“Busco un lugar en esta ciudad donde esconderme de la corriente que me lleva”

Jarabe de palo

Hacía aproximadamente cuarenta y cinco minutos que él había entrado al salón. Era la hora acostumbrada en que se daban sus encuentros, pero ella aún no llegaba, según le habían informado. Se sintió ansioso. ¿Acaso no llegaría? Por cualquier motivo podía haberse quedado en casa a descansar, o ido a algún otro lugar a trabajar. Permanecer en el mismo lugar mucho tiempo podía haberla hartado, como en otras ocasiones, y justo ese sería su primer día de ausencia. Quizás no volvería en mucho tiempo.

Preguntó si alguien la había visto o conocía su paradero. Las respuestas recibidas no tranquilizaron su alma. Nadie sabía el motivo de su falta; aunque a nadie extrañaba pues ella era muy impredecible y no se llevaba bien con casi nadie en ese lugar, al cual había llegado una semana atrás.

Lo más inquietante era su charla del día anterior. Se había dado un malentendido entre los dos. Al principio no le dio importancia, pues no había sido la primera vez que algo así ocurría. La comunicación siempre había sido difícil. Por un lado el exceso de sofisticación en las palabras de él y, por otro, la costumbre de ella de no poner atención a lo que los hombres le decían en los lugares en que trabajaba, debido a las palabras vacías y repetitivas que se manejaban en ese ambiente, lo complicaban todo. Parecía que los únicos momentos de acuerdo entre ellos era cuando no mediaban las palabras. Él había confiado en que superarían el malentendido y seguirían adelante. Pero ahora, al no saber si la volvería a ver, no supo qué esperar. Aunque, ciertamente, esperaba que ella llegara, y estuviera con él. Lo cierto era que esta vez no podría permanecer mucho tiempo en ese lugar, pues al otro día tenía que ir a una reunión importante, que determinaría su futuro en la empresa en la que laboraba, pero tenía que verla, aunque fuese un instante solamente.

Otra posibilidad, efectivamente, era que a ella se le hubiera hecho tarde. No sería la primera vez, y como él no le hubo avisado que iría otra vez ese día, esa algo muy posible. De ser así, ella no tardaría mucho en arribar. Eso le hacía conservar algún dejo de tranquilidad. Lo cierto era que, si no llegaba, él no sabría en dónde buscarla ni cómo encontrarla. La habría perdido. ¡Su mundo se derrumbaría entonces!

¡Su mundo se derrumbaría! ¿Tan grandes consecuencias acarrearía su ausencia? ¿En verdad había llegado a significar algo más importante que su mujer, que sus dos niños? ¿Cómo era posible? Nunca antes hubo sentido algo parecido por nadie, lo cual lo asombraba. Pero en lo profundo de su ser sabía que sería así. En verdad sentiría que su mundo se haría pedazos sin ella: al parecer el amor había hecho su trabajo sobre él. Era claro. Lo cierto es que era la víctima de una ilusión que, muy en el fondo, sabía que era mentira: eso no era amor, sino simplemente un modo de escape. Él estaba consciente de ello, pero, ilusión o realidad, el sentimiento de pérdida sería verdadero, y la desolación lo acabaría.

En ese instante, ella entró al salón. Caminó entre las mesas para dirigirse al vestidor, cuando lo vio al otro extremo del lugar. Al hacer contacto las dos miradas, las dudas desaparecieron y él supo que estaba en lo correcto al haber ido. La saludó cariñosamente con un abrazo y un largo y ansioso beso, al que ella correspondió felizmente y con la misma pasión, para luego de un rato retirarse como usualmente lo hacía cuando tenía algún compromiso al día siguiente. Él podía estar tranquilo y ella segura de que todo permanecería igual. Ya se verían en otra ocasión.

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