“…sé que nunca fuiste mía, ni lo has sido ni lo eres,

pero de mí corazón un pedacito tu tiene’… tu tiene’… tu tiene'”

Willie Colón. Gitana

“Un saludo al ingeniero Martínez y a toda su bonita familia, de parte del Pifas del Molinito… Claro que sí, y que siga la huaracha… aracha… acha… cha”

“¡Sale!”, dijo Eugenia, desorbitando los ojos y evitando que Lily, su prima, notara su mueca. Apenas habían cruzado la estrecha entrada formada por una malla ciclónica maltrecha que limitaba el campo de futbol llanero vuelto mega pista de baile, Lily comenzó a contonear sus hombros y a chispearle los ojos. Sus blusas tenían un brillo extraño provocado por las luces de neón y la diamantina alrededor de los ojos de Eugenia parecía un gran antifaz verde.

El retumbar de un bajo a través de un wafle desconado hacía vibrar los pechos de Eugenia, de manera tal que le incomodaba la extraña sensación de exitación que ascendía como escalofrío por su espalda. “Vente manita. Vamos con los muchachos, mira allá están.” Lily tomó de la mano a su prima y con un jaloncito se encaminaron ambas hasta donde un grupo de chicos y chicas platicaban muy cerquita por el estruendo del sonidero. A grito pelado Lily presentó a Eugenia con sus amigos de la secundaria y de la cuadra. Eugenia estiró la mano a cada uno con cierta desconfianza y repulsión. Esos chavos no se parecían en nada a los de su escuela, el colegio X. Sus amigas no usaban esos flecos embadurnados de gel ni esa ropa de tianguis, y sus amigos no tenían esa sombra de bigote indio ni ese peinado tan pasado de moda.

Agustín fue el último en ser presentado y notó la distancia que Eugenia ponía a cada uno al ser presentados. Con una sonrisa socarrona recibió la mano estiradísima de Eugenia y de un sólo jalón la atrajo hasta darle un beso en la mejilla. “¡Chale! No muerdo… bueno, sí pero bonito”, le dijo Agustín al oído y acompletó una sonrisa burlona. Eugenia se alejó ruborizada sólo un par de pasos y volteó como pidiendo auxilio a Lily, quien con un “uuuyy” cargó pila a su prima.

“Suavecito, suavecito, suavecito. Se baila esta cumbia, una mano va agarrada en la cintura, entre los dedos un pañuelo colorado”

“Bailas” le dijo Agustín a Eugenia. “No gracias, no sé”. “Entons ¿a qué vinistes?”. “Andale no seas penosa” dijo Lily a Eugenia, quien sin saber en qué momento, ya se hallaba en medio de la pista, rodeada de parejas jóvenes y experimentadas que parecían no tocar el piso. El frenesí de alrededor la intimidaba, aquellas vueltas engalanadas y progresiones complicadas le parecían un desorden total, un baile de nacos que a falta de poder entrar al antro se conformaban con bailar sobre la tierra de un cancha. Por que obvio que nunca los dejarían entrar vestidos así a la Gargola o al Blue Sky, a donde ella había ido con Benja, el de la prepa y Monza rojo. Claro, bien arreglada y con cien pesos para que el de la cadena la dejara pasar por su edad.  

Mientras regresaba de su asombro y ensimismamiento, Eugenia se percató que la mano de Agustín ya le rodeaba la cintura y le tomaba la mano con la otra. Frente a frente, Agustín dió un pacito al frente con su pie izquierdo punteando el pie derecho de Eugenia, obligando al pie a retroceder. Eugenia, con sus ojos clavados en el piso, no entendía de qué se trataba. Con la mano en la cintura de  ella, Agustín atrajo el cuerpo de Eugenia hacía él y dió un paso hacia atrás con el pie derecho. “Así nomás, un paso pa’ delante y otro para ‘tras”, dijo Agustín con voz seria y segura. “Es que no puedo, no me sale”, chilló Eugenia con disgusto. Él entrecerró sus ojos como apuntando a los de ella, la tomó con más firmeza y repitió la operación con más soltura. Sin darse cuenta, Eugenia comenzó a bailar y percibió como ese bajo vibrante caía al momento en que el vaivén de sus caderas avanzaban y retrocedían. La sangre le subió por todo su cuerpo y un calor se apoderó de ella. Sorpresivamente Agustín levantó el brazo de ella por encima de su hombro y comenzaba a dar un giro suave, algo torpe pero fluido. Cuando ella tomó confianza y el ritmo le parecía sincronizado con la agitación del palpitar de su corazón, una botella de vidrio impactó la cabeza de Agustín, partiendose en diminutos pedazos que se esparcían junto con el líquido en su interior.

“Por favor señores la música no va seguir si no sacan a los peleoneros… leoneros… neros”

La bandita de Lily y Agustín, hombres y mujeres, se avalanzaron sobre el Sapo, quien le traía ganas por la envidia que le tenía por ser buen bailarín -eso decían las amigas de Lily- y en un dos por tres ya lo tenían enconchado dándole una patiza. Los guarros de la puerta en seguida pararon la acción, levantaron al sapo y lo llevaron hasta la sálida. A la bola de escuincles de secundaria ya nadie les dijo nada y se aprestaron a contener la sangre que brotaba de la frente de Agustín. Eugenia en shock, no se había movido ni un milímetro en todo el transcurso de la gresca, con su mano derecha alzada y la izquierda a la altura del hombro de Agustín pelaba unos ojos de miedo y confusión. Agustín, con una playera en la frente parando el sangrado, se acercó a Eugenia y sin música a altos decibeles le dijo con voz reconfortante: “Ya vez como sí sabes bailar. Ya se te va quitando lo fresita”.