Las mujeres son

lavadoras de dos patas.

Vicente Fox

Gran escándalo generan muchas de las celebraciones cívicas contemporáneas, pero pocas me incomodan tanto como aquellas que apuntalan y presumen la estupidez, y quizás una de tantas sea el día internacional de la mujer. Sé muy bien que el dogma contemporáneo plantea que el feminismo es una de las grandes conquistas sociales, una reluciente evidencia del progreso de nuestros días, un paso adelante en la venida del Cielo a la Tierra; y aún más, que oponerse al feminismo es reaccionario, antiprogresista, cavernario; y por si fuera poco, que casi estamos convencidos de la necesidad de que un mal hado halle a quien no comparte la buena nueva. Pero esa efusividad pretendidamente racional me da qué pensar, me sugiere que detrás de tan vana palabrería se oculta un sinsentido enorme.

Por una parte parece que la sociedad contemporánea no tiene realmente ninguna razón válida para celebrar a la mujer. La sociedad contemporánea podrá ser todo lo carente de valores que se diga, pero nunca abandonada del buen tino del progreso que se ha sabido producir. Nuestra sociedad podrá ser escéptica y fanática respecto a todo, pero nunca poniendo seriamente en duda la virtuosa ciencia dadora de beneficios. Seguros de los beneficios, alcances e infalibilidad de nuestra ciencia, deberíamos estar convencidos que la mujer no es más que un accidente de la lotería genética, un fútil producto del azar. En medio de esa banalidad no hay razón alguna para celebrar, porque finalmente el progreso moderno no permite celebrar nada que no sea a sí mismo.

Por otra parte está el modo de celebrar. En uno y otro lado parece necesario refrendar, una y otra vez, que la mujer tiene derecho a tal o cual cosa, que debe ser protegida de tal o cual cosa, que no merece una vida indigna, que es igual a los hombres; en apariencia, todo ello no difiere en nada de la más simple declaración de derechos humanos, mas lo que dota de particular patetismo a los argumentos feministas es el carácter martírico que endilgan a la mujer. Insistentemente, en los discursos a favor de la mujer, se le exhibe como incapaz, débil, necesitada de ayuda y reconocimiento; y así, todos los discursos con que se pretende elogiarla, no hacen más que justificar lo evidente: habrá que destinar un día para fingir que realmente nos importa.

Y aún peor es la actitud de las mujeres mismas, pues se presentan dramáticamente traumatizadas, siempre sufridas, siempre heroicamente cristianas. Y sólo siendo así se justifican todos los discursos, la propuesta de planes especiales para asegurar su desarrollo, la promulgación de leyes específicas que nos recuerden su importancia. La celebración, por tanto, ni es auténtica ni tiene sentido. El día internacional de la mujer sólo permite la demagogia reconfortante de nuestras hipocresías.

Námaste Heptákis

Coletilla: Seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.

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