Sabía que estaba retrasado, habían pasado ya dos horas desde que había calzados sus tenis y sus pasos lo alejaban de su casa; el lugar quedaba cerca, escasos veinte minutos a paso lento, diez si deseaba correr, pero no sucedió así. La tarde había dejado de ser, la obscuridad y la suave ventisca de la noche acompañaban a cada idea que atravesaba su mente; se había retrasado porque su noción del tiempo fue interrumpida por suspiros. Sentía dedos y ojos cansados, las letras cortaban sus días y sus índices. Siguió caminando por el callejón donde se escuchaban pequeños y grandes gritos, alguna que otra risa, sin palabras, aún así se adivinaban los humores que despedía cada ventana; dejó atrás los interiores de ese callejón, atravesó la avenida y en seguida vislumbró la negrura del anquilosado parque municipal, con un profundo respiro diferenció todo lo que habitaba ahí: sudores de la jornada, perfumes baratos, lloviznas inaguantables, lo que alguna vez fueron flores, saliva seca; sin nauseas levantó un poco la mirada y vio a un hombre aproximándosele, con guardia imperturbable continuó su andar.

-Llegando tarde también, ¿eh?- Asintió con la cabeza, una breve sonrisa y los pasos se acompañaron; por un largo rato ninguno dijo palabra alguna, se acompañaban ignorándose en silencio. Por un momento se sintió más repugnante que la quinta que abandonaban, consternado por el vínculo temporal que lo unía con aquél. El acompañante por su parte, comenzaba a sentirse incómodo ante la taciturna compañía, sintió ganas de echar a correr, pero el manual de buenas costumbres se lo impidió, no estaba de acuerdo con aquellas leyes de convivencia, lo contario tampoco le agradaba y no había otra cosa que seguir.

Un chasquido y sus labios exhalaron la primera frase, sin embargo, la opinión que ambos tenían del parque era completamente opuesta, para uno desagrado y decadencia, para el otro convivencia popular y tradición. Para el jornalero era necesario el desahogo en ese lugar, decía uno, para el parque nuca ha sido necesario que un jornalero hastiado y sudoroso golpeara los arboles y pisara lastimosamente el césped desquitando su frustración y desesperanza; decía el otro. El gobierno –clamaba uno- necesita de estos lugares para que las mentes de los bajos se despejen, y no incomoden. Una mente presionada –susurraba el otro- no pude apreciar la calma del árbol. El ánimo de uno crispaba, el otro deseaba correr con todas sus fuerzas, alejarse de ese ahí. Pero, ambos permanecieron juntos en aquella caminata.

El punto de reunión con los demás a cada paso parecía más cercano, tal vez eran sus ánimos, ninguno apresuró el paso, nuevamente el silencio incómodo los rodeaba. Las puertas se abrían a la par de dos ancianos saliendo del lugar, reían de los gritos que los amigos reclamando desde ya su ausencia Ambas parejas se miraron por un momento, sonrisas reflejadas. Impetuoso paso por la puerta y por los ancianos, respiró profundamente como cuando se ha dejado detrás el peligro, movimientos rápidos, saludos breves y tomó asiento. En la entrada aún estaba su antiguo acompañante, tomándose un instante para contemplar aquellos que se alejaban, simplemente le parecían maravillosos, solo dentro de sí sabía el por qué. Con un espíritu más relajado, se dio el tiempo necesario para saludar a cada uno de los presentes.

Los últimos párrafos de una hermosa historia se llevaban a cabo en ese momento, se sintió aliviado porque alcanzó a escuchar el final. Todos quedaron maravillados ante aquel relato, luces y sombras, a cada uno le reflejaba cosas distintas, unos reían, otros lloraban, excepto uno, sintiéndose abrumado por su retraso, anhelaba poder escuchar la historia completa. Salió de su ansiedad al escuchar –no te angusties, la historia es circular- No fue suficiente para calmarlo, era necesario reconstruir la historia de principio a fin, lineal; a eso estaba acostumbrado.

El fin del encuentro se acercaba, el hombre del sombrero bebió la ultima gota, dedicó unas breves palabras y con su sombra se alejó. La pareja nueva, la fresca joven marchita desaparecía entre los brazos de su acosador quien se relamía los labios. Un cigarrillo veía su fin en una boca tatuada de palabras ajenas, aquella mujer se iba con las manos vacías nuevamente. Busco una mirada de compañía, posó sus ojos en un rincón, el hombre del sombrero le hizo un además de acercamiento, su mirada se transformo de sombría a eufórica, sigilosamente caminó hacia él, arrejuntó su cuerpo contra aquella figura, el hombre del sombrero, entrecerrando los ojos, dijo en voz baja: -La tinta no traspasa la piel, no hay nada más que hacer-. Solo un instante para cambiar su faz, de radiante a deshecho y de nuevo impávido, no se permitía mostrar debilidad, presurosa se alejó y se perdió en la negrura nocturna. Su mirada la delató.

Todos se despidieron, no estaban seguros de volver a verse, habían muchos silencios guardados, poco se sabían, algunos se acompañarían en otras tardes, quién atendería otro llamado, o cómo lo harían era un enigma. Quizá un sitio distinto, una hora opuesta. Se tendrían que leer nuevamente para descifrar otro encuentro, dolorosamente extraños que se reunían a ratos.

Unas manos se reencontraban, y se alejaron inciertos de lo que vendrá.

Un grupo de entidades distintas que cada noche se reunían en el mismo bar, los meseros se sorprendían todos los días ante aquellos personajes, sin duda, lo más raro que visitaba aquel lugar, si bien la rutina del grupo era la misma cada tarde, no dejaban de preguntarse si eran los mismos que llegaron la primera vez.