Pronaque cum spectent animalia cetera terram,

os homini sublime dedit, caelumque videre

iussit et erectos ad sidera tollere vultus.

Ovido, Met. 1, 84.

El hombre siempre se ha maravillado ante la belleza del cielo, la riqueza, brillo y orden de los cuerpos celestes que de alguna u otra forma siempre causan expectativa sobre lo que somos y el lugar que nos corresponde en el mundo; cuando contemplamos las perfectamente bien ordenadas estrellas y el errabundo caminar de los planetas en una noche despejada y de luna nueva, no podemos dejar de pensar en lo que somos, ya sea que nos veamos como aquellos seres que se distinguen por habitar en el centro de un cosmos bien ordenado, o como un punto más que se pierde en la inmensidad de un  universo infinito.

La inmensa duración que tienen las estrellas, respecto a lo que dura la vida humana, y la lejanía de las mismas, nos conducen a soñar, ya sea con la posibilidad de que éstas nos proporcionen conocimiento sobre nuestras vidas particulares, como ocurre con la mal llamada astrología, o sobre lo que somos como seres humanos, es decir, sobre el lugar que nos corresponde ocupar al momento de conocer el mundo, ya sea el centro, en una ciencia tachada de antropocentrismo, o la lejanía de un punto perdido, tal como ocurre en una ciencia tachada de objetiva y quizá lejana al hombre mismo; también podemos soñar con la posibilidad de viajar más allá del lugar en que vivimos, y de expandir nuestros horizontes haciendo que nuestra vista sea mucho más aguda de lo que ya es.

Estos anhelos, que nos hacen no sólo dirigir, sino fijar la mirada en el cielo, han sido el motivo de vida de hombres como Galileo, quien cansado de ofrecer los beneficios que para un ejército de su tiempo tenía un aparato que agudizaba la vista hasta treinta veces, decidió dirigir la lente del mismo hacia el cielo. Primero a la Luna, quien sorprendida en su desnudez mostró la presencia de cráteres, montañas y llanos, dejando la posibilidad de pensar que ésta y la Tierra poseen la misma naturaleza, y por ende habitantes que sean igual o más inteligentes que los hombres, es decir, que conozcan al mundo de la misma forma en que nosotros le podemos conocer.

Pero, la Luna no es el único cuerpo celeste y el hecho de que ésta se parezca a la Tierra no necesariamente implica que tenga que ser igual, el parecido bien puede deberse a la proximidad de nuestro terruño con su noble compañera, así que por qué no dirigir la lente que es ahora extensión de nuestros ojos hacia otro cuerpo, más o menos cercano, Galileo decide buscar al planeta Júpiter, y no sólo se encuentra con él ubicado y errabundo en el cielo, ve que hay más estrellas en el firmamento y que al menos cuatro de ellas se mueven a una velocidad nunca antes pensada para una estrella, en algunas noches parecen juntarse, en otras parecen separarse, y en otras desaparecen por completo atrás del planeta gigante o se alinean junto con él; después de mucho pensar, el académico linceo sólo puede concluir que esas estrellas no son tal cosa, son más bien satélites, son lunas que giran en torno a Júpiter, y que vienen a mostrar que la Tierra no sólo tiene semejanzas con su acompañante, sino también con otros tantos cuerpos celestes.

Estrellas nuevas, satélites nunca antes vistos, gracias a un aparato que originalmente era útil para la guerra, ahora la esfera del cosmos comienza a extenderse, la burbuja en la que vivía aprisionado el hombre comienza a hincharse antes de explotar y formar un universo infinito. Quizá con esto bastaba para que el hombre se sintiera libre de la responsabilidad que implicaba ser la corona de la creación, pues a pesar de que el lugar que habita no tiene nada de especial respecto a la nobleza de otros tantos lugares que hay en el cielo, sí es responsable por los seres que ha creado Dios[1].

También es posible que con las observaciones hechas por Galileo en 1610[2] bastara para que el hombre dejara a un lado las limitantes de su capacidad para articular un discurso coherente sobre el movimiento, en especial cuando dicho discurso tenía que tomar como punto de partida la certeza que dan los engañosos sentidos. Sin embargo, ver que la Tierra y otros cuerpos celestes se parecen no es suficiente como para cambiar por completo el modo de conocer antropocéntrico que más que liberar parece encerrar al hombre en el centro de una esfera bien ordenada, en donde su hacer siempre es limitado; por ello resulta importante explorar la naturaleza de otros astros, y ya que el hombre ha acudido con múltiples miembros de la corte celestial, por qué no ir a preguntar al rey qué es lo que nos puede decir sobre la naturaleza y sobre lo que somos.

Galileo dirige su lente al Sol, y sufriendo el brillo de la luz emanada por el astro rey descubre que éste cambia constantemente, en su superficie surgen manchas que posteriormente desaparecen, lo que demuestra que éste no es inmutable como normalmente se creía, es decir, es más parecido a la Tierra de lo que antes el hombre se imaginaba.

Tantas semejanzas nos conducirían a pensar que todos los cuerpos celestes pueden ser estudiados de la misma manera en que estudiamos a la Tierra, es decir, antropocéntricamente, pero ¿no será más bien que es Tierra la que se parece a los cuerpos celestes y que por ello sea mejor estudiarla de la misma manera en que estudiamos a las lejanas estrellas, es decir, mediante razonamientos y cálculos matemáticos acompañados de la comprobación empírica que se desprende del uso de instrumentos y de la elaboración de experimentos en un laboratorio?

La única manera de liberar al hombre de la prisión que supondría limitarse a la formación de un discurso que me diga cómo es el mundo real, es decir, el mundo que inicialmente capto con los sentidos es llevar a la Tierra a la categoría de los astros y no a la inversa. Ahora la nuestro terruño ha devenido en una estrella noble, tal como la nombró De Cusa en La docta ignorancia, antes de los descubrimientos hechos por Galileo.

Maigo.


[1] Cfr. Génesis. 1, 26.

[2] Las observaciones que Galileo hizo con el telescopio fueron publicadas el 12 de marzo de 1610 en su obra titulada Sidereus nuncius (Galilei, G. La gaceta sideral. Alianza Editorial. Madrid. 2007.)