No sé cuánto tiempo llevo caminando bajo este malvado cielo, sólo tengo la impresión que ha sido por días enteros, o por esta noche interminable que, lejos de cobijarme, me cubre bajo su mortaja. Al levantar la vista, de algún modo, no alcanza a sorprenderme la negrura azabache de los nubarrones, sé que hay nubes porque sus contornos se muestran rojos como la sangre. El horizonte, se dibuja claro: interminables campos de trigo se mecen suavemente por vientos indecisos. Más que violentos tensos y calmos.

Cada paso parecía copia del anterior, reflejo del espejo frente a su igual, hasta que me percaté de que  andaba descalzo, pues sentía una arcilla fresca que se metía entre mis dedos a cada paso. No podía ver el suelo pues el trigo me llegaba a las axilas. Después de un rato vi que a la distancia había una roca blanca, apenas sobresaliendo del trigo. Me apresuré a alcanzarla para descansar y limpiar mis pies, rompiendo el mudo diálogo de los espejos.

Al llegar a la roca, esta era lisa, y no menos fresca que el fangoso suelo. Intenté subir de frente, pero no pude, así que apoyé los codos de espaldas y de un salto pude sentarme en la orilla. Me senté con las piernas flexionadas, mis plantas sobre la roca y contemplé por un largo momento, la calma, la quietud, la tranquilidad, y a la vez la violencia: la suave furia, con que se tensaba la maravilla que, ahora sí, tenía ante mis ojos. Los vientos parecían arremolinar aquellas nubes negro y carmesí en torno mío. Exactamente sobre mi cabeza se adivinaba un tenue fulgor de algún astro muerto intentando atravesar los nubarrones –¿una luna llena? ¿un sol viejo?—. El infinito trigal se entregaba a una hipnótica danza árabe, y yo a ella. Después de otro rato comencé a limpiar mis pies, lejos de estar secos, noté una textura extraña: En lugar de tierra y lluvia ¡el fango era de sangre y tierra! Quitaba los coágulos de entre mis dedos en lo que yo creía era una desolación total.

Estaba en eso cuando repentinamente, de reojo, me pareció ver algo blancuzco a mi lado, me volví un tanto nervioso, y la sospecha se convirtió en terror cuando noté que a mi lado se mantenía en pie un grotesco hombre sin rostro. Delgado, ataviado con una túnica blanca y bajo esta una especie de camisa color ladrillo. Calzado con sandalias; manteniéndose en pie, muy erguido. Además del hueco que tenía por rostro, la otra cosa de llamar la atención eran sus brazos, caían a los lados en una postura muy poco común: como si quisiera evitar a toda costa que sus palmas se encontrasen. Ese rostro ¡ese vacío! Era como si su cara hubiese sido esculpida en nieve y luego arrancada por una pala dejando nada sino un hueco. El cráter estaba desde la parte alta de su frente hasta la mitad de la manzana de adán. Volteó a mirarme, no sé cómo, pero sabía que se había vuelto hacia mí bajando la vista. Aquél abismo insondable me miraba y recordé que, como dice el hipocrite, no hay riesgo más grande: pues al mirar directamente al abismo, el abismo también mira hacia el interior de uno. Me sobrepuse a todos mis terrores, y me levanté apartando la mirada de él, solo para fijar bien mis pies a la roca, temblando, y volví a enfrentarlo.

¿Enfrentarlo? ¿Encontrarlo? No sabía siquiera qué pasaría, simplemente comencé a hablarle y, para hacer más grande mi sorpresa ¡Me respondía! Claro que no sabía qué respondía, no proyectaba voz alguna. Bajo los tristes últimos sucesos se puede perdonar que un hombre no tenga nada que decir, pero resulta imperdonable, no a un hombre sino a cualquier viviente, no tener voz. ¿Qué era pues eso? ¿era un demonio? esa posibilidad me calmaba. Seguimos “hablando”, unas veces parecía que me inquiría y otras que me decía algo. No sé por cuánto tiempo habremos intentado hablar, pero después de mucho rato el terror volvía, pues me daba cuenta que si no había real entendimiento, el fingimiento nos hacía iguales.

Bajo esa angustiante perspectiva, ya nada tenía que perder, así que nuevamente voltee a ver al terrible panorama. Mi acompañante hizo lo mismo. Nada perdía pues ya no me quedaba nada, quizá mi hueco era más angustiante y no alcanzaba a verlo, lo cierto es que esos fueron los momentos más tranquilos que tuve, de algún modo no pude percibir los latidos de mi corazón. Vuelto ya nada, podía seguir así por milenios, sin embargo, me resolví a hablar con la extraña figura una vez más: “¿y qué harás con todo esto? ¿pan para tu pueblo? ¿o envenenar con él al poblado de junto, quizás?” Me fue imposible no voltear bruscamente cuando escuché como bofetada que aclaraba su garganta para responderme: ¡veía su rostro! ¿era quizá que estuvo ahí todo el tiempo? Era un rostro grave y adusto, con unos ojos firmes, una nariz recta y aguileña, los pómulos muy altos y las mejillas algo chupadas, sus finos labios –casi tan firmes como su enérgico pero sereno entrecejo— se preparaban a pronunciar algo. Su alargado rostro era tan noble como feroces las huellas de violencia que se apreciaban en su frente, su pómulo derecho y cerca de la yugular izquierda: fieras yagas eran testimonio del paso de dagas. Esos improvisados labios eran casi igual de elocuentes que los naturales… Su rostro, completamente ensangrentado, gesticulaba serenamente mientras me respondía: “Amigo, todo lo que se riega con sangre es venenoso… nada hay nada en el mundo que no se riegue con sangre.”

La sutil pausa en su hablar fue la antístrofa del silencio que reinó de repente en aquél mundo. Ya en paz, contemplábamos el paisaje granate por largo tiempo.

Finalmente me pareció que ya era suficiente, así que le pregunté a mi acompañante –sólo por preguntar, pues ya no me incomodaba caminar ahí— si me regalaría sus sandalias para andar el camino que me faltaba, sonriendo me respondió “¿sandalias? Yo uso tenis” miré y así era. ¡y eso fue todo antes de que me despertaran!

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