Un poeta que le habla a su muerte resulta una fascinación  a los sentidos dejando ver en imágenes y pausas la vida que cansada de estar enciende el silencio de una lectura sombría y encantadora.

Bajo la muerte que rodea las palabras de X.V. no hay consuelo, su espera no se ve entorpecido por ruido alguno, ni siquiera un respiro del mundo o de él mismo. Él y su soledad se acompañan, contemplan el sitio que se alejará, su soledad que no necesita de encierro, aquella que acompaña a cada paso, al día y la noche, esa soledad de uno y con todos, de lo cotidiano, tal vez de lo absurdo. Atrás se deja el cuerpo, un alma se contempla a sí misma, su antigua herramienta sirve de espejo y se juega a ceder ante la muerte. ¿Qué son miradas que son labios? La muda contemplación de una voz que se exhibe en la mirada.

Las Palabras del poeta no se nublan en absurdas consideraciones lógicas para hablar de su muerte. En su lecho yace y describe su tiempo en este mundo, su voz y su grito queman la fatiga de los pies cansados, brazos desfallecido que sostienen su último aliento .La muerte en vida se cuando la nada se aproxima, se deja contemplar. En ella se sumerge, aquello que fastidia el día a día, sus palabras como su pesar y en su hacer sublime poético que se le a veces y se siente siempre. Se habla de un momento que se padece a diario. El grito rompe el silencio que sólo él puede escuchar, otro que sabe que no hay oídos dispuestos a escuchar su desahogo. Desvelos de un nocturno en el que nada se oye, conversaciones tan íntimas de heridas de un alma que sólo se tiene a sí misma. El sueño se desvanece, proyecta el curso de un día que se parece al anterior, y al siguiente, no hay más que decir cuando el último  suspiro se arrebata.

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