A causa de mis diarios deberes suelo pasar por muchos lugares, y al hacerlo veo todo lo que los hombres y otras muchas criaturas acostumbran y necesitan, en ocasiones me encuentro con sucesos sorprendentes o dignos de ser contados, también me he encontrado con alguno que otro secreto vergonzoso, recuerdo una ocasión en que a causa de mi trabajo vi cómo una esposa deshonraba el tálamo de un amigo muy cercano a mí. Yo no tenía interés alguno en enterarme de tal cosa, fue a causa de mis deberes que lo supe, y por amor a mi amigo fui a comunicarle su desgracia, la cual acabó con la disolución de su matrimonio. En fin, eso no importa mucho que digamos, al menos a mí no me importa por el momento, para ser sincero me duele mucho más haber perdido a mi hijo como para ocuparme de todo lo que puedo ver a causa de mi trabajo, pues a él tengo vedado verlo.

Este dolor que tengo y que me lleva, quizá de la misma forma en que mi hijo fue llevado por ese carro que no pudo conducir, me acongoja sobremanera, me siento culpable por haber dejado en sus infantiles manos el mando de lo que no podría gobernar jamás. Me hubiera gustado tanto no permitir que cumpliera con el deber que sólo me correspondía a mí cumplir, pero ya no podía hacer nada, estaba obligado a dejarlo hacer su voluntad, aún cuando ésta fuera, por mucho, contraria a la mía.

Recuerdo que al día siguiente después de su pérdida, me levanté a trabajar sólo a causa de que no podía quedar mal con todos aquellos que esperaban que hiciera mi trabajo diario, de modo que sólo me quedan las noches para pensar y para curar poco a poco mi dolor. Sin embargo, hay algo que no me ha dejado en paz, que en lugar de ayudarme a dejar de sufrir me arrastra cada día más a sentirme culpable por la muerte de mi muchacho.

Cierto día, mientras avanzaba tranquilamente por la vía que debo recorrer en mi diaria jornada, escuché a un hombre que decía a otro: “No pierdes nada con prometer, puedes prometer el Sol, la Luna y las estrellas sin comprometerte a cumplir con ello. Prometer no empobrece, pues las palabras se las lleva el viento”. No voy a negar que lo dicho por ese hombre retumban aún hoy en mi cabeza, en cierto modo me parece increíble tanta desvergüenza, aunque también, en algunos momentos, me hacen desear no haber cumplido con la palabra empeñada a mi hijo.

Pero, si pienso bien las cosas, de no haber cumplido a mi hijo lo que le prometí, dejaría de ser lo que soy para convertirme en un mentiroso, mi palabra y mis promesas ya no valdrían nada, con qué cara hablaría ante los demás cuando me pidieran un consejo o cuando me preguntaran algo, pues ya nadie confiaría en lo dicho por mí. Mi hijo me era muy valioso, es verdad, pero de no haber cumplido con la palabra empeñada a Faetón, la luz que llevaría todos los días sería una luz falsa, llena de vergüenza e incapaz de mostrar que en realidad no todos los gatos son pardos, ya nadie creería en lo que hago o digo, y en lugar de curar causaría enfermedades sin fin.

A pesar de todo, es mejor que a los dioses nos sea vedado incumplir con lo prometido. ¡Ojalá los hombres se percaten de todo lo que pierden al prometer y dejar que sus promesas se las lleve el viento!

Maigo.

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