¿Cómo hablar de un poeta tan onírico, atmosférico, difuso y confuso, sin desposeer su obra del misterio y la lobreguez que la hace ser lo que es? Acerca del “Nocturno en que nada se oye” se me ocurren los siguientes caminos: Intentar aventurar una interpretación, buscar la orientación del poema, escribir un jaicú o algo así. Creo que la primera y última no sirven mucho, así que intentaré ubicar el poema y después ver si sale algo interesante, algo medianamente bueno que no resulte en una aberración, en un insulto al poeta, o en un reduccionismo.

Con justicia podemos reconocer en Nostalgia de la muerte[1] la obra capital del poeta zacatecano. En su haber cuenta con numerosas obras de teatro, poemas, críticas y alguna que otra prosa. Sus obras completas son editadas por el Fondo de Cultura Económica y por Hiperion, siendo esta última la versión más cómoda para leer porque no presentan los poemas como chorizo sino que respetan a cada poema poniéndolo en una página independiente. También hay comentarios críticos sobre este poeta y su obra, siendo una de las más completas y sintéticas la de Octavio Paz Xavier Villaurrutia en persona y en obra. Como no tengo la habilidad suficiente para hablar de la vida de este autor, creo que lo más sensato será recomendarles la lectura esta obra.

Sobre su obra es interesante ver que pese a que escribió mucho más sobre teatro, sea nombrado primeramente como poeta. Respecto a su teatro tiene algunas cosas bastante curiosas como un diálogo entre la educación y la cultura, y su versión de Fedra en La Hiedra[2]. El que sea ubicado como poeta antes que como dramaturgo tiene que ver con la calidad de su poesía, misma que a pesar de ser dispersa y reducida en número, es de bastante mejor calidad que sus dramas.

La poesía reunida en su Obras completas está dividida apenas en tres secciones: su poesía de juventud, Nostalgia de la muerte y Canto a la primavera y otros poemas. Villaurrutia no es un poeta explícitamente ordenado ni sistemático, sus primeros poemas no estaban planeados para publicación en poemario alguno, sorprende, eso sí, que ya desde sus catorce años fueran publicados en diversos periódicos y revistas.

Nostalgia de la muerte, tampoco fue publicada de una sola vez, pues como podrá observarse, esta obra está dividida en tres partes (Nocturnos, Nostalgias y Otros Nocturnos) las cuales fueron escritas con años de diferencia. Todavía hay quien tiene la desgracia de comprar la edición de Fontamara, donde solo vienen retazos de la primera y tercera secciones y donde la Décima muerte es solo una cuarta muerte.

Sobre su Canto a la Primavera y otros poemas, me parece que contiene muchos de sus mejores poemas, en el sentido de que maneja imágenes muchísimo más complejas y hermosas que en Nostalgia…, sin embargo, no sé qué me atrae con mucha más fuerza a este. Entre los poemas que continúan de alguna manera su obra anterior destacan El amor condusse noi ad una morte y la ya citada Décima muerte, así como los Epitafios con los que cierra el poemario, clara presencia del pensamiento de Heráclito en su poesía.

Siendo ya inevitable, hay que intentar hablar de lo que caracteriza a su poesía para que lo anterior no quede como mera exhibición bibliográfica. Intentaré caracterizar, aunque sea vagamente, el carácter de su obra poética en las siguientes líneas. Creo que si hay algo que es esencial en su poesía es la forma en la que construye imágenes a partir de ciertas recurrencias. Toma elementos inanimados cuya función principal, lejos de constituirse en símbolos fijos, son tomados como figuración y reflejo de otros para finalmente dar voz a sensaciones que trascienden. Si bien, entre sus versos aparecen frecuentemente estatuas, calles silenciosas, espejos, gritos mudos, partes del cuerpo, sangre, sombras…, lo interesante es la interacción entre estos, lo que nos aparece al paso, o aquello que a la vuelta de la esquina, nos sorprende y que en general: nos asalta. En Nocturno de la estatua, por ejemplo, leemos lo siguiente:

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera

y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,

querer tocar el grito y sólo hallar el eco,

querer asir el eco y encontrar sólo el muro

y correr hacia el muro y tocar un espejo.

Hallar en el espejo la estatua asesinada,

sacarla de la sangre de su sombra,

vestirla en un cerrar de ojos,

acariciarla como a una hermana imprevista

y jugar con las fichas de sus dedos

y contar a su oreja cien veces cien cien veces

hasta oírla decir: «estoy muerta de sueño».

Los primeros seis versos nos muestran de una forma muy extraña la pertenencia difusa de un elemento con el siguiente. La búsqueda desesperada nos revela de una manera más que elocuente la imitación de la angustia, nos presenta su forma. La estatua, que a través de varios poemas sirve a Villaurrutia para simbolizar al cadáver, lejos de ser alcanzado es reflejado por el grito, el eco y el espejo. No constituye una metáfora de identificación entre cadáver y estatua, sino que abre un abanico de posibilidades a partir de estos reflejos. Villaurrutia no pertenece al conjunto de poetas que cantan al ser representándonoslo, sino presentándonos atmósferas, si acaso esta diferencia es válida.

¿Qué angustia más grande habrá que la búsqueda estéril? Cada verso de este poema, a excepción del segundo y último, inicia con verbos, acciones que lleva a cabo el buscador desesperado, y solo en la última, su propia muerte abre la boca para escucharle decir que muere de sueño. Nada sino el reflejo, el sueño y la reflexión. No hay calle ni muro ni grito, nada que no esté en el espejo, que no haya salido de su sangre. Una reflexión en el más originario sentido de la palabra, reflexión que en lo cerrado e individual de la muerte y del sueño no se sacia.

A pesar de los temas, de los lugares comunes, no cuesta mucho trabajo ver que Villaurrutia no es un surrealista. Si bien puede que su poesía sea en cierta medida respuesta a este movimiento, también es notoria la postura tan distinta. No hay pretensiones de carencia de orden, tampoco escrituras automáticas ni versos que suenen a escandalosos gongs chinos, cuando un verso de Villaurrutia grita es porque nosotros le hemos prestado las cuerdas vocales, cuando hay un juego de palabra, este se encuentra justificado. Su poesía parece poner sobre la mesa la pregunta por el lugar del hombre contemporáneo, y por tanto su extravío, si no se vio con claridad en el anterior poema, puede percibirse en el que ahora nos ocupa, Nocturno en que nada se oye:

En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen

sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte

en esta soledad sin paredes

al tiempo que huyeron los ángulos

en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre

para salir en un momento tan lento

en un interminable descenso

sin brazos que tender

sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible

sin más que una mirada y una voz

que no recuerdan haber salido de ojos y labios

¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?

Y mi voz ya no es mía

dentro del agua que no moja

dentro del aire de vidrio

dentro del fuego lívido que corta como el grito

Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro

cae mi voz

y mi voz que madura

y mi voz quemadura

y mi bosque madura

y mi voz quema dura

como el hielo de vidrio

como el grito de hielo

aquí en el caracol de la oreja

el latido de un mar en el que no sé nada

en el que no se nada

porque he dejado pies y brazos en la orilla

siento caer fuera de mí la red de mis nervios

mas huye todo como el pez que se da cuenta

hasta ciento en el pulso de mis sienes

muda telegrafía a la que nadie responde

porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.


A través del primer tercio de líneas podemos experimentar una clase de vértigo, de caída libre por la cual el poeta se precipita. Si no se ha notado antes hay que explicitarlo: su poesía se presenta siempre (o casi siempre) en primera persona. En la más plena soledad y con esa ambigüedad de los reflejos que ha sido descrita anteriormente. Como decía, en este primer tercio, se nos presenta la posibilidad de la muerte, del sueño, del extravío, de la soledad, más que entremezcladas, reflejadas entre sí. Es decir no siendo partícipe una de las otras, sino dejándo abierta la pregunta de hasta que punto una tiene algo de la otra.

El poema podría seguir con el vértigo de la caída hasta llegar al inicio del segundo tercio, lo que interrumpe esta y nos deja en suspenso no es directamente el par de preguntas, sino el sobresalto de dos líneas anteriores. La caída no deja de ser caída, pero sí adquiere un matiz interesante en el momento en que se mencionan la voz y la mirada, la dilución de estas para dar paso a los ojos y los labios. Ni remotamente es una cuestión de asociar la abierta significación de voz y mirada con su fundamento, sino más bien traer a cuento aquellas cuatro situaciones con las que comenzó la caída. No hay voces ni miradas en la muerte, en la soledad, en el extravío ni en el sueño. La pregunta introduce un nuevo elemento: la duda, y con ello resignifica a las otras cuatro, —hasta insinúa el beso—. El clímax de esta caída –si es que se permite decir esto, y que en este caso no es un azotón contra el suelo— llega con el desconocimiento de su propia voz[3].

De aquél punto hasta los inicios del juego de palabras, podemos notar que nomás nos falta la tierra para que la alegoría de los elementos esté completa. (Acaso extrañar a la tierra es un cuatro del poeta para que de manera fúnebre pensemos en estar dentro de la tierra como dentro de los otros elementos).

Acerca del juego de los espejos, evitaré comentar la recurrencia de esta imagen en la poesía en español, pues creo que en estos menesteres de analizar poesía convertiría al presente en una necedad aún mayor. Lo importante es, más bien, sentir lo que nos trae a cuento en este poema. A mi parecer es angustioso por la homogeneidad, el infinito y el vacío que nos presenta.

Con el juego de palabras viene otra ruptura en el poema. El anuncio de que es su propia voz la que cae, rompe con la duda. La voz, cada vez más suya, acrecienta sus fuerzas hasta hacerla quemante. El tiempo, igualmente contrariado, se distiende con la red de nervios. Aparece el darse cuenta, que en Villaurrutia parece no aludir directamente a la claridad de la situación en que se encuentra sino a la monotonía, a la idéntica sucesión de los momentos.  Los espejos encontrados son al espacio, lo que el darse cuenta un ciento es al tiempo. De este modo su poesía se circunscribe a un fenómeno universal desde la más absoluta individualidad, al problema del lugar del hombre contemporáneo desde la soledad en que se encuentra. No al absurdo, sino a la angustia es a donde se llega desde la ausencia de valores, y no a la vida sino a la nostalgia de la muerte, como aquél primer y último paso con que podemos dotar de sentido la existencia. Sin estar del todo de acuerdo con él, me parece que esto es posible siempre y cuando Amar, a fin de cuentas, sea una indolencia…


[1] De entrada la propuesta del título alude a que a pesar de la imposibilidad de experimentar a la muerte, podemos sentir nostalgia por ella, o como decimos extrañarla, sin necesariamente desear la muerte

[2] Si bien no hablaré aquí de ellas, sí abro la invitación al lector que desee revisar La hiedra, ya que tengo ganas de comentarla con alguien.

[3] cosa que recuerda al nocturno grito y con ello a la posibilidad de no ser quienes creemos que somos.