Esos frutos parecían deliciosos, tenían buen aspecto. Pero no quería morir.

Entonces regresaba al lecho con mi varona y me acostaba a dormir; por un largo rato me quedaba entre sus brazos, luego me cansaba, me la quitaba de encima y me sentaba a mirar el lugar en donde residía el Señor.

Así pasaron muchos soles, tanto tiempo que no percibí cuándo exactamente me había cansado de ella y de sus formas exquisitas. Dejé de ser yo, era otro, el otro que estaba bien con ella, sin embargo estaba conciente de que no era yo. No quería lastimarla, sabía que si me volvía indiferente o me alejaba ella podía entristecer y su endeble balsa zozobraría. Además, a dónde podía ir, no osaba en aventurar más allá de los territorios abarcados por el jardín, ni siquiera tenía la certeza de que en verdad hubiera algo más. Así que me veía limitado a ser ese yo, el yo prendado a Eva. Y Dios se conformaba con ello.

Me esforcé, pero no tenía la capacidad para pensar en otra cosa, me empeñaba en ignorar mis sentimientos y concentrarme en los de ella, pero no me era fácil. Llegó a tanto que repentinamente dejé de pensar, tenía que hacer algo para librarme de toda esa farsa, de pronto, cual golpe acertado, recordé el árbol prohibido, sin más fui a donde él…

CONTINUARá

La cigarra