Me ha asaltado el desasosiego, si fuera un bajel sin duda zozobraría. Yo ya no puedo más. Mi fino talle y mis delicados movimientos hoy quieren ser sólo tuyos. Seré tu isla virgen, el terreno inexplorado que aunque muchos otros marinos se empeñaron en recorrer, ninguno fue bien recibido hasta el muelle. Caminarás por mis selvas, beberás el agua de mi río, recostarás tu cabeza en mis blancas costas y te cobijarás bajo la luz de mi faro. Mi cintura será tu bravo mar donde navegarás sin tropiezo, mis manos serán las estrellas que guiarán tu navío, mi cabello simulará la profundidad de la noche oscura y mi sexo será tu desembarcadero, a donde rendido por el oleaje llegarás impaciente. Mi puerto está fresco y sereno, pretende recibirte muy cálidamente.

Esta noche seré tuya, toda tuya.

Antes de partir de tu inquieta región has envergado tu velero, gustaste el combustible y has puesto próximas a ti las herramientas necesarias para tal aventura. Estás dispuesto a embarcar, has tomado el timón y te has arrojado a mar abierto. Pareces seguro pero tu exaltado semblante te delata, me confiesas que ir aguas adentro y varar en una tierra jamás pisada, te resulta arriesgado y por ello sumamente excitante. A la voz de: “vergas en alto” has entendido que estás pronto para navegar en mí.

Comienzas la singladura, como dos elementos necesarios para la construcción de algo sublime nos hemos entendido mutuamente, pues tu velero se muestra amable con la inmensidad del Mar; tu quilla se adentra en el agua, ostentosa y dominante. Ya en el piélago tu confianza comienza a acrecentarse, las velas, la proa y popa, todo se encuentra en su lugar. Tu verga asegura el grátil para navegar sin inconvenientes con rumbo meridional, nos hallamos irracionalmente armónicos.

Con un movimiento ágil la corriente te lanza allende el mar a tierra firme, vislumbras el muelle y entonces no piensas en otra cosa que en desembarcar. Las maravillas fantaseadas de un atolón yermo hacen que tu ímpetu se ensanche. Sin vacilación y con bastante sutileza penetras en mi malecón. La marea se agita, sube y tu goleta se deja arrastrar hasta mi playa, tu verga se desanuda y se sueltan las velas. Nos dejamos enjuagar por el torrente incesante de aguas tibias, nos empapamos gratamente por el vaivén de la ola que nos empuja. De estribor a babor recorro tu embarcación, de norte a sur trajinas mi riada. Nos sumergimos en nuestra pasión, nos ahogamos en nuestro placer.

Ahora estamos solos, tú y yo.

Tu valerosa barca en mi litoral y la majestuosidad de mi Mar conteniendo tu falúa.

 

La cigarra

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