Me sorprendió primero su relativa independencia. No deja de ser paradójico  que considerándola íntima sea, a la vez, un poco menos parte del cuerpo que el resto del cuerpo, que sea, en algún sentido, otro cuerpo.

Y es que incluso te referías a ella como si hubiera que seguir sus ritmos –espera… aún no se baja. Casi otro individuo en lo más íntimo del individuo. Casi, pero no del todo. Y era encantador que tu cara se alterara para recordárnoslo, que tus gestos fueran los que constataran que, al menos por un momento, el centro ya no estaba en el cerebro. (“Amor mío tu rostro querido, no sabe guardar secretos de amor, ya me dijo que estoy en la gloria de tu intimidad.”)

Después reparé en sus transformaciones. Diferente de la mano, de sus movimientos pensados, voluntarios. Distinta del corazón y sus latidos rítmicos más allá de toda decisión. Entre un movimiento y un ritmo, sin ser ninguno o siéndolos ambos. Movimiento de piel, ritmo de sangre, para que algo completamente distinto aparezca. Metamorfosis.

Aquí no manda tu voluntad, aunque no deje de estar. Transformación necesitada, anhelante; pues no basta una voluntad, no basta. La metamorfosis nos convoca a ambos. Encuentro de voluntades, eso es. Mutua penetración.

Pero a veces olvidabas todo esto, y hablabas de ella como si se tratara de un instrumento de poder, de un símbolo, de una metáfora…demasiado psicoanálisis. Olvidabas entonces, a pesar tuyo, que su devenir, su posibilidad de penetrar, eso que llamabas su poder, si bien no era voluntario tampoco era una voluntad.

Tal vez, creyéndola independiente y sustancial,  la escribirías con mayúscula –y muchos otros lo harían también-, si escribieras su nombre con más frecuencia. Y su mayúscula terminaría por asustarte, te cansarías de esa solemnidad, de esa grandilocuencia.  Entonces, yo intentaría para nosotros el siguiente conjuro: mostrarte las pequeñas vibraciones, las lentas conjunciones, los cambios paulatinos de temperatura, las humedades, los temblores… todo eso que no es de ninguno ni es independiente. Te lo mostraría intentando que aconteciera. Y así, quizá, tu rostro nos recordaría que la verga es algo de lo que casi podemos hablar sin tratar de nosotros. Casi, pero no del todo.

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