Abrí los ojos, me dolía la cabeza. Mi boca sabía dulce.

No sé cuánto llevaba allí tirado, ya estaba oscuro y un pequeño charco de sangre circundaba mi cuerpo. Me asusté mucho, me incorporé dificultosamente y pensé en buscar a Eva; por alguna extraña razón sentí una imperiosa necesidad de verla.

Algo en el jardín había cambiado a tal grado que me sentí un foráneo, todo me parecía mezquino, sucio e irreal, las cosas no eran siquiera semejantes a como las recordaba; de momento no le di importancia y apresuré el paso, quería llegar hasta nuestro lecho. Llegué y, sin voltearme a ver, Eva me preguntó si había osado en comerlo, consideré mentirle pero algo me decía que sabría la verdad. La sabía.

En el presente el destierro ha dejado de dolerme, un sinnúmero de vientres me han enseñado cosas deleitables y placenteras. Así vivo a veces, a merced de la satisfacción pasajera que alguna varona pueda ofrecerme. Esporádicamente me vuelvo al Edén y acaricio a Eva, me quedo con ella por un rato pues su abrazo me da la sensación de seguridad y desahogo que tanto necesito ahora. Así es a veces mi otra vida, la que regresa al jardín cuando hace falta.

Dios dice que no debo estar allí, morí. Murió el Adán que Dios había engendrado.

La cigarra

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