La metamorfosis de los conceptos bueno y malo.

Se tiene la creencia de que se puede criticar el modelo moral actual por el hecho de que cada vez más se va haciendo obsoleto, rezagado del “progreso” social, este modo de querer romper el molde, se debe a las nuevas respuestas científicas y tecnológicas que imprimen una gama de nuevas “causas” que explican el actuar. Es por eso que cada vez, nos alejamos más del análisis de esto que se pretende derribar, es por esa razón que he decidido exponer cuales fueron los pasos con los cuales la concepción de bueno y malo se desarrolla. El camino que seguiré para esclarecer esta perspectiva, será a partir del sub-apartado: Doble Prehistoria del bien y del mal, contenido en Humano demasiado humano, así como tambien apoyaré la argumentación en el tratado primero: Bueno y malvado, bueno y malo; de la obra Genealogía de la Moral. En ambas obras, Nietzsche, nos muestra los criterios de valoración que se han tomado para dar un juicio en torno a lo bueno y lo malo, criterios que trataré de analizar en el presente escrito.

De inicio debemos apuntar la atención hacia el por qué los conceptos bueno y malo se han contrapuesto, tomando como referencia la entrada del cristianismo, la cual, veremos como se desarrolla y que factores influyen para su intromisión y las consecuencias que se ven reflejadas en la actualidad. Esta referencia se debe a que desde esta perspectiva, la doble prehistoria, manejada por Nietzsche toma fuerza y se hace presente. Pero, para esta aclaración tenemos que remitirnos al texto: “El concepto de bien y de mal tiene una doble prehistoria: es, a saber, primeramente en el alma de las razas y de las castas dirigentes.”[1] Hasta donde creo entender, en esta frase, el llamado que se hace es a marcar los atributos pertenecientes a ambas posiciones, antes de que se llevara a cabo la ideología de igualdad, compasión, amor al prójimo; la sociedad daba por asentado la supremacía de un cierto numero de hombres a los cuales una jerarquización mayor les era absolutamente necesaria, debido a las acciones que realizaban conforme a su estirpe. Lo cual sin lugar a dudas, marcaba las posiciones entre ambas clases, pero, cuáles son los atributos de los cuales gozaban las castas dirigentes, a qué nos referimos con esto, es el siguiente punto a tratar.

En la obra, Genealogía, el autor nos deja observar que el concepto de bueno, deriva de una metamorfosis conceptual, en torno a lo que era entendido por noble, entendido desde un sentido de estatus social, es decir, un aristócrata, aquel personaje perteneciente a una escala superior de la sociedad. Aquellos que nacían en una familia, con un prestigio, una solvencia económica considerable, casi afirmando que no tiene preocupaciones para un desarrollo social y vital. Básicamente enfocado a la conservación de su rango, y en el mejor de los casos, elevarlo. En este desarrollo del individuo aristócrata, se derivó hacia un sentido ya no estatal, sino anímico, debido a su estado privilegiado, o elevado, sin necesidad de preocuparse por aquello que subsistía en un rango menor que el suyo. Paralelamente a este concepto de bueno, se desarrolla del sentido de un hombre perteneciente al vulgo, el plebeyo, derivando así lo que se llamó malo. [2]De nueva cuenta encontramos que para derivar estos términos, debemos situarnos en una situación de estado, pero con miras hacia un nivel de jerarquización bajo. Es decir, aquel personaje perteneciente a una gama de problemas que conllevan a una necesidad de conservación, más tortuosa, y con menores posibilidades de satisfacción.

En esta visión podemos notar primeramente las modificaciones de los términos desde una perspectiva estatal y de cómo este modo de vida es desde ambos casos llevado hacia el ámbito moral, puesto que estos son modos de vivir, de un lado con mayores posibilidades de satisfacción, con acciones enfocadas a una finalidad meramente individual, es decir, acciones que permiten el bienestar del individuo que las realiza, su conservación, su obtención de placer en mayor medida, casi necesario. Contrario, el modo de vivir del plebeyo, el cual realiza mayor esfuerzo en su propia conservación, y las acciones que realiza para esta finalidad, son siempre ligadas a un estado servicial, única manera para alcanzar la satisfacción de necesidades básicas.

Pasemos a otro aspecto importante para la exposición de este tema, para ello me remito al texto de Humano…, “Se pertenece, en calidad de bueno, a la clase de los buenos, a un cuerpo que tiene espíritu de cuerpo, porque todos los individuos están ligados entre sí por el sentimiento de la represalia. Se pertenece en calidad de malo, a la clase de los malos, a un revoltijo de hombres avasallados, impotentes, que no tienen espíritu de cuerpo. Los buenos son una casta, los malos una masa semejante al polvo.[3]

Si bien, hemos expuesto los conceptos de bueno y malo desde un ámbito social, ahora, debemos ir más allá, y observarlos desde la perspectiva de un tanto primigenia, apoyándonos en el argumento nietzscheano enfocado al llamado: espíritu de cuerpo, el cual podemos encontrar en situaciones épicas, donde la naturaleza de los individuos marca la pauta para abordar de una manera palpable la jerarquía entre fuerte y débil, esto como principio. Hemos visto que las castas dirigentes, dado que su desarrollo tiene mejores condiciones, por lo cual, es más fácil encontrar en este grupo, individuos con una condición física favorable para una batalla, tomando tambien en cuenta que tiene mayores posibilidades de cultivar su cuerpo, otro aspecto, más allá del físico son, las capacidades que posee este individuo para enfrentar una batalla y conservar su vida, esto tiene que darse de igual manera, por una valoración de la misma, una valoración hacia si mismo, que debe ser mostrada ante el oponente. “Los juicios de valor caballeresco-aristocráticos tienen como presupuesto una constitución física poderosa, una salud floreciente, rica, incluso desbordante, junto con lo que se condiciona el mantenimiento de la misma, es decir, la guerra, las aventuras, la caza, la danza, las peleas y, en general, todo lo que la actividad fuerte, libre, regocijada lleva consigo.”[4] En oposición esta aquel hombre que, no tiene una condición física propia del combatiente, no muestra interés en un cultivo de su cuerpo, sea esto, bien por el medio en el que ha nacido, en el cual, los aspectos que favorecen al primero, quedan anulados por las condiciones de vida del segundo, por ende, su naturaleza se muestra débil, y se ve vencido, avasallado, destruido.

La naturaleza tanto estamental, física y anímica, de clase dirigente, busca una que combata ante el de manera similar, es por eso que de nueva cuenta, los criterios de valoración de bueno y malo, se ven modificados de nueva cuenta, podemos apoyarnos con el siguiente párrafo: “A quien tiene el poder de pagar con la misma moneda, bien por bien, mal por mal, y así lo hace en efecto, a quien, por tanto, ejerce agradecimiento y venganza, se le llama bueno, que en impotente y no puede pagar con la misma moneda, pasa por malo.[5] Aquellos que nacían en un ambiente aristocrático, estaban continuamente estimulados por los privilegios por los que no tenían necesidad de sufrir, es decir, estaban a su completo alcance. Como se mencionó anteriormente, las acciones que realizaban eran enfocadas hacia ellos mismos, hacia la conservación de sí y mantenimiento de lo que ya gozaban. Su afán de represalia, era con miras hacia una lucha en la que salieran vencedores frente a un ser semejante, en eso consistía su actuar, su satisfacción y de ahí, su felicidad.[6] Este tipo de hombre, no podía concebir una separación entre acción y felicidad, el placer de sentirse superior, era a partir de él mismo, él busca, encuentra y vence. Quizá, razón por la cual, veía con desdén a aquel que podía oprimir con facilidad, aquél que no representaba ningún reto a su naturaleza, ese individuo débil, no entraba siquiera en consideración para el perteneciente a la casta dirigente. Por el contrario, el individuo perteneciente al vulgo, los momentos de “felicidad” que obtiene, son por medio de un estado de pasividad, debido a la impotencia que le caracteriza, su naturaleza mezquina, le obliga a luchar contra demonios que él mismo ha creado, su “paz” la encuentra cuando tiene un momento de relajación, cuando no tiene que moverse para sentirse bien, para este tipo de individuos, la felicidad es descanso, la felicidad es un momento sin emoción, un momento en el cual, no tiene que hacer nada, cuando puede descansar. No tiene que retar nada, ni a sí mismo, prefiere un letargo a una afrenta, se conforma con una situación tranquila.

La situación en la que se encuentran estos personajes, tendrá necesariamente un desenlace que transformará los criterios de valoración de manera drástica, la cual se deja ver intensamente, en la rebelión de los hemos llamado hasta ahora débiles. Habrá que preguntarnos, cuál es el móvil de dicha rebelión, y para intentar responder esto, debemos recurrir a ese resentimiento engendrado y creciente en el alma de las razas,  bajo la idea de una igualdad entre individuos, un bien común, se esconde el sentimiento de odio, un afán egoísta que mueve al oprimido que es ahora conciente de su superioridad en número, y de que aquél a quien obedece necesita de sus servicios, he ahí donde comienza a maquinar la manera de implantar esta idea en aquellos que lo acompañan en su desventura. Su lema: la unión hace la fuerza, viéndose como impotente de manera individual, enfoca este odio, como reacción, se apoya en los otros iguales a él para llevar a cabo su cometido, se crea la ilusión de que saldrá vencedor, y que mejor que la invención de un ser supremo amoroso, que protege a los desvalidos, un ser que da amor, que da protección, una imagen superior que no desprecie como lo hace el de casta dirigente. Una ideología necesaria, para intentar justificar su pobreza de espíritu. Crear una moral apropiada, una moral de engaño para evitar el dolor de sentirse menos.

Es así que, la idea de igualdad, derivada de este resentimiento, modifica sus padecimientos como, humillación, desprecio, se convierten en símbolos de lo malévolo, si no me toma en cuenta, es malo, si me humilla, es malo. El egoísmo de los poderosos es ahora visto como un símbolo de maldad, puesto que el hombre como ser social, necesariamente debe relacionarse de manera respetuosa y agradecida sin importar el rango al que se pertenezca, para crear un ambiente de armonía, sin recelos, dónde todos deben ayudarse mutuamente, idea que ha tomado fuerza a través de los tiempos. El oprimido pretende de esta forma, subsistir cómodamente, con más momentos de pasividad que es lo que satisface su ser. Las figuras heroicas de origen noble ahora son transformadas como villanas, un ejemplo, la metamorfosis, desde esta perspectiva oprimida, de Aquiles, que es visto como villano, asesino, vil, sin compasión, el que no perdonó la vida de Héctor, el que utilizaba su fuerza para causar dolor.

La ilusión de no sentirse menos, de evitar a toda costa sobrepasar sus propios límites, su cobardía ante la búsqueda de nuevas alternativas, su conformismo de ser visto como el desvalido, como el infeliz, como el digno de lástima, su creación moralista a partir de estos supuestos, es lo que le permite verse reflejado en los demás, crearse esa ilusión y salir ileso de ella. Es así como una raza de envenenados, enferman los criterios para juzgar que actos pueden ser considerados buenos o malos. De esta manera es como logran una marginación de las castas superiores, atribuyendo que sus actos egoístas, malgastan la convivencia y la armonía, este modo de ser en masa, de no hacer distinciones, de no enfrentarse a nada, una valoración de fuerza desde una perspectiva compasiva. Ahora es como se obtiene la idea de que, aquél que soporta más golpes tiene mayor puntaje en la escala, los aguanta sin quejarse, ser avasallado es la nueva fuerza. El sentir empatía con el que sufre, tener lástima por él, es uno de los narcóticos donde se refleja de manera más abierta esta mascara que cubre al egoísmo, se esconde bajo el argumento de amor al prójimo, para no ser juzgado por sentir placer en la superioridad.

Hemos visto hasta ahora, el cómo se han juzgado los actos buenos y malos, enfocados en estos dos modos sociales, la moral que se mantiene es sin duda el efecto de esta creencia de que se puede conceptuar por medio de ellas, por el hecho de querer afirmar que las acciones realizadas se pueden justificar sólo mediante estas perspectivas. Es por eso que, la metamorfosis de valores, cayó necesariamente en el error. Se ha observado que los que se llamaron superiores, han quedado relegados, lo cual, parece contrario a ellos, el vulgar en una jugada astuta, quedó como el vencedor. La omisión de análisis de las acciones emprendidas por cada uno de estos extremos ha originado esta doble prehistoria de la moral. El catalogar, o jerarquizar a los individuos por medio de una visión inmediata de actos, ha dado pie a una ilusión del hombre por creer que desde esta perspectiva de lo inmediato puede ubicar su modo de ser en alguno de estos extremos, es, quizá más sencillo atribuirnos particularidades generadas de una comparación a tientas, que adentrarse en el análisis de lo que movió el actuar que tomamos como modelo.

Nuestra moralidad actual ha crecido en el terreno de las razas y de las castas dirigentes.” [7]


[1] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, Biblioteca EDAF, México, 2003. Pág. 74.

[2] Cfr. Nietzsche, Friedrich, Genealogía de la Moral, Alianza Editorial, Madrid, 1995, Pág., 33.

[3] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, Biblioteca EDAF, México, 2003, Pág. 75.

[4] Nietzsche, Friedrich, Genealogía de la Moral, Alianza Editorial, Madrid, 1995, Pág., 38.

[5] Humano demasiado humano…,  Pág. 75.

[6] Cfr. Genealogía…., Pág. 44.

[7] Humano demasiado humano…,  Pág. 75

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