UNO

Todos los días Jacinto se levantaba muy temprano con la peste de las vacas. Todo parecía igual y sin embargo cambiaba en aquél lugar. La chica que le sonreía se casaba la siguiente semana y le había pedido que fuera él quien la entregara. Jacinto y ella se llevaban de maravilla desde que eran chicos, pero a él le gustaba recordarla únicamente por su sonrisa. Para él, lo genial de esa expresión era que la mostraba en la lejanía

La noche anterior, se había desvelado leyendo la vida de algún santo. Se imaginaba que acaso pudiera llegar a ese nivel, poco le faltaba para hablar con los animales. Siguió religiosamente su rutina. Ordeñar vacas, dar de comer a las gallinas, salir a la venta de leche…, todo eso sin mayores problemas. Hasta que cruzó camino con ella. Iba viendo a la nada que había detrás suyo, Matilda, la otra amiga que tenía desde la infancia lucía más emocionada que ella y parece que iba enumerando cosas con una emoción mayor a la de ella. Lo que fuera, le importó demasiado el hecho de que ella no le sonriera, ni siquiera hubiera notado su fugaz presencia.

Algo había cambiado en su vida, algo que siempre había sido del mismo modo, había dejado repentinamente de funcionar ¿y si ya no le caía bien a su amiga? ¿Era aquello señal de que había dejado pasar algo importante? ¿Algo que no podría ser ya nunca más? Esta preocupación se fue tan súbitamente como había llegado gracias al trancazo que se dio contra el poste. Los hijos de Doña Chuy reían de él. Se levantó de un salto y talló aquél par de cabezas piojosas con su nudillo en un gesto juguetón, sacudió el lodo de su pantalón y siguió el camino de vuelta a casa.

DOS

Caminar por la calle Magón. Vuelta a la derecha en la tienda de Doña Chuy. Salir con la bicicleta y sus dos rejas de leche en la parte trasera. Andar el mismo camino. Dejar la Bicicleta al Tío Ramón. Volver a pie, vuelta a la izquierda en la tienda de Doña Chuy. Establo. Prepararse para el nuevo día. Esa era su religiosa rutina. Los encuentros con mariana, los paseos de los domingos después de misa, las lecturas de vidas, o recetarios, o libros vaqueros. Los bailes del pueblo. Esas no eran menos rutina, pero giraban en torno a órbitas más grandes, menos regulares. De tal modo transcurrían sus días y sus noches.

Al siguiente día. A la vuelta de la venta. De nuevo ella, de pie frente a la vinatería. Cruzan miradas y ella sonríe. Todo tan normal, y tan distinto. Jacinto no se siente nada bien y no alcanza a saber, siquiera a sospechar, el por qué no puede conciliar el sueño. Está tan cansado y no puede dormir. Hay una intranquilidad en su pecho. Reacomoda la paja. Da de vueltas. Y nada, que no pega el ojo—

Siguiente día, todo igual pero con sueño. Nada nuevo. Mariana le sonríe al pasar. Su paso es siempre el mismo. La sonrisa está en su cara. A él llega a parecerle una mueca más que un gesto amable. Mira su cara y sueña una máscara en su lugar. Las líneas de la calle se desdibujan, o más bien, se curvan cóncavas. Los perritos escandalosos corren y ladran, de repente de las tristes estopas que son, pasan a ser pardas nubes que dan vueltas. Los niños jugando parecen más bien un par de diablos que ríen de él, que lo reciben en este colorido infierno. Todo está fuera de lugar. Jacinto no entiende qué pasa, hay sudor frío en su cara. No responde a ese monstruo de desprecio que pasa junto a ella. El sudor frío recorre su frente y decide ver a Don Blas, el Doctor. Le prescribe descanso.

Jacinto desobedece, prefiere conservar su salud con lo que ha hecho de su vida algo bueno. A media rutina, cuando regresa, la encuentra. Esta vez solo una ligera taquicardia lo conmueve. Ella sonríe y extiende en su mano un papel. Una invitación a la boda. Sonríen. Platican por dos o tres minutos. Los primeros en años de silencio. Él no se exalta. Todo está bien. La armonía de las esferas no está del todo rota.

Jacinto sonríe y va para la casa.

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