intervención del amor, eterno acompañante de la belleza, y, en ocasiones, no menos terrible que ella (pues la fidelidad del amigo Horacio no es otra cosa que manifestación del divino amor).[2]

Por supuesto que hay otros muchos temas de los que se podría hablar, tomando como base esta obra shakespeareana, y reconozco mis limitaciones tanto verbales como interpretativas para abarcar y entender todo de lo que Hamlet nos habla, como la traición, la venganza, la locura, la amistad, la comedia, etcétera; pero para todo eso ya habrá otras ocasiones.

Me despido, entonces, no sin antes recordarles que todo lo anteriormente dicho son mentiras, por lo que recomiendo ir al reino de Dinamarca y, con la propia lectura y conversación con los personajes, encontrar sus propios puntos de vista.


[1] En cuanto a la segunda de estas dos cosas, no me referiré a ella aquí de manera explícita, pero creo que se podrá inferir con facilidad, si aceptamos que la obra poética de que hablo aquí es una suerte de espejo (por no decir mimesis) de la vida humana, por lo menos en uno de sus aspectos, lo que significaría que la primera cosa es como un espejo de la segunda (o puede serlo).

[2] Ya habrá oportunidad, por cierto, de reflexionar acerca de la presencia del amor a lo largo de esta obra, ya que, pienso, es el único protagonista que nunca está ausente de la escena, aunque no siempre aparece con el mismo rostro.