“Llevo semanas pensando qué hacemos aquí

Creo que ya no me acuerdo si algún día fui feliz

Nunca tuve tanto frío, frío estando a tu lado…”

Jarabe de palo.

¿Cómo puede  decirme eso? ¿Cómo se atreve a hablarme de infidelidad cuando hace mucho tiempo que ya no hay amor entre nosotros? ¿Cómo es posible que apele a veinticinco años de lealtad por parte suya, cuando desde hace más de la mitad del tiempo que ha transcurrido entre nuestro fallido matrimonio no da muestras de interés por nuestra relación o por su supuesto amoroso producto: la pequeña Sofía?

Es cierto que éramos muy jóvenes. Es cierto que no sabíamos lo que estábamos sintiendo y que nos ganó la locura. Es cierto que no pensamos a la hora de unir nuestras vidas: y los primeros años tuvieron su encanto, su magnífico encanto. Eso es cierto, pero también es cierto desde un par de meses antes de que naciera Sofía, todo eso ya se había terminado. Ya no estábamos juntos más que por costumbre. Nos acostumbramos el uno a la otra y continuamos aferrados a esos jóvenes años de apasionamiento, pero ya nada quedaba de todo eso. Nuestro amor está muerto desde hace mucho tiempo, pero eso era algo que habíamos logrado ignorar, pues cada uno de los dos se entregaba a la hipocresía. Esa hipocresía que nos daba la seguridad de no entrar en problemas, de mantenernos distantes fingiendo que seguíamos enamorados, aunque siempre supimos que no era así.

Todo se complicó con el arribo de Sofía, el regalo más hermoso que pudimos obtener de nuestra vida. Ambos la amamos desde el primer momento, y eso contribuyó a que se mantuvieran las apariencias. Sin embargo, ahora que Sofía ha crecido unos años, que ya volvimos a poner atención en nuestra unión, en nuestra relación, es evidente para ambos que no hay nada. Todo se ha mantenido entre nosotros tan sólo por factores distintos a nosotros dos. Una vez quitado el velo ajeno a los dos individuos, pudimos ver sin obstáculo la farsa en la que habíamos estado viviendo, sólo que ahora había una tercera persona involucrada. Cualquier decisión la afectaría irremediablemente. El divorcio no es una solución, pues, conociéndonos a ambos, nos aferraríamos a que tenemos la razón y terminaríamos lastimando a nuestra hija. Lo más lógico es continuar con la vida tal como la hubimos llevado antes de la llegada de Sofía, fingiendo amor, fingiendo interés. Esa sería la única salida saludable.

Yo siempre creí que ella estaba de acuerdo conmigo, en que lo mejor era evitar hacerle daño a Sofía, y aguantar hasta que tuviera la edad suficiente para que no le afectase tanto nuestra ruptura. De hecho yo siempre pensé que había alguien más, pues parecía evidente, por su manera de comportarse cuando estaba conmigo. Con eso en mente, por fin me animé, apelando al supuesto acuerdo tácito entre los dos, para buscar la felicidad con alguien más. Por fin me he animado, el mes pasado, a comenzar algo con otra persona, y me pareció haber encontrado algo con I.

I y yo comenzamos a salir desde hace tres semanas, aquella noche que la conocí en ese lugar del centro. Ella me había dejado claro que no le interesaba buscar pareja, pues ella tenía novio, con quien había acordado llevar una relación sin ataduras, pero con el compromiso y la fidelidad más intensa que pudiera haber. Su fidelidad iba más allá de la concreción absurda de lo corpóreo, pues sus vidas estaban ligadas de otra manera, por lo que podían “distraerse” y saciar sus apetitos de diversidad con quienes ellos quisieran. Ella me había encontrado interesante y simpático, por lo que aceptó iniciar una serie de encuentros conmigo, para ver si alguien tan mayor que ella (I cuenta con tan sólo 24 años) podía provocarle alguna sensación interesante, pues los veinteañeros ya la habían cansado.

Nuestros encuentros se habían estado dando sin complicaciones. Nos veíamos cada tercer día para dedicar una tarde completa a actividades de fornicio deliciosas. Todo estaba tan bien que hasta mi rostro cambió, para bien de mi representación, y para beneficio de Sofía, pues me mostraba más cariñoso y atento con ella (de manera contraria a la actitud distante que me había caracterizado desde un tiempo atrás).

Todo marchaba perfecto: mis encuentros con I no podían ser mejores ni menos convenientes para ambos, y la relación de ella con su novio era inmejorable, pues mi participación había desembocado en un incremento de goce entre ellos dos, o eso me decía ella. En cuanto a Sofía, ella estaba feliz, pues su relación conmigo se había vuelto más cordial que nunca. En cuanto a mi mujer, según yo, estaba completamente inmersa en una de tantas relaciones que según yo iniciaba con cualquier extraño que le pareciese mínimamente interesante o adecuado para la satisfacción de sus deseos, pues no daba la más mínima muestra de interés por recuperar la cercanía entre nosotros.

Con todo, el día de ayer, cuando yo regresaba a casa de uno más de mis encuentros con I, mi mujer me alcanzó antes de doblar la esquina que me llevaba directamente al edificio en cuyo interior se encontraba nuestro apartamento, para decirme que había sido “testigo de las porquerías” que había yo estado haciendo con esa muchachita, que estaba enterada de toda la situación, y que llevaría el asunto hasta sus últimas consecuencias. El castigo que yo merezco por infiel, según ella, es olvidarme de volver a ver a nuestra hija, así como adquirir la obligación de entregarle un porcentaje de todos mis ingresos a ella, para la adecuada manutención de la niña. ¡Ya tendré yo mi merecido! Y de hecho comencé a tenerlo ayer, cuando le conté a I, quien decidió abandonarme pues no podía arriesgarse a conflictos que no le correspondía enfrentar.

Ahora sólo me queda resignarme, asumir las consecuencias de todos mis actos (cuya corrección ahora dudo), y entregarme a una vida vacía y enajenada, para poder solventar los gastos que me demanda la ley que le entregue a mi ex esposa. Lo que no me deja de atormentar es que, salvo algunos breves episodios, mi vida lleva muchos años siendo de esa manera.

¡Y todo por querer ser feliz!

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